Lo del eclipse ha sido no sólo un espectáculo astronómico sino una lección instantánea sobre el estado de las emociones en la sociedad de masas. El episodio reúne muchos ingredientes que ayudan a explicar el mundo  y que dibujan muchos de nuestros deseos, temores y maneras de reaccionar ante situaciones no habituales. Veamos qué ha resultado ser la vivencia del eclipse en la sociedad  tal como la vivimos aquí y ahora.

Aquí tens la versió en catalá


El verano es cuando pasan cosas agradables

Lo dice la famosa aria Summertime,  de la ópera Porgy and Bess, de Gershwin: «Verano, cuando la vida es ligera». Nuestros mejores recuerdos de infancia se remiten a los veranos y las vacaciones con sus juegos entre primos y amigos, el descubrimiento de nuevas relaciones y aspectos desconocidos de nosotros mismos. La función musical de Dagoll Dagom, Nit de Sant Joan, describe muy bien la magia del inicio del verano, que nos sigue fascinando. En verano salimos en busca de lo que es nuevo y agradable, aparecen novedades que pretenden ser satisfactorias: un viaje, el descubrimiento de un lugar, vestir más cómodamente y quizás de modo inusual, el frigodedo o el frigopié, un cóctel exótico o el biquini o tanga que nunca nos habíamos atrevido a ponernos.

La vida se consume en clave de moda

El verano es el campo de acción de la moda y las claves de cambio y evolución de las modas se dan en tono veraniego. En verano estamos más dispuestos a consumir novedades y de hecho las reclamamos: hemos tenido el Mundial de fútbol y ahora, el eclipse; primero, la emoción del torneo y la victoria de La Roja; después, la convocatoria a contemplar un hecho singular y admirable. Lo que hasta hace poco llamábamos sociedad de consumo insiste en proponer constantemente un crescendo de consumibles apetecibles, que necesitan ser renovados, pues ya se sabe que moda es lo que pasa de moda. El verano propone y reclama modas, ávidos como estamos por que nos «pasen cosas»: el consumo, si es algo, es el de la propia vida.

Realidad y comunicación, un juego de espejos

La relación entre medios y públicos con motivo del eclipse nos muestra la fragilidad de los tópicos referidos a la comunicación. No hay un flautista de Hamelin convocando a la gente al eclipse, no se ha producido la fabricación de un evento a manos de un interés concreto comercial o de otro tipo. Tampoco ha existido una espontaneidad ingenua: lo real es lo que sale por televisión y parece a simple vista que la realidad es lo que nos dice la comunicación que es. Pero aquí no funciona —ni en ninguna otra parte— lo de la «teoría de la aguja hipodérmica», las personas no padecen pasivamente la inoculación de inclinaciones hacia una u otra actitud en el consumo comunicacional. Más bien responden a asuntos que coinciden con sus apetencias, deseos y a veces intereses, y en ese caso la relación entre la comunicación y sus públicos es más bien un juego de espejos múltiples que un altavoz que convoca.

La comunicación en apariencia omnipotente ha tomado forma en esta ocasión como un mosaico en el que encajan todas las piezas: la percepción del hecho como acontecimiento por la televisión, la multiplicación a medida de las personas y pequeños grupos por internet, la convocatoria e interacción horizontal entre los interesados por redes y Whatsapp. Ha sido como una prefiguración del estado de la comunicación realmente existente y momentáneamente globalizada, que ha dado cuenta del momento a partir del cual evolucionará una comunicación globalizada por la interacción de todos los medios y tecnologías reforzados por la inteligencia artificial y apoyados en las narrativas transmedia.

La fuerza del mito como espectáculo

El eclipse ha atraído y emocionado a la gente por los mismos motivos que lo hace el fútbol: habla de valores, apetencias y deficiencias que están en nuestro corazón. Existen arquetipos universales que nos mueven y nos conmueven más allá de las eras históricas; ahí está el éxito de la Odisea según Christopher Nolan, el mito fundacional de la narrativa occidental. A fuerza de creer que la ilustración avanzaba con la desmitificación, hemos descreído de las viejas leyendas, pero los mitos más potentes nos alcanzan pisándonos los talones, el de la tarea del héroe en el caso de Ulises o el «solis invictus», culto de la religión romana, en el del eclipse. La victoria de la selección española de fútbol no sólo ha sido el deseo de que ganen los nuestros sino el orgullo de que ganen los justos, con Trump desactivado e impotente junto al podio. La aparición del sol eclipsado ha sido una teofanía «prêt a porter» disponible en vacaciones, que nos habla de que la naturaleza tiene la última palabra y de que, como decía Hemingway, el sol siempre acaba saliendo. En estos tiempos de agitación y desazón se impone así la frase sabia y oracular de Juliana de Norwich, santa ermitaña inglesa del siglo XIV: «Y todo está bien, y todo estará bien, y todo tipo de cosas estarán bien».

El individualismo es legítimo en una humanidad de seres sociales

Como no podía ser de otro modo, ha habido «negacionistas» del eclipse. Es lógico que sea así, como tanta gente que legítimamente odia el fútbol, desconfía de los héroes o desmerece de las tragedias griegas (por no mencionar los dimisionarios del culto a Woody Allen, ya que los negacionismos están en permanente construcción). El argumento de los refractarios al acontecimiento ha sido que quienes lo han seguido son unos borregos y que ellos tienen a gala preservar su personalidad individual frente a las tendencias de masas. Faltaría más; las sociedades abiertas permiten ciertas disidencias y la paradoja es que estas acaban reforzando la tendencia principal. El contraste es bueno y la libertad también. Pero el ser humano es un ser social y como tal vive y es llamado a realizarse; la soledad del buen salvaje no existe, los niños lobos nunca aprenden a hablar y el conde de Greystoke nunca hubiera podido sobrevivir en la selva por más esfuerzos que mamá chimpancé hubiera empleado. 

El seguimiento del eclipse, visto así, no ha sido una manifestación de gregarismo sino el ejemplo de cómo la sociedad de masas es capaz de disponer ante los ciudadanos ciertas panoplias —limitadas— de opciones que favorecen la eclosión de emociones y vivencias grupales en las que se integran las conciencias individuales (por más optimista e ingenuo que esto pueda parecer) sin perder la propia personalidad. Y cuando esto no sucede nos encontramos ante el totalitarismo. La sociabilidad y sus implicaciones no anula la individualidad, y así el espectáculo del eclipse nos ha dado la imagen de las familias desplazadas a las zonas de observación con sus sillas plegables,  meriendas y cervezas, que han traído a estas vacaciones mucho del ambiente confraternizador de los cámpings de la costa. Lo sociable, si es amigable —y casi siempre lo es—, es agradable y conveniente.

Cuando nos sentimos convocados por algo superior mostramos lo mejor de nosotros

Así pues, nos gusta consumir lo nuevo pero nos agrada más participar en ello y de modo grupal.  Y lo más interesante de lo nuevo es cuando percibimos que tiene algo que ver con nosotros, más allá de lo momentáneo. Surgen entonces las identificaciones, las emociones, las adhesiones: nunca nos mostramos indiferentes ante lo que acontece, excepto cuando no queremos ver lo que nos habla de algo que no deseamos reconocer. El eclipse, con su sustrato mítico pero más allá del mismo, era un espectáculo «para todos los públicos»: la naturaleza iba a regalarnos una maravilla y quizás un milagro (pues milagro significa etimológicamente algo digno de ser mirado con admiración, «mirabilis»). Ya que en estos tiempos no creemos en los milagros ni en ninguna otra cosa, que la fuente de lo admirable fuera lo natural ha sido garantía de autenticidad. Incluso para el más lerdo el eclipse ha mostrado que existe un orden riguroso en «lo natural» (la astronomía puede predecirlo y sabemos cuándo sucederá y cómo) y llegamos a creer, con Einstein, que «Dios no juega a los dados» y el espectáculo del orden de la naturaleza en su grandiosidad trae así cierta paz a los corazones.

Ya que en estos tiempos no creemos en los milagros ni en ninguna otra cosa, que la fuente de lo admirable fuera lo natural ha sido garantía de autenticidad

El eclipse nos ha traído la trascendencia a domicilio, no una trascendencia religiosa o siquiera espiritual, sino contundentemente humana. Somos parte de un orden universal y deberíamos dar gracias a este universo que nos permite vivir, y por tanto tenemos la responsabilidad de hacer de nuestro mundo un lugar dignamente habitable. Nuestra inteligencia nos permite darnos cuenta de esta situación y ver que más allá del espectáculo astronómico, podemos atisbar nuestra verdadera situación como especie en un mundo que, como el eclipse, es igualmente admirable y nos reclama que actuemos en consecuencia.

Comprobamos pues que lo admirable nos sigue admirando, siglo tras siglo, y lo disfrutamos en grupo, en sociedad y personalmente, a la manera moderna y posmoderna a la vez, es decir, socializados y fragmentados al mismo tiempo. Y es muy posible que esa admiración compartida haya podido conducir a la esperanza, o a lo que somos capaces de captar de ella, y con ello hayamos vislumbrado la realidad del dictum de Juliana de Norwich.

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Gabriel Jaraba

Gabriel Jaraba (Barcelona, 1950) es periodista, escritor, profesor e investigador. Doctor en Comunicación y Periodismo, es professor en la Universitat Autònoma de Barcelona. Autor de «Periodismo en internet», «Twitter para periodistas», «YouTuber» y «Hazlo con tu Smartphone».

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