‘Parenostre’ es una película que aborda una figura clave y controvertida de la política catalana reciente: Jordi Pujol. Centro en el momento en que su familia decide hacer pública la famosa confesión sobre la herencia oculta, el filme de Manuel Huerga, con guión de Toni Soler, apuesta por explorar la vertiente humana, íntima y simbólica de un episodio que conmocionó al país. La película se recluye en el espacio doméstico para retratar a una familia que lucha entre el silencio, la fidelidad y el pasado que les condena. Josep Maria Pou encarna a un Pujol agotado, ambicioso y abrumado por la misma sombra. Todo ello, envuelto en una puesta en escena austera y rodada en entornos virtuales, que acentúa el aire de encaramiento y liturgia. ‘Parenostre’ no juzga, pero tampoco perdona. Interroga, observa y deja que sea el espectador quien decida qué hacer con el mito caído. En este contexto, mantenemos una conversación con el director Manuel Huerga, quien nos habla del proceso creativo, del tratamiento simbólico del poder y del reto de filmar el último acto de una figura tan determinante como controvertida.
¿Por qué ahora? ¿Qué necesidad narrativa o social le ha impulsado a hacer ‘Parenostre’ en este momento?
Yo no tenía necesidad de hacer esta película. Ahora bien, tampoco rehuí la propuesta que me hizo Minoría Absoluta. Me apunté al bombardeo. Todos recordamos ese día en que se hizo pública la deja de Pujol. En ese momento quizás no éramos capaces de ver con claridad todo lo que implicaba. Ahora, con distancia, a través de la ficción, podemos mirárnoslo con otros ojos. La película no intenta alterar la perspectiva de los hechos, sino dramatizar lo que puede haber ocurrido dentro de una familia que, cuando el mito cae, sólo se enfrenta a una verdad incómoda.
¿Cómo se planteó el tono, puesto que se trataba de un tema todavía tan vivo emocionalmente?
Es una historia basada en hechos reales, pero nadie sabe exactamente qué pasó dentro de casa de los Pujol ese día. Esto ha permitido jugar con la ficción para explorar la carga emocional y política del momento sin caer en el panfleto. No hacemos juicios, pero sí ponemos sobre la mesa la doble moral de quien se presenta como muy cristiano, muy respetuoso con los valores, y actúa en contra de estos valores.
El título es ya toda una declaración de intenciones. ¿Por qué ‘Parenostre’? ¿Cuál es su carga simbólica?
De entrada, evoca espiritualidad, culpa y redención —elementos que resuenan con la idea de una confesión, de un acto casi litúrgico frente a una comunidad que había creído. Pero más allá de su dimensión religiosa, el título hace referencia directa a la figura del padre, en este caso entendido tanto en el plano familiar como en el político: un patriarca que ha estructurado la vida de sus hijos, pero también la de un país entero. Hay una lectura casi bíblica en todo esto: la de un pueblo que ruega, que espera una promesa, una guía moral e ideológica, y que finalmente se encuentra con la decepción. El Parenostre como oración colectiva, como invocación de un líder, pero también como metáfora de una confianza rota.
Es, por tanto, un título con muchas capas.
Sí, religioso, político, emocional. Y es también una invitación a mirar ese mito caído desde una nueva óptica —no necesariamente para perdonarlo, pero sí para entender la magnitud de lo que representa.
¿Cómo se enfrenta Josep Maria Pou al reto de interpretar a un personaje tan real y tan complejo?
El reto era huir de la caricatura: tuvimos que borrar muchos tics. Josep Maria Pou, un actor fantástico, sólo conservó dos gestos que me parecen esenciales: hablar con los ojos cerrados y sostener la cabeza con la mano. Éste último dice mucho sin decir nada. Cuando la cámara entra en el coche donde están Pujol y Ferrusola, ya no te preguntas si se le parece o no. Es la Colina.
¿Cómo se trabajó la dramaturgia para conseguir ese tono casi litúrgico y escénicamente austero que define la película?
Lo que nos interesaba era ver cómo una familia reacciona cuando es presuntamente cómplice de una trama de corrupción. Es una especie de drama doméstico con enorme carga política. El guión construye una situación cerrada, casi claustrofóbica, en la que las emociones familiares chocan con las consecuencias públicas.
¿Cómo ha condicionado la dirección el hecho de que el rodaje se haya realizado en entornos virtuales?
Ha sido un reto. Rodar en entornos digitales con pantallas led obliga a repensar muchas cosas. Pero también nos ha permitido controlar mucho el ambiente, el tono y favorecer una sensación de intimidad que no habría sido tan fácil de conseguir en escenarios reales.
¿Cuál es la visión que la película ofrece sobre Jordi Pujol, más allá del mito y la controversia política?
Pujol estuvo tantos años en el poder que acabó generando una sensación de inmunidad, como si fuera intocable. Este tipo de permanencia en el liderazgo fue determinante para su figura, no sólo en el ámbito político, sino también en la construcción de una identidad colectiva para la Cataluña contemporánea. Es, sin duda, un claro ejemplo de cómo el poder puede corromper, de cómo las estructuras de poder se pueden impregnar de un sentimiento de superioridad que conduce a la indiferencia hacia la realidad social o incluso moral que rodea ese poder. La película intenta captar esta contradicción interna del personaje: un hombre con profunda vocación por Cataluña, pero también un hombre con múltiples sombras en su vida personal y política.

El papel de los hijos es clave, pero especialmente el del primogénito, Jordi Pujol Ferrusola. ¿Cómo se ha trabajado su implicación emocional y política en el relato?
Jordi hijo es quien hace de puente entre el padre y toda la trama económica. Es lo más activo, lo más expuesto y también lo más complejo emocionalmente. Por un lado, quiere proteger al padre, pero por otro sabe que ha sido él quien ha gestionado muchas de las operaciones opacas. Nos interesaba mostrar ese doble vínculo: el del hijo leal que quiere preservar la figura paterna, pero también el del hombre que, quizás sin darse cuenta, ha sido el ejecutor de un sistema que ahora cae. La suya es una posición muy cargada, casi trágica.
Y en cuanto a Marta Ferrusola, ¿qué papel juega dentro de esa reconstrucción? A menudo se ha visto como una figura discreta, pero con mucha influencia.
Ferrusola no es una figura secundaria. Por el contrario, es uno de los pilares del relato. Representa la firmeza, el sentido de clan, y también esa religiosidad que se mezcla con gran opacidad moral. En la película, su presencia es poderosa: es la que sostiene a la familia en el peor momento, pero también quien niega la realidad con más vehemencia. Es un personaje con mucha carga simbólica —la madre, la matriarca, la que defiende el silencio y el honor familiar por encima de todo. En cierto modo, su papel ayuda a entender por qué esa confesión llega tan tarde.
¿Cómo se ha reflejado en la película esta «Cataluña integrada en España» que representa a Pujol?
Hay cierto deseo de rehabilitar la figura de Pujol porque representa una época en la que Catalunya parecía integrada, dialogante. Esta complejidad está en el fondo de la película, y el público deberá posicionarse en ella. Algunos consideran que Pujol merece una reivindicación, viéndole no sólo como una figura de la historia política de Catalunya, sino como un hombre que llevó al país a una nueva etapa de modernización y de proyecto nacional. Esa multiplicidad de visiones sobre él es precisamente lo que hace que el personaje sea tan fascinante y tan complicado de interpretar.
¿Quiere ‘Parenostre’ redimir a Jordi Pujol?
No. Mostramos una colina humana, no idealizada. La rehabilitación, si es que tiene que haber una, deben hacerla los espectadores. Nosotros sólo ofrecemos una mirada, una propuesta para pensar en ello.
¿Se puede hablar de Jordi Pujol sin generar división?
La polémica está servida. Recibiremos críticas desde ambos lados: unos dirán que les hemos tratado demasiado duramente, otros que los hemos blanqueado. Pero esto forma parte del juego. El cine es también una herramienta de debate.

