Rusia ha sido y es un gran país que ha aportado indiscutibles avances en los ámbitos culturales, científicos y técnicos. El pueblo ruso tiene reputación de ser trabajador y creativo, constituyen una sociedad inteligente y capaz de encontrar soluciones ingeniosas a los problemas de la vida cotidiana. La hospitalidad, la generosidad y la sociabilidad son virtudes destacades de la población rusa y es habitual que los rusos ofrezcan regalos a sus invitados y compartan lo que tienen sin reservas. La historia de Rusia ha forjado un pueblo acostumbrado a los padecimientos de todo tipo, la inestabilidad y la incertidumbre, pero con gran capacidad de adaptación a los cambios sociales, políticos y económicos y en general a la adversidad.
Su Historia es compleja como es lógico al ser una sociedad en constante transformación. Los rusos tienden a ser directos y sinceros en su trato, se les atribuye una gran profundidad emocional y filosófica, y suelen ser expresivos y cálidos con quienes consideran amigos. El pueblo ruso es conocido por su profundo sentido de patriotismo y orgullo nacional. Aunque pueden ser críticos con su país, lo defienden con pasión ante las críticas externas y valoran su historia y raíces culturales profundas.
La rusofobia, entendida como el miedo, aversión u hostilidad hacia Rusia, lo ruso, el pueblo ruso o su cultura, es un fenómeno con raíces históricas profundas que se remonta al siglo XVI, cuando Rusia comenzó a consolidarse como Estado y a diferenciarse cultural, religiosa y lingüísticamente de Europa Occidental. La rusofobia, entendida como hostilidad indiscriminada hacia todo lo ruso, carece de justificación ética y política. Si bien es comprensible que las acciones del gobierno ruso de Putin generen rechazo y preocupación internacional, generalizar ese rechazo a toda una cultura o población es un error que favorece la polarización, la injusticia y la manipulación política.
Las críticas deben dirigirse a las políticas y a sus responsables concretos, no a la identidad ni a la cultura de un pueblo. La rusofobia, real o percibida, ha contribuido a un deterioro significativo de las relaciones diplomáticas de Rusia con Occidente y sus países vecinos. La rusofobia, alimenta la confrontación, refuerza el aislamiento de Rusia en la escena internacional y limita las posibilidades de diálogo y resolución de conflictos. También debe decirse que la instrumentalización política de la rusofobia por parte del Kremlin agrava la polarización y dificulta la normalización de relaciones diplomáticas. La rusofobia implica atribuir colectivamente características negativas a toda una nación, cultura o pueblo, lo cual es un prejuicio comparable a otras formas de xenofobia. No distingue entre las acciones del gobierno ruso y la diversidad de opiniones y realidades dentro de la sociedad rusa.
La caída del comunismo, el fin del control ruso sobre Europa del Este, la disolución del Pacto de Varsovia y la propia desintegración de la Unión Soviética propiciaron la luna de miel de la década de 1990, basada en la creencia de que Rusia finalmente se había unido al mundo occidental. Pero esto no sobrevivió a la década de 2000. Los ciberataques, la incursión rusa de 2008 en la recién independizada Georgia, la anexión de Crimea por parte de Rusia en 2014, los asesinatos a disidentes rusos, los ataques a la expansión de la OTAN y la reciente invasión de Ucrania han sido (entre otros muchos elementos) las causas del último gran auge de la rusofobia poscomunista. Tras ello, surgió el conocido clamor de que Europa Occidental debe rearmarse para defenderse de un Putin al que se ha comparado con Hitler.
Es por todo ello, que considero un error la actual rusofobia que se ha desplegado últimamente. Lo que es lógico y comprensible es denostar las acciones geopolíticas de Putin y desconfiar de sus decisiones y acuerdos. El boicot indiscriminado a la cultura, ciencia y arte rusos no solo afecta a individuos inocentes, sino que también puede fortalecer narrativas nacionalistas excluyentes dentro de Rusia y dificultar el diálogo y la cooperación generando un daño irreparable a la cultura y al dialogo internacional. Si nos dejamos invadir por la rusofobia y el pánico irracional nos podemos ver avocados a descartar que Rusia sea un aliado en Europa y a generar unos recelos y unos gastos en defensa innecesarios. No es menos cierto, que el término «rusofobia» se ha utilizado por el Kremlin como herramienta de propaganda para victimizarse internacionalmente y justificar la represión interna y la agresión externa, desviando el foco de las denostables acciones del propio Estado ruso. Debe hacerse todo lo posible para atraer a la sociedad rusa al multilateralismo político, a la multiculturalidad integradora y política, puesto que es un destino mucho más loable que la confrontación bélica permanente.
Las circunstancias geopolíticas actuales, plantean las siguientes preguntas: ¿Hasta qué punto están justificados los temores a la expansión rusa y hasta qué punto se ha utilizado la rusofobia para justificar programas de rearme? ¿No es comprensible que los rusos tras las dos invasiones alemanas quieran establecer barreras en Europa del Este? Es razonable y correcto sospechar de las intenciones de Putin, pero no debemos caer en la idea de que sólo se le puede detener con un enfrentamiento bélico que todos los dirigentes tanto de Rusia como del resto de países saben que provocaría unos daños materiales y morales enormes en ambos lados. Reconocer toda la complejidad que rodea a la rusofobia actual, es imprescindible para ayudar a los responsables de un lado y de otro a evitar el pánico. Sin embargo, es imprescindible al mismo tiempo, permanecer vigilantes y atentos para evitar la hostilidad acrítica o reajustes geopolíticos ingenuos, que en un mundo complejo y cambiante como el actual nunca podrán ser para siempre.

