La principal misión de un adolescente es conseguir una perspectiva de sí mismo desde donde verse amable para el otro, pero también para él. Amable quiere decir digno de ser amado (RAE). Sin esa perspectiva, su deseo queda suspendido, perdida la brújula del otro y eso, muchas veces, lo empuja al acto o a la inhibición. Yerai es un adolescente inquieto -tiene sus razones- que me muestra en el móvil las fotos que hace subido a una grúa, en el trampolín de una piscina olímpica o en el tejado de un centro cívico. Son fotos tomadas con nocturnidad y alevosía, transgrediendo las normas. Pero, lo importante es que esas fotos le permiten una cierta imagen (incluso, una idea) de sí mismo que enseña con orgullo al otro. También al terapeuta. Su primera presentación ya anunciaba esa necesidad de ser amable: “voy cásual, pero elegante”.
Es un superviviente a muchas nominaciones deficitarias: violento, TDAH, absentista, adicto…Modos de nombrarlo que dicen más del que nombra que del nombrado. Él “practica” todo eso, pero “no es eso”. Ningún sujeto se reduce a sus actos -por radicales que sean- ni a la etiqueta que le asignamos. Eso no obvia que la manera de nombrarlos tenga una clara incidencia en sus vidas. El poder de la palabra tiene todo su peso. Ellos y ellas pueden aceptar de buen grado -a veces incluso la buscan- esa etiqueta que les ‘resuelve’ las dudas identitarias, tan apremiantes a esa edad. Por eso, la pregunta que debemos hacernos, clínicos, educadores, padres y madres, es cómo nombrar esos malestares sin contribuir a fijar a los adolescentes a un síntoma (violencia, adicción, pasividad).
¿Esa nominación deficitaria tiene algo que ver con el creciente aumento, en todos los países occidentales, del voto joven (20%) a las propuestas populistas xenófobas y misóginas? Es una pregunta para la que no tengo aún respuesta clara. ¿El éxito de los Skibidi Toilets nos conecta con este asunto? Se trata de una serie producida por Alexey Gerasimov, un georgiano apodado Dafuq Boom que ha encontrado una excelente acogida entre los miembros de la Generación Alfa (nacidos a partir del 2010).
En la serie de shorts de YouTube (vídeos de apenas 15’) se narra una guerra ficticia entre los Skibidi Toilets, unas cabezas incorpóreas dentro de inodoros móviles que pueden morir al tirar de la cadena y que tienen la intención de dominar al mundo, y una facción de humanoides con hardware en lugar de cabezas, como cámaras, altavoces o televisores llamados Cameramans.
Lo interesante es que vemos cómo la mirada, objeto tan apreciado como resorte pulsional y fuente de satisfacción en las redes sociales, aparece aquí como hostil, instrumento de vigilancia siempre presente. El mundo es omnivoyeur (Lacan) y aquí la mirada la podemos entender también como la pasión de evaluar, etiquetar y controlar cualquier performance o desvío normativo de niños y adolescentes. En tanto que somos mirados, también somos evaluados y clasificados. Frente a ese ojo absoluto (Wajcman) emerge la protesta de los que surgen de la mierda, otro objeto (anal) presente como índice del resto que se evacua como producto de desecho.
Podemos leer esa animación (tiene ya su versión en videojuego) como una metáfora de la rabia de aquellos que no pueden alejar de sí mismos cierto sentimiento de ser un resto social. Los jóvenes que votan a la extrema derecha no lo hacen solo por oposición al feminismo. La brecha social y la desigualdad son también muy importantes porque alimentan el sentimiento de humillación al ser evacuados del sistema.
Estos discursos autoritarios son hábiles para convertir las emociones en capital político. Saben captar su atención con imágenes llamativas y mensajes simplistas que resuenan con su ansiedad. Eso anima su voto. Por el contrario, ¿etiquetarlos, patologizarlos, criminalizarlos, cuando lo hacemos desde ideales y con estilos y modos -a veces paternalistas y autoritarios- consigue captar su atención? Recordaba Lacan que la función del lenguaje en la resonancia “no es informar, sino evocar”. ¿Qué les evoca nuestros modos de (no) escucharlos? ¿Habría otra manera de hacerles resonar algo distinto del odio -al que les invitan estos populismos- o del vértigo al abismo que se siente al tirar de la cadena cuando lo desalojado eres tú mismo? Quizás, nos queda suscitar las preguntas a través de la conversación para una generación que ya empieza a ser calificada de muda.

