Desde que Nietzsche anunció la muerte de Dios, la humanidad ha buscado nuevos absolutos que den sentido y seguridad a un mundo fragmentado. En pleno siglo XXI, hay una nueva deidad que ha conquistado muchos corazones desafectos: la tecnología.
La verdad es que es fácil embriagarse con la histérica historia reciente de la innovación tecnológica, y la idea de que la tecnología ha condicionado el rumbo de las últimas décadas es indiscutible. Desde la máquina de vapor hasta la inteligencia artificial, muchas invenciones han mejorado la calidad de vida de millones de personas. Partiendo de esta premisa, y haciendo un juego de ilusiones para hacer pasar el silogismo por válido, ha tomado fuerza un discurso que da alas al determinismo tecnológico: considerar la tecnología como el elemento que determina el rumbo de la historia, el motor central y autónomo del progreso social, independientemente del contexto político y social. Básicamente, un insulto a la agencia humana y a la capacidad moral, una cortina de humo que nos desresponsabiliza de los problemas sociales.
Aunque la irrupción de internet allanó el terreno para que el determinismo tecnológico floreciera como discurso de masas, en el ámbito mediático hay una punta de lanza importante que ha catapultado esta idea en la última década.
Elon Musk ha contribuido a divulgar la idea de que es la innovación tecnológica la que debe resolver los problemas que debemos afrontar. Con el mantra “Mars and cars”, Musk es uno de los principales divulgadores de la idea de que la tecnología lo puede resolver todo. Su discurso despolitiza con frecuencia los problemas sociales en favor de un futuro tecnológico redentor en el que, obviamente, él es necesariamente una figura clave, si no el salvador mismo, y, de hecho, la promoción de este discurso no hace más que beneficiarlo económicamente.
Un ejemplo paradigmático de este tipo de discurso populista, al que Musk está estrechamente ligado y con el que se le conecta deliberadamente, lo encontramos en el bitcoin. Se argumenta que la tecnología blockchain es el elemento que necesariamente debe llevar a la descentralización financiera, su objetivo inicial. En este sentido, la primera piedra que hace posible el éxito mediático del bitcoin no se fundamenta en su justificación ideológica, sino en la fe en su arquitectura tecnológica. La creencia de que la tecnología en sí es lo que abre las puertas a cualquier cambio que esté por venir. El máximo exponente de esto fue el boom de los NFT, las imágenes digitales por las que de repente se llegaron a pagar fortunas con el único fundamento de que la tecnología blockchain sustentaba su propiedad, como si eso bastara para que una imagen digital tuviera algún valor otorgado por su unicidad.
Portador de la cornucopia digital que nos ha de salvar, Musk ha saltado a la arena política como apóstol de la nueva deidad tecnológica. Porque ¿qué hacer una vez muerto Dios? Musk ofrece la última y moderna solución, muy similar a lo que Harari advierte que se está convirtiendo en la nueva religión, el dataísmo, pero en el caso de Musk se trata de una tecnología más palpable, más totémica, con cohetes y coches como promesas de un futuro que debe comenzar ya, y por tanto más accesible y más fácil de deificar.
Y ese es el problema. Como advertía Gianni Vattimo (El pensamiento débil (1983), Creer que se cree (1996), Después de la cristiandad (2002)), el problema no es vivir sin Dios, sino sustituirlo por nuevas formas de autoridad no cuestionadas. La tecnoutopía es una de ellas. Y es especialmente peligrosa porque, como hemos visto, desplaza la responsabilidad: si todo depende de la innovación tecnológica, ya no es necesario tomar decisiones políticas ni morales.
Porque los problemas sociales nunca se han resuelto solo con tecnología. El hambre y la pobreza no son problemas de capacidad productiva, como defendían por ejemplo las posiciones maltusianas. No es que no haya suficientes alimentos o recursos, sino que estos no se distribuyen de forma justa o por otras razones independientes de la tecnología. Por ejemplo, el programa de la ONU para la alimentación estima que los conflictos y guerras causan un 65% de los 343 millones de personas que sufren hambre aguda. A día de hoy, si todavía hay hambre en el mundo, es por razones políticas.
Otro gran problema actual, el cambio climático, también se ha intentado solucionar definitivamente desde la tecnología, y se han utilizado narrativas tecnoutópicas para evitar la toma de decisiones políticas, por ejemplo con el canto de sirena de los captadores de carbono. Pero estos solo desvían la atención del ámbito en que deben afrontarse, en primer lugar, los problemas sociales: el político.
Guiar el debate sobre el bienestar actual y futuro estrictamente en el desarrollo tecnológico, como se tiende a hacer desde la irrupción de la IA en el público general, puede verse como el enésimo resorte de desafección política que se ha gestado desde los finales del siglo pasado.
La verdad es que, del mismo modo que creer en Dios no resuelve los problemas humanos, tampoco lo hará la tecnología por sí sola. Los retos que enfrentamos exigen madurez colectiva y valentía política. La tecnología puede ayudar, sí. Pero el cambio real es y será siempre fruto de decisiones humanas. En un mundo en el que Dios ha muerto, es hora de asumir que la responsabilidad es nuestra. No estamos en manos de ninguna deidad, sino a nuestra propia merced, toca aceptar nuestra emancipación de las verdades dadas.

