La imagen de Jaume Collboni presentando la obra de Javier Mariscal en la coctelería Dry Martini representa la enésima estampa de la falta de rumbo de la barcelonidad. Incapaz de imaginarse de nuevo, recurre a esas viejas glorias que configuraron la Barcelona olímpica —el que fue el último momento de impulso y transformación de la ciudad— que, sin entrar a valorarlo críticamente, sigue siendo hoy el último gran momento de orgullo de una Barcelona pasada.
La identidad no es —como presenta la derecha— la obediencia ciega a un conjunto de símbolos, como la patria y la bandera. Para sentirse vinculado a una tierra y una identidad, es necesario habitar y reconocerse en unos espacios y unas prácticas compartidas. La identidad exige la familiaridad suficiente para poder generar un hábito con el entorno y proyectarse en el tiempo en esos mismos espacios.
No puede haber identificación con una ciudad o un barrio si la tienda de la esquina cambia cada dos, tres o cuatro años. Del mismo modo que no podrás sentirte como en casa en tu edificio si tus vecinos cambian día sí, día no. La identificación requiere la constitución del lazo social con las personas. Debe permitir generar la fantasía que te permita generalizar y poder decir: «los barceloneses somos de esta o aquella manera». Cabe decir que la barcelonidad —el sentimiento de pertenecer a una cosmología compartida de tradiciones, lugares, hábitos y personas— hace ya mucho tiempo que camina sin rumbo.
Grosso modo, pueden distinguirse tres grandes etapas de la barcelonidad que nos conducen al momento presente.
La barcelonidad del pasado
Hacia la segunda mitad del siglo XIX, la barcelonidad se comprendía desde dos polos diferenciados. Uno era el de la burguesía industrial (y a menudo esclavista) de la Cataluña de los Güell, López, Bonaplata y compañía. El otro, la Barcelona popular, políticamente movilizada y vinculada a las tradiciones de corte socialista y anarquista.
Los primeros, las élites locales, financiaron algunos de los edificios más icónicos de la ciudad en la época del noucentismo, sentaron las bases de la Barcelona burguesa —hoy parques recreativos excluidos de la gente de la ciudad, como el Park Güell, o postales gastadas de viaje—. Unas élites que, aunque se comportaban como tales en el eje de clase, estaban vinculadas a su entorno, pues, mayoritariamente, residían en la ciudad. Hoy, las élites de la ciudad son élites transnacionales con sedes en Nueva York, Pekín y Qatar, y, obviamente, el grado de vinculación con la identidad de la ciudad es nulo.
La Barcelona popular nos dejó un legado que ponía el énfasis en lo compartido por la comunidad: fundaron casales y ateneos populares; organizaron cooperativas de consumo y producción, impulsaron sociedades de socorro mutuo y colonias obreras. Esta Barcelona era conflictiva y solidaria. La ciudad de las fiestas de barrio en las plazas, de lucha obrera y de asambleas en la calle.
El franquismo destruyó Barcelona, tanto literal como metafóricamente, hundiendo su confianza y erosionando su memoria. La barcelonidad que nace en el postfranquismo recupera parte de su identidad comunitaria a raíz de la organización del vecindario en Asociaciones de Barrios, con una generación de vecinas y vecinos que reivindicaron el derecho al espacio público, la vivienda digna, los servicios básicos y una cultura popular arraigada en los barrios. Los movimientos de okupación de los años noventa supusieron el último hilo rojo de esta barcelonidad que, poco a poco, iba siendo ahogada.
La Barcelona guapa… y vacía
La barcelonidad que se fue imponiendo al acabar la dictadura nace de la hibridación entre el acomplejamiento y la pérdida de confianza propia —la marca tenebrosa del franquismo— y el abrazo del neoliberalismo global, que empezó a canibalizar la ciudad, un diamante en bruto que aún estaba por explotar. El resultado de estos dos factores es el nacimiento de una ciudad identitariamente insegura que se constituye esencialmente a través de la mirada del otro: del turismo, de los Juegos Olímpicos y del Fórum de las Culturas. Barcelona quería ser guapa, porque necesitaba validación externa… y le faltaba amor propio.
La Barcelona escaparate refleja la ausencia de identidad propia. Como un espejo, la barcelonidad significa ser lo que el otro desee ser: a veces barata, sucia y chillona —la Barcelona del turismo barato y la sangría fresca—. Otras, elegante y remilgada, hija de la Barcelona del diseño y la publicidad.
Cuando Barcelona en Comú llegó a la alcaldía lo hizo con un discurso que recuperaba el hilo histórico de la identidad de la Barcelona popular. Este fue su principal éxito de campaña y una de las razones principales (la otra fue el magnetismo y las capacidades políticas de Ada Colau) por las que pudo articular, casi de la nada, un espíritu de época que la vinculaba con el pasado. Lentamente, sin embargo, fue perdiendo parte de ese espíritu combativo que la llevó a la alcaldía.
Hoy, la fotografía de Jaume Collboni con Javier Mariscal es sintomática de otra cosa. De una ciudad que vuelve a amarse solo cuando se sabe mirada; que se piensa contemporánea en función de los artistas que puede exhibir en los bares de diseño y en los rincones más cool del Eixample. Y que, tras la fachada de limpieza y orden, reinstaura una barcelonidad sin pueblo, sin conflicto, sin política.
Pensar la barcelonidad hoy exige, pues, no solo una arqueología de sus dos almas —la burguesa y la obrera—, sino también una crítica a la forma en que estas dos memorias son utilizadas para legitimar el presente. ¿Qué idea de ciudad es posible más allá de la postal turística o del relato nostálgico? ¿Es posible una Barcelona que no sea solo escaparate, sino que vuelva a ser taller, escuela y plaza pública?
Quizás la pregunta clave no es cómo queremos que nos vean, sino cómo queremos vivir. Seguiremos pensando la barcelonidad.

