Orbán no fue un accidente. Durante 16 años construyó un modelo político coherente: control progresivo de los medios, captura institucional, redes clientelares y una narrativa basada en la amenaza permanente. Su “democracia iliberal” no era retórica; era arquitectura de poder. Por eso su derrota es relevante. Pero no suficiente.
El primer riesgo es el exitismo democrático. La tentación de leer un resultado electoral favorable como una validación definitiva del sistema. Como si bastara con ganar para haber resuelto el problema. Es una ilusión peligrosa. Porque el problema nunca fue solo Orbán, sino el terreno social, económico y cultural que permitió su consolidación. Y ese terreno sigue ahí, alimentado también por inercias económicas profundas que no han sido cuestionadas.
La figura de Péter Magyar introduce una segunda cautela. No estamos ante una ruptura total. Magyar no es un outsider puro, sino un producto del propio sistema orbanista. Su propuesta apunta más a una corrección que a una transformación: más Estado de derecho, mayor alineamiento europeo, cierta normalización institucional.
Eso nos sitúa en un escenario de pospopulismo. El líder cae, pero las estructuras permanecen. Redes de poder, intereses económicos, cuadros administrativos y marcos culturales siguen operando. Y ahí aparece el dilema: gobernar sin desmontar ese sistema implica quedar atrapado en él; desmontarlo implica tensionar las reglas democráticas que se pretende restaurar.
Pero el verdadero interés de este momento no está solo en Hungría. Está en lo que anticipa para otros liderazgos de la derecha populista. Figuras como Donald Trump, Javier Milei o Marine Le Pen han construido su capital político sobre una promesa de ruptura con “las élites”. Sin embargo, cada vez más muestran dinámicas que reproducen aquello que critican: redes de lealtad personal, nepotismo, utilización patrimonial del poder o una política basada en el insulto y la descalificación.
Ahí aparece una posible línea de erosión. No tanto por sus ideas —que siguen movilizando— sino por sus prácticas. Cuando el antisistema se convierte en sistema, pierde parte de su legitimidad. Cuando la promesa de regeneración se traduce en amiguismo, el relato empieza a resquebrajarse.
Este desgaste no implica su desaparición inmediata. Pero sí puede fragmentar su base social y abrir grietas electorales. Especialmente si se consolida una percepción de incoherencia entre discurso y acción. En política, pocas cosas son más corrosivas que parecer aquello que se denunciaba.
A este proceso se añade un elemento nuevo y decisivo: la relación entre estas derechas y las grandes tecnológicas. Durante años, el ecosistema digital se presentó como un espacio abierto, con una cierta cultura liberal o incluso progresista. Hoy, parte de ese mundo parece girar hacia alianzas más opacas con liderazgos iliberales.
El desplazamiento es significativo. Del soft power tecnológico asociado a figuras como Bill Gates —más prudente en su relación con el poder político— hacia modelos más duros, cercanos a lógicas de seguridad, control y extracción de datos, representados por empresas como Palantir Technologies. En paralelo, actores como Mark Zuckerberg o Jeff Bezos han mostrado posiciones más ambiguas o acomodaticias frente a estas dinámicas.
En este punto conviene incorporar otra dimensión incómoda: determinados intereses económicos globales no solo han tolerado estos modelos, sino que han sabido convivir con ellos e incluso beneficiarse de su estabilidad regulatoria selectiva. No es casual que entornos como Wall Street no hayan mostrado una oposición frontal cuando estos regímenes no cuestionan el orden económico neoliberal vigente. En algunos casos, esa compatibilidad explica por qué ciertos actores han preferido retirarse sin dar la batalla, permitiendo que el iliberalismo se normalice mientras no altere los fundamentos del sistema económico.
Aquí es donde el concepto de posfascismo, desarrollado por Donatella Di Cesare, resulta particularmente útil. No se trata de una repetición del fascismo histórico, sino de su mutación en formas más difusas, adaptadas a sociedades formalmente democráticas. Un fenómeno que no necesita abolir las instituciones, sino vaciarlas progresivamente desde dentro, combinando legitimidad electoral con prácticas autoritarias y nuevas tecnologías de control. En ese sentido, el iliberalismo contemporáneo no es una anomalía, sino una posible deriva estructural de nuestras democracias cuando se debilitan sus contrapesos.
No estamos ante un fascismo clásico, pero sí ante la emergencia de componentes preocupantes: concentración de poder, erosión institucional, instrumentalización de la tecnología y construcción de enemigos permanentes. Una hibridación entre populismo, tecnopolítica y lógicas de control que redefine el campo de juego.
Como ha señalado Yascha Mounk, la erosión democrática no es un evento puntual, sino un proceso acumulativo. Y su reversión también lo es. La lección húngara no es que la democracia haya vencido definitivamente, sino que sigue siendo capaz de resistir. Pero resistir no es lo mismo que transformar.
Porque el verdadero desafío no es derrotar a un líder, sino cambiar la realidad que lo hizo posible. Y esa tarea —menos épica, más estructural— empieza ahora.

