El 23 de agosto comenzó La Vuelta Ciclista a España. Desde el primer día hubo polémica y mucha disconformidad con la participación del equipo Israel Premier-Tech en dicho evento deportivo. En las últimas etapas en el norte de España, especialmente en Euskadi, la tensión ha alcanzado su punto álgido. Hasta tal punto ha sido así que muchas voces han aparecido arguyendo el clásico lema de que no se debe mezclar política con deporte. Aún más lejos fue el Director de La Vuelta, Javier Guillén, al afirmar que: “Cualquier reivindicación nos parece legítima siempre que se canalice por cauces pacíficos” y al decir que “hoy ha sucedido un acto de violencia”, después de que una protesta invadiera la carretera obstaculizando la marcha ciclista.
A decir verdad, Javier Guillén podría tener razón si tratamos de analizar la situación de forma totalmente aislada. Es indudable que La Vuelta está transcurriendo con muchas dificultades e inconvenientes que suponen un peligro para los corredores de la misma. No obstante, ¿Acaso podemos hacer eso? ¿Acaso podemos analizar lo que está aconteciendo en términos exclusivamente deportivos y de la seguridad del evento?
Al escuchar las palabras de Guillén, sobre todo al calificar lo ocurrido como violencia, muchas personas a buen seguro sintieron una patada que les llegaba a lo más hondo de su interior. Estamos observando, día tras día, como masacrar a la población civil en Gaza de múltiples formas se está convirtiendo en una suerte de deporte perverso, un ejercicio de tortura y sadismo que no cesa. La ocupación prosigue, las víctimas se incrementan día a día y el gobierno israelí no atiende a razones para frenar su ofensiva. Ni tan siquiera la ayuda humanitaria está garantizada y es torpedeada de forma sistemática, convirtiendo el abastecimiento más elemental de víveres y otros elementos para la subsistencia en otra arma del terror más crudo. Ante esta brutal agresión constante, ante este ejercicio de la más descarnada violencia, es difícil no sentir, cuando menos, indignación. Indignación e impotencia. La impotencia de tener la sensación de que no se puede hacer nada para evitar lo que a todas luces es un horror.
Es en el contexto de esta situación que comienza la participación del equipo Israel-Premier Tech en La Vuelta. Este equipo está dirigido por un allegado de Netanyahu, está fuertemente vinculado a la acción del gobierno israelí y, aunque financiado de forma privada, nadie ha ocultado que es un aparato de promoción de Israel (que a nadie le extrañe esto, ¿no recordamos ya Eurovisión?). Aunque el grueso de los ciclistas que componen el equipo no son israelíes, llevar ese maillot tiene un significado, está cargado de un simbolismo que para muchas personas es insoportable a día de hoy.
De hecho, el simbolismo del equipo es algo que, como digo, ni siquiera niega el propio Israel. Todo lo contrario. En lo que sí se difiere es en que consiste aquello que está representando el equipo. Desde el gobierno Israel se dirá que es una reivindicación del pueblo judío, o, cuando menos, deberíamos deducir ese simbolismo del hecho de que se considere que cualquier rechazo a dicho equipo significa un acto de antisemitismo (claramente, un argumento nuevo y nunca escuchado antes). En cambio, el simbolismo que abandera al equipo es para muchos otros el del orgullo nacional en unos momentos en los que su nación tiene pocas cosas de las que poder sentirse orgullosa. No puede haber orgullo mientras la acción genocida persista, cuando menos.
Con el transcurrir de los días, el propio Guillén instó al equipo Israel Premier-Tech a que se retirara de la competición en aras de preservar la seguridad de todos los competidores. Incluso el equipo optó por borrar “Israel” de la equipación ciclista, aunque insistió en que en ningún caso se retiraría de la competición.
Los gestos de Guillén y del propio equipo israelí tan solo manifiestan un interés en que la prueba deportiva se realice sin más percances y no una comprensión de lo que está sucediendo con las protestas. Este interés es legítimo y deseable, pero en una circunstancia como la actual… Mirar solo a este punto es cuando menos un ejercicio de ceguera, cuando no de cinismo o, aún peor, de pura maldad.
En los medios de comunicación se ha puesto el foco en que la reivindicación propalestina tiene como objetivo último la retirada del equipo Israel Premier-Tech de la competición. Y sí, ciertamente la mayoría de los manifestantes abogarían por esta retirada. Pero el punto clave no está en si se retiran o no se retiran de la competición, sino en hacer entender que no se puede mirar para otro lado cuando el horror máximo está ocurriendo, que no solo los ejecutores directos o los artífices intelectuales de las acciones más atroces son culpables, sino todos aquellos que, como decía Hannah Arendt, dejan que estas brutalidades ocurran sin cuestionarlas, pensando que pueden vivir sus vidas como si no pasara nada, como si el horror pudiera ser compartimentado y encajonado en un rincón de mientras se vive la vida. En este caso hablamos de algo excede y va más allá de la banalidad del mal: la promoción y el orgullo. Un orgullo, insisto, bañado de sangre.
Así que no, señor Guillén, cualquier reivindicación no pierde su legitimidad si incurre en alguna forma de “violencia” (que es más que cuestionable el empleo del término, ciertamente). Si hablamos de un genocidio, la protesta y la manifestación que se exige no puede ser la de quedarse en un lado y procurar no molestar, porque pretender seguir con la vida como si nada pasara cuando sabemos lo que está sucediendo no significa valorar el deporte y la competición deportiva, sino despreciar la vida misma. Porque lo menos que se puede hacer es molestar un poco: la masacre siempre es incómoda.
PD: Considero que es preferible no comentar las recientes declaraciones sobre I. D. Ayuso al respecto de lo que está ocurriendo en La Vuelta. Si alguien no las ha escuchado, le insto a que busque información por su cuenta. Creo que no es de recibo atender aquí el esperpento.

