En la archiconocida película de 2021 Don’t look up nos encontramos con que un asteroide acaba de ser localizado y está a poco más de seis meses de impactar contra la Tierra. Dado el tamaño colosal del mismo, se asume que su colisión significa la extinción humana. A pesar de que no se tarda mucho en confirmar esta hipótesis, la forma de recibir la noticia tiene algo de espeluznante: todo el mundo sabe o puede saber lo que está pasando pero deciden actuar como si no pasara nada.
Entonces, ¿qué sucede? Quizás podamos visualizarlo del siguiente modo: la locomotora está en marcha, cada vez yendo más rápido y no hay forma de frenarla, aunque todo el mundo vislumbra que esa aceleración no puede llevar a buen puerto. Dado que frenar se antoja como algo inconcebible, lo único que podemos hacer es estar entretenidos durante el trayecto y, si acaso, buscar algo de carbón para suministrar a la máquina… Pues nadie querría que se frenara de golpe y acabáramos todos saliendo despedidos.
La inercia productivista, la hiperconectividad tecnológica y la política de bloques nos arrojan a un mundo que tiende al pensamiento automático y no a la reflexión. La velocidad y, sobre todo, la aceleración rompen cualquier distancia con los acontecimientos.
No obstante, la distancia para con los acontecimientos pasados se ha tornado a veces un tanto pueril. Pensemos en el clásico ejemplo: “si tuvieras una máquina para viajar al pasado que sería lo segundo que harías” (pues se asume que lo primero que se debería hacer es matar a Hitler). Lo reduccionista de este pensamiento está en identificar a Hitler con la perversidad más absoluta y atribuir, por lo tanto, todo el mal del Tercer Reich a una voluntad personal, malévola y degenerada. ¿El peligro? Verlo como una enorme excepción, como si esto no pudiera ser repetido jamás. Al menos, claro está, que nos volvamos a dejar seducir por alguien tan perverso como él. ¿Pero y si Hitler no fuera el primer motor? ¿Y si fuera más bien el síntoma? Eso no exime de responsabilidad al líder nazi, pero ensancha la cuestión.
Hace pocas semanas se viralizaron unas declaraciones del alcalde de un municipio de Galicia que decía que “había que matar a Trump”. Ante dicha declaración, Nacho Abad, que era el presentador del programa de televisión, se escandalizó (junto a toda su mesa de colaboradores). En principio, consideramos que es lo propio escandalizarse ante semejantes declaraciones. Sin embargo, nos hemos acostumbrado a que el propio Trump se jacte de haber “eliminado” a determinados líderes o figuras que le molestaban, por no hablar de que el inicio de una guerra implica siempre la asunción de cierto grado de “bajas” (¿daños colaterales?). Aquí no hablamos de un desideratum, hablamos de muertes reales. Curiosamente, viajaríamos al pasado para matar a Hitler, pero nos parece abyecto desear la muerte a quién propicia y se jacta de determinadas muertes a día de hoy. Tal vez esto tenga que ver también con la (falta de) distancia. Y no solo temporal, sino también ideológica.
En el célebre film Gladiator se retrata al emperador Cómodo (muy distorsionado respecto a su correlato real). Este es un ser caprichoso, infantiloide, envidioso, tiránico, perverso, astuto pero no demasiado inteligente y degenerado moralmente (enamorado de su hermana a la que somete a su voluntad). Su contraparte es Máximo Décimo Meridio, un general que encarna el héroe trágico por excelencia. Leal, valiente, aguérrido, con un sentido fuerte del honor y de la justicia, así como alguien decidido a ejecutar la venganza respecto a su afrenta personal (ya no solo el asesinato de su mujer e hijo, sino la ursurpación misma del trono de Marco Aurelio por parte de su hijo).
¿Lo curioso aquí? Muchas personas se identifican hoy en día con Máximo. Pero a la hora de la verdad votan a Cómodo.
Lo automático se ve de forma prístina en los sistemas de alianzas políticas. Al menos en Occidente está quedando claro que cualquier evento nuevo pretende ser absorbido e interpretado en la lógica de las alianzas existentes. Es decir, hagan lo que hagan EEUU o Israel hay que apoyarlos. No porque lo que hagan esté bien, sino porque son nuestros aliados. O dicho de otro modo: no hay tiempo para analizar el contenido de nuestra decisión. El riesgo que se corre si lo hacemos es el de caernos del tren. Y entonces la locomotora sigue. Al menos hasta que se estampe.
Pero llegará el momento en el que los eventos actuales queden muy atrás (tal vez incluso no solo temporalmente). ¿Habrá rectificaciones? ¿Arrepentimientos? ¿Pensaríamos en viajar al pasado para cambiar algo de lo que sucedió? Ante estas preguntas uno tiende a frustrarse y pensar en que más nos valdría corregir el rumbo ahora que aún se pueden evitar o atenuar algunas consecuencias. Pero lo realmente frustrante aparece cuando averiguamos que esto no puede suceder: en la arquitectura actual no hay pausa posible, y solo podemos ver con cierta consideración aquello que ya quedó muy atrás.
Necesitamos una distancia que no tenemos. Quizás esa sea la lucha que nos toca: recuperarla.


1 comentari
Pues no creo que Zetaparo ni Timo Sánchez se arrepientan de haber hundido el país.