¿Qué tienen en común dos películas como «Wolfgang» y «Por todo lo alto»? Pues que son inyecciones de bondad directamente en vena. Son de esas obras que les perdonas algunas incoherencias de guión, algunos momentos redundantes… Vamos, que tu espíritu crítico está en baño maría y que llegas a pensar que, si este tipo de películas no te gustan, tienes que hacértelo mirar. Sales del cine con una sonrisa, con ganas de seguir viviendo, y piensas que el mal en el mundo pierde intensidad y que todavía hay historias en las que hay gente que cuida de la gente, que está dispuesta a rectificar los errores y a pensar que todavía existe algo parecido a la bondad. Este sentimiento durará poco, porque llegarás a casa y mirarás las noticias pero, como dice aquel, “que te quitan lo bailao”.
«Wolfgang» nos cuenta la historia de un niño dotado para la música, muy dotado, quizás un genio. ¿Asperger? Quizás sí, pero este detalle sirve para alimentar momentos de comicidad de la historia. Hasta que llega la muerte de su madre, una muerte muy trágica que heriría a cualquier persona. Además, no ha convivido con su padre. Madre y abuela materna han cuidado de esta criatura tan especial que se hace querer desde el primer momento, a pesar de los obstáculos que le pone a su padre, que debe hacerse cargo de él por petición de la madre antes de morir y en contra del criterio de la abuela, que intuye que el padre no sabrá asumir las responsabilidades relacionadas con el ejercicio de la paternidad.
Por tanto, la película es también un modelo de aprendizaje, de cómo un padre –siguiendo las necesidades del hijo expresadas de maneras diferentes, que incluso las más dramáticas están teñidas de humor– debe aprender qué significa hacerse cargo de un hijo. Además, el padre es actor, y la vida de los actores es muy accidentada salvo la de Carlos Cuevas, personaje real, al que todas le ponen y la película recoge unas cuantas secuencias, sobre todo la que pone punto y final, que son para reírse.
Todavía hay historias en las que hay gente que cuida de la gente
Buen ritmo, un guión bien construido y lleno de ternura, unas interpretaciones y una dirección muy bien ajustadas, todo bien combinado, hace que esta película sea apta para ver con diferentes miembros de la familia, a partir, por ejemplo, de los doce años –o quizá antes incluso– si podemos conversar con los pequeños sobre lo que está pasando, porque la muerte de la madre, una muerte muy dura, abre muchos interrogantes y preocupaciones.
La segunda es la historia de dos hermanos que no saben que son hermanos. Uno de ellos es un gran director de música que viaja por todo el mundo y el otro vive en un pueblecito y toca un instrumento en la banda municipal.
El hermano famoso sufre una grave enfermedad que exige un trasplante de alguien que sea compatible, y es cuando encuentra a ese alguien que no es otro que un hermano desconocido hasta ese momento. Y empieza una relación en la que ambos se verán enriquecidos con el descubrimiento. Y ocurre como en la película anterior, estamos delante de gente buena, de buena gente que actúan como buena gente, claro, y yo soy de los que pienso y necesito encontrarme con historias gratificantes.
Me gusta mucho el cine, me gustan todos los géneros, historias de todo tipo, pero hay películas que, además de gustarme, son necesarias para poder consolarnos del vacío del presente, para poder soportar los “trumps” de turno, las mentiras diarias que nos quieren hacer tragar, películas treguas que narran historias llenas de ternura que vienen a salvarte de la sordidez del día a día. Y es que una de las funciones de la ficción es precisamente esa.

