La cultura no es solo aquello que leemos, miramos, escuchamos o celebramos. Es, sobre todo, la manera en que una sociedad aprende a desear. Es el conjunto de palabras, imágenes, mitos y aspiraciones que nos dicen qué es vivir bien, qué es fracasar, qué es tener éxito y hasta dónde llega nuestra responsabilidad hacia los demás. Por eso la cultura es hoy uno de los grandes campos de batalla política, ya que quien domina la cultura domina también los límites de la imaginación colectiva.
Una de las grandes victorias del neoliberalismo ha sido secuestrar las palabras. Ha conseguido que conceptos necesarios aparezcan ante mucha gente como ideas extravagantes, amenazadoras o ridículas. Ocurre con el decrecimiento, que a menudo suena a renuncia, pobreza o retorno a las cavernas, cuando en realidad plantea una pregunta mucho más sencilla e incómoda: qué actividades deben crecer, cuáles deben reducirse y qué necesitamos realmente para vivir bien. Ocurre también con la utopía, convertida en sinónimo de ingenuidad, como si el ejercicio de imaginar una sociedad mejor fuera una debilidad y no una condición imprescindible para transformar nada.
Este es el primer bloqueo cultural de nuestro tiempo: nos cuesta pensar modelos alternativos porque nos han colonizado el vocabulario. Si cualquier alternativa al crecimiento infinito es presentada como una amenaza, y si cualquier horizonte diferente es descalificado como fantasía, entonces el único mundo posible acaba siendo este. Y cuando una sociedad deja de imaginar, deja también de discutir el poder real. Acepta las reglas existentes como si fueran leyes naturales y no decisiones políticas, económicas y culturales.
Vivimos inmersos en una cultura de la opulencia. Una cultura donde la posesión continúa siendo, en última instancia, el gran indicador de prestigio. Tener más casas, más coches, más experiencias, más capacidad de consumo. El valor de una persona se mide a menudo por su capacidad de acumular, exhibir y consumir. No importa tanto qué sabe, a quién cuida, cuánto tiempo tiene, cómo vive o qué aporta, sino qué puede comprar. El deseo ha sido organizado alrededor de la propiedad.
En este esquema, el dinero no es solo un instrumento. Se ha convertido en el elemento catalizador de la vida social y en un elemento de trascendencia. Ordena relaciones, jerarquías, miedos, expectativas e identidades. Ya no solo permite acceder a bienes materiales; promete seguridad, reconocimiento, libertad e incluso salvación. Pero cuando el dinero ocupa el lugar de la trascendencia, la vida queda reducida a servidumbre. Se puede vivir esclavizado no solo por la necesidad, sino también por la adoración de aquello que nunca es suficiente.
Esta cultura de la opulencia se alimenta de una determinada idea del progreso. Se nos ha explicado el progreso como una flecha siempre ascendente: más producción, más consumo, más disponibilidad. Pero tal vez hemos llegado a un punto en que este deseo material ha dejado de tener sentido. ¿De qué sirve tener ocho casas? ¿De qué sirve una casa con ocho baños? ¿De qué sirve tener ocho coches? ¿Qué tipo de vida buena representa eso? La pregunta no es trivial, ya que proyecta una sombra personal y colectiva: recursos, energía, territorio, contaminación, jerarquía y desigualdad.
Los informes internacionales apuntan en esta dirección. El PNUMA constata que la extracción de recursos naturales se ha triplicado en las últimas cinco décadas y que podría aumentar un 60% más hasta 2060 si no hay cambios profundos. También señala que la extracción y el procesamiento de recursos explican una parte central de las emisiones, de la pérdida de biodiversidad y de la contaminación. El problema, por tanto, no es solo tecnológico. Es cultural. Tiene que ver con qué entendemos por bienestar y con la incapacidad de una sociedad para distinguir entre necesidad, confort, deseo y exceso.
Por eso hace falta una nueva medida. No todo aquello que aumenta nos hace avanzar. No toda abundancia genera vida buena. Tal vez vivir mejor ya no signifique tener más, sino tener tiempo. Tiempo para cuidar, para pensar, para descansar, para amar, para no correr siempre detrás de una promesa que se desplaza. Incluso organismos como la OCDE llevan años trabajando indicadores de bienestar que van más allá del PIB e incorporan dimensiones como la vivienda, la salud, las relaciones sociales, el equilibrio vital o la seguridad económica. Es decir: aquello que hace que una vida sea habitable.
Hay también una raíz más profunda: la idea de que el planeta está al servicio del hombre. Si asumimos que los elementos presentes en la naturaleza son objetos sin vida, o con una vida sin valor, eso da pie a la extracción continuada y a la destrucción de ecosistemas en virtud de un derecho natural. La noción de naturaleza proveedora de recursos ilimitados es una noción que conviene revisar, así como la idea de una vida organizada por capas, donde unas vidas tienen más importancia que otras e incluso unas se subordinan a otras dentro de un supuesto orden. Así se han justificado durante siglos formas de dominación de toda clase y por eso, hoy, son tan importantes los debates animalistas, pues ponen de manifiesto que el hombre no tiene derecho a disponer indiscriminadamente de todo, y eso tiene una traducción ecológica y cultural.
Esta misma lógica aparece hoy en la disputa sobre los afectos. La discusión alrededor del ordo amoris es un ejemplo significativo. El problema no es reconocer que tenemos vínculos especiales con las personas cercanas; eso forma parte de cualquier vida humana. El problema es utilizar esta idea para romper la noción de una dignidad común y sustituirla por una jerarquía moral donde la solidaridad solo llega hasta los nuestros. Frente a ello, el papa Francisco respondió que el verdadero orden del amor es aquel que construye una fraternidad abierta a todos, sin excepción.
Sin duda, este es un elemento central en disputa que quiere desplegar un mecanismo de deshumanización: primero la familia, después los míos, después los que se parecen a mí, después nadie. El resto solo existe si sirve, si produce, si no molesta o si puede ser culpabilizado. Así se destruye cualquier sentimiento fuerte de solidaridad, igualdad o fraternidad y se normaliza una cultura del egoísmo y de la crueldad. No es solo una cuestión de ideas: es la preparación moral de una sociedad más dura, más desigual y más dispuesta a aceptar el sufrimiento ajeno, en tanto que ese sufrimiento queda subordinado, jerarquizado y, por tanto, se percibe como menor, inexistente o incluso justificado.
Las democracias europeas contemporáneas son hijas, con todas sus contradicciones, de los valores ilustrados y de los consensos posteriores a la Segunda Guerra Mundial: derechos humanos, laicidad, pluralismo, igualdad formal, protección social, rechazo de la guerra como destino natural de los pueblos. Pero hoy vemos cómo regresan discursos que cuestionan estas bases. Se reivindica la religión como identidad política excluyente. Se relativiza la violencia cuando no se ensalza y se cuestionan los derechos de las mujeres en las sociedades occidentales. Se normalizan formas abiertas o encubiertas de racismo. Se desacreditan la ciencia, la razón y las instituciones que producen conocimiento compartido.
Vivimos tiempos de fuerte disputa cultural: una tentativa de retorno a valores preilustrados, donde la jerarquía pesa más que la igualdad, la fe identitaria más que la razón pública, el orden impuesto más que el pacto democrático, y la mujer vuelve a ser definida en función de un orden decidido por otros. Cuando se cuestionan las bases de la modernidad democrática, no se discuten solo ideas abstractas, sino los valores que sostienen nuestros derechos, nuestro bienestar y la posibilidad misma de una vida libre e igual.

