En este 2025 España no es precisamente ejemplo de nada y Barcelona, aunque parezca increíble, adquiere poco a poco un extraño clima en el ecuador del mandato del alcalde Jaume Collboni, cuyo gran éxito es el modo de comunicar su gestión, basado en palabras puntuales y un silencio masivo.
Escribo este artículo a la espera de saltar de la Guineueta y seguir por els Nou Barris, no se preocupen. Sin embargo, el pasado domingo tuve un pronto de paseante y decidí volver a la Torre del Fang del Clot, a la que no volvía desde hacía un par de meses.

Este año, entre trabajo y viajes por Europa por el mismo motivo, me ha permitido algo muy positivo: reformular mi carga reflexiva sobre mi ciudad, reforzada con opiniones de personas de todas las nacionalidades que encuentro en mis vaivenes por el Viejo Mundo. Muchas consideran a la capital catalana una meca de inseguridad y, pese a haberla visitado, no tienen especial interés en volver mientras no cambie esa sensación de turismo masivo y de mala calidad, no tan al orden del día en la información actual, como si la plaga se hubiese asumido o alguien hubiese soltado la conveniencia de no darle cancha a nivel mediático.
Todos coinciden en ver Barcelona desde la belleza, condenada por el tópico de sus cuatro clásicos básicos, de Gaudí a Messi. El Barça, por supuesto, es el tema favorito de mis contertulianos, felices al ver cómo supera su papel de víctima y recobra una mentalidad independiente a la del país, más tranquilo en general, sin que ello suponga mejoras esenciales.
Esta calma es producto de aniversarios y efemérides, o más bien como van muriéndose para alegría del respetable. El escritor italiano Paolo Morando en su libro Dancing Days cuenta el proceso mediante el cual la Italia de los años de plomo terminó su década de los setenta en la pista de baile porque los jóvenes estaban hasta las narices de tanta politización.
La ciudadanía se ve sometida día a día a cargas insufribles. La vivienda, pese a la retórica desde la alcaldía, es un asunto no resuelto. La violencia auditiva del Procés pasó a mejor vida y esto es un factor de mucho peso.

Esa época fue nefasta. En Barcelona se solventó con un círculo perfecto, de Trias a Trias. Su victoria en 2011 fue coetánea al período de intensificación de la causa soberanista. En 2015 Colau llegó con el fuego a punto de quemarse. Para desmarcarse de todo el jaleo, con el que contemporizó desde una inexperta ambigüedad, marcó perfil municipal y potenció su hiperliderazgo carismático, avalado por su activismo anterior en la PAH.
Colau y Barcelona en Comú no callaban ni bajo el agua. Era utópico no localizar una declaración diaria sobre lo que fuera, de Consell de Cent al sexo de los ángeles. Además, algo que les cuesta reconocer, naufragaron en los barrios al no cumplir sus promesas. La biblioteca García Márquez es otro símbolo, tanto por su ubicación como por su precio, sin olvidar su condición de obra inacabada por esa insana velocidad en cortar la cinta.
Los premios igualaron a ese gobierno con otros, como si en Barcelona, ¿lo dudaban?, la fachada debiera prevalecer. Aun así Barcelona en Comú tampoco ha mejorado en su actuación municipal en este bienio, primero con la ex alcaldesa sin hacer oposición y después por su renuencia a regresar al poder como aliados de Collboni.
Este, que parece tener un gusto por organizar eventos de carácter populista los domingos y ganar dineritos con proyección mediática, está rentabilizando a las mil maravillas las obras impulsadas por los Comuns. Escucho cada dos por tres conversaciones sobre las mismas, sin mucha queja, algo debido a la capacidad socialista para gestionarlas mejor y no abrumar con mensajes o prepotencias. Las reformas, que alteran para bien el rostro urbano, prosiguen su curso y a veces ni son necesarias inauguraciones para notar un cambio, más propulsado si cabe por esta bendita primavera con lluvias que ha hecho de las avenidas auténticas selvas de árboles, con perspectivas alucinantes y alucinadas.

Otro matiz chocante es lo ridículo de las campañas municipales. En navidad el anuncio de una fiesta solidaria en casa de una tal Cora costó centenas de miles de euros para mareo de los catalanes en sus casas. La ideología que se quiere dar con estos spots es la de siempre. El último, sobre colaborar en evitar el incivismo, es una coreografía vacua, con la habitual modernez. Es muy cool, como sus letras con la advertencia de multas a partir de 600 euros, cuando no hay urinarios públicos en la calle y cada vez se ven más para los conductores del autobús.
Mucha de esta publicidad viste de izquierda con algunas consignas groseras, con tics a la extrema derecha. En el metro hay muchos carteles que machacan con el incremento de la seguridad y un mayor despliegue de las fuerzas del orden. No es ninguna mentira y debe gustar, aunque a servidor le asuste toparse con coches de policía cada dos por tres.
El lunes del apagón fue irreprochable desde la templanza en gestionarlo. De aplauso fue abrir el metro toda la noche, así como la ciudadanía, que por la reducción del ruido desde la plaça de Sant Jaume es protagonista sin preguntarse mucho por cómo se gobierna, lo que, paradojas, es una buena noticia.
El domingo comprobé la limpieza del almacén de la mafia de los chatarreros en la Torre del Fang, patrimonio medieval. Se han puesto las pilas. Al otro lado subsisten campamentos de barracas, punta de lanza de otros tapados en el debut de Gran de la Sagrera.

Después, en ese tramo rarísimo del carrer de Valencia de su cruce con Biscaia hasta el de Enamorats, ratifiqué mi percepción. Un grupo intergeneracional bailaba. A su derecha había pobres durmiendo. Hice una foto que engloba el esplendor de la primavera con la ciudadanía despreocupada desde el lema, que leí en una pared de Bolonia el pasado marzo, La vita è bellissima, il mondo una merda.

Somos tan rocosos que quizá hayamos adquirido un caparazón extra para sobrellevar tantos continuos desastres, de los que Collboni queda indemne. El partido del ecuador lo ha ganado con holgura. La siguiente mitad, si fuera listo y ambicionara ser relevante, podría ser una ocasión única para emprender apuestas para la comunidad desde los barrios, no sólo con Planes, sino con conocimiento y voluntad de dar a Barcelona más Barcelona y menos BCN.
Esto puede ser viable desde una reflexión y un diálogo. Las ejecuciones en sordina de los socialistas lo favorecerían. Aun así no deberían ver a los habitantes como meros votos. La escalinata de la Sagrada Familia es uno de los elefantes en la habitación. ¿Qué tal un referéndum ciudadano para decidir sobre tan apasionante medida? Sería un chute positivo de proyección y podría mutar costumbres aunando reformismo y participación, animando a las personas a comprometerse, no desde eslóganes hechos con Inteligencia Artificial, sino con sinceridad política y deseo de generar un municipalismo para el siglo.

