1. El Pacto de las Catacumbas
Durante la IV Sesión del Concilio Vaticano II, una cuarentena de obispos y cardenales, mayoritariamente de América Latina, después de celebrar la eucaristía en la Catacumba de Domitila, firmaron un documento en el que se comprometían a trabajar por una Iglesia orientada a los pobres, por una vida sencilla y sin posesiones, y por la vida trabajadores. Aquel grupo de obispos y cardenales hicieron oír su voz y ayudaron a impulsar un cambio de orientación profunda de la Iglesia. El final del constantinismo –la identificación de la Iglesia con el poder político–, ya en crisis durante décadas, recibía desde dentro de la propia Iglesia, en el marco del Concilio Vaticano II, su fin. Algunos teólogos, por otra parte, señalan ese Pacto de 13 puntos como la base de lo que después se llamaría la Teología de la Liberación.
Con el Papa Francisco, por primera vez desde el Concilio, este Pacto ha sido asumido desde la cúspide eclesial. Su pontificado ha aplicado de forma práctica muchos de los principios de aquella declaración, hecho que ha sido celebrado por millones de fieles en todo el mundo. Sin embargo, también ha encontrado resistencias entre sectores importantes del clero y laicos que no comparten ese rumbo histórico.
¿El próximo Papa continuará este legado y hará suyo el Pacto de las Catacumbas?
2. La unidad orientada
Con más de mil trescientos millones de fieles, la Iglesia Católica permanece como una institución global con una estructura episcopal centralizada en Roma. A pesar de no haber vivido grandes escisiones doctrinales desde la Reforma Protestante, la Iglesia ha visto cómo, especialmente desde el siglo XX, la secularización y el bienestar económico han alejado a muchos creyentes en Occidente. Sin embargo, la unidad institucional se ha preservado, a pesar de la creciente pluralidad de enfoques, corrientes y culturas internas.
El Papa Francisco ha buscado siempre esta unidad, pero no a cualquier precio. Ha actuado con firmeza ante abusos, actitudes sectarias y desviaciones de poder, evitando avanzar en cuestiones como el reconocimiento de la homosexualidad ante la oposición de algunas conferencias episcopales, especialmente la africana. También alzó la voz ante la Conferencia Episcopal de EEUU para reclamar una actitud más evangélica en la cuestión migratoria.
La pregunta es clara: ¿el sucesor de Francisco mantendrá este equilibrio entre comunión y verdad?
3. La inculturación necesaria
Aunque el Papa Benedicto XVI había destacado la necesidad del diálogo entre fe y cultura, Francisco no había priorizado esta línea hasta épocas recientes. Con el nombramiento del cardenal Tolentino Mendonça al frente del Dicasterio para la Cultura y la Educación, se ha detectado un giro de atención hacia los grandes debates culturales contemporáneos. El Vaticano, por ejemplo, ha acogido encuentros sobre la inteligencia artificial, poniendo de relieve el compromiso con las cuestiones emergentes.
El catolicismo no puede renunciar a estar presente en los grandes temas de fondo que afectan profundamente al mundo y su cultura actual. En un mundo occidental sometido a la ideología del cientismo, a la práctica del relativismo sistemático, a un proceso de individualización frenético y al paradigma tecnológico, la propuesta del catolicismo en el ámbito cultural es esencial para testimoniar otro relato de sentido que aporte una mirada distinta a la vida de las personas.
El futuro de la fe se juega también en el ámbito de la cultura. El próximo Papa debería también liderar este proyecto sin caer en la trampa de las «guerras culturales». No se trata de hacer “guerras culturales” al estilo de los grupos ultraconservadores que, por su radicalidad, deslegitiman lo que debe ser una prioridad de cara al futuro. El próximo pontífice debería liderar este diálogo con inteligencia y humildad.
4. Gobernanza sinodal
Durante los últimos tres años, la Iglesia ha vivido un proceso de debate muy intenso en todo el mundo en el marco del Sínodo sobre la Sinodalidad. Aplicando una metodología similar a la de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio y dirigido por el cardenal Hollerich –también jesuita–, el diálogo desde el Espíritu, o el discernimiento desde el Espíritu, han permitido que más de quinientas personas en dos sesiones de un mes –desde cardenales hasta laicos, mujeres y hombres y sus propias sobre el futuro de la Iglesia y su acción pastoral y, también, sobre su gobernanza.
Se ha querido profundizar en cómo impulsar a una Iglesia más participativa en los procesos de consulta y toma de decisiones, donde los laicos tengan un papel más activo en el conjunto de la vida de la institución. Se ha buscado cómo mantener la unidad y la centralidad desde el respeto a las dinámicas de las iglesias locales. Asimismo, se han tratado aspectos centrales para la Iglesia de los países occidentales, como el papel de la mujer y la transparencia, sin, por ahora, llegar a nuevas conclusiones.
Ahora bien, lo que sí es cierto es que el impulso de este Sínodo marca una línea de futuro a seguir y seguro que se encontrará en la agenda de los temas centrales que los cardenales, en sus congregaciones antes del Cónclave, habrán trabajado a fondo. El próximo Papa tendrá entre sus manos la responsabilidad de hacer madurar este proceso o de enfriarlo. ¿Cuál será su elección?
5. La persona
El día 7 de mayo empezará el Conclave, pero hace ya más de una semana que los cardenales electores y los jubilados por razones de edad participan en unas reuniones preparatorias –Congregaciones– que sirven para debatir determinados aspectos y para conocerse mejor. Éste será uno de los cónclaves más diversos de la historia, fruto de un colegio cardenalicio renovado por Francisco con perfiles procedentes de las periferias geográficas y eclesiales.
Todo apunta a que un giro restaurador es improbable. Pese a la presencia de voces conservadoras provenientes de Estados Unidos, Italia o África, sus opciones reales de liderazgo son escasas. Sin embargo, el debate será intenso y las presiones, también.
El perfil que emerge como más coherente con la herencia de Francisco es el de un Papa comprometido con una Iglesia pobre y humilde, que no busque poder sino influencia evangélica; una Iglesia unida pero crítica con sus errores; una Iglesia abierta a la cultura sin entrar en las llamadas «guerras culturales»; y una Iglesia sinodal en el fondo y en la forma.
Con ese perfil, son pocos los candidatos. Habrá que ver, una vez más, qué camino sorprendente nos propone el Espíritu Santo.

