La crisis de Ceuta entre España y Marruecos es mucho más que un conflicto fronterizo: muestra cómo están cambiando las relaciones de poder en un mundo donde las alianzas son más variables, las dependencias se convierten en instrumentos de presión y la fuerza recupera protagonismo frente a las reglas multilaterales. El poder ya no se mide solo en términos militares o económicos, sino también por la capacidad de controlar energía, tecnología, migraciones, recursos, mercados o infraestructuras y convertir esas dependencias en influencia política. Ceuta es, así, un pequeño escenario desde el que observar una transformación geopolítica mucho mayor.
La entrada masiva de migrantes desde Marruecos hacia Ceuta ha vuelto a situar en primer plano una relación que nunca ha sido exclusivamente bilateral. La utilización de la presión migratoria, la situación de las fronteras, las reivindicaciones territoriales y los equilibrios diplomáticos convierten cualquier crisis entre España y Marruecos en algo que trasciende a ambos países.
Porque detrás de Ceuta aparecen muchas más cuestiones que el control de una frontera. Está la relación de Marruecos con la Unión Europea y Estados Unidos, el Sáhara Occidental, Argelia, el control de los flujos migratorios, la seguridad en el Sahel y, en último término, la voluntad marroquí de consolidarse como una potencia regional con creciente capacidad de influencia, sin descartar intereses de USA e Israel y, de paso, cuestionar las posiciones del gobierno de Pedro Sánchez. Ceuta es el escenario visible de una disputa que se desarrolla en un tablero mucho mayor.
Hablar hoy de geopolítica y poder exige abandonar una lectura simple de las relaciones internacionales. La reciente crisis con Marruecos es un buen ejemplo. Un episodio de esta gravedad desborda cualquier interpretación limitada a las relaciones hispano-marroquíes. Lo que está en juego no es únicamente qué quiere Marruecos de España o cómo responde España a Marruecos, sino qué papel aspira a desempeñar cada uno en un contexto internacional cambiante.
Lo que está en juego no es únicamente qué quiere Marruecos de España o cómo responde España a Marruecos, sino qué papel aspira a desempeñar cada uno en un contexto internacional cambiante.
Marruecos tiene su propia estrategia de proyección regional, africana e internacional. España, por su parte, debe definir su posición como potencia europea y mediterránea, miembro de la Unión Europea y de la OTAN, con intereses específicos en el Magreb. Entre ambos aparecen, además, Estados Unidos, Francia, la Unión Europea, Argelia, el Sahel, las migraciones, la energía, la seguridad y los equilibrios en el Mediterráneo. Lo bilateral se convierte inmediatamente en geopolítico.
Ya no basta con analizar qué relación mantiene un Estado con otro. La posición de un país se construye dentro de una red mucho más compleja de intereses, dependencias, capacidades y aspiraciones.
La irrupción de Donald Trump en el poder estadounidense ha cambiado considerablemente las reglas del juego. No solamente por las decisiones adoptadas por su Administración, sino por su concepción del poder: el poder debe mostrarse, debe utilizarse y debe convertirse en instrumento explícito de negociación.
Trump no constituye, además, un fenómeno aislado. Con todas las diferencias que existen entre ellos, Putin y Netanyahu representan formas de ejercer el poder que cuestionan o subordinan el orden multilateral a sus objetivos políticos. A ellos se suman regímenes autoritarios que ni siquiera pretenden someterse a esas reglas: la demostración de fuerza y la concepción iliberal de formas de gobernar y de la propia democracia, estructuran estrategias totalmente ajenas a la diplomacia tradicional. En los modelos iliberales y autoritarios se difumina progresivamente la frontera entre los intereses del Estado, el gobierno y los personales.
Durante décadas, una parte de las relaciones internacionales occidentales se había construido sobre una combinación de poder militar, diplomacia, instituciones multilaterales, comercio y reglas compartidas. Nunca fue un sistema inocente. Pero existía al menos la pretensión de que el poder debía ejercerse dentro de determinadas reglas. Esa ficción se ha debilitado.
La guerra de Ucrania, la relación con Rusia, la crisis de Gaza y el conjunto de Oriente Medio muestran un escenario diferente. Las potencias hablan desde posiciones de fuerza; las alianzas se vuelven más transaccionales. Estamos entrando en un nuevo juego geopolítico terriblemente peligroso. El poder del siglo XXI tiene muchas más dimensiones.
Las potencias hablan desde posiciones de fuerza; las alianzas se vuelven más transaccionales. Estamos entrando en un nuevo juego geopolítico terriblemente peligroso.
Tiene poder quien dispone de capacidad militar, pero también quien controla la energía, las materias primas, los semiconductores, las tecnologías digitales, las cadenas logísticas, las infraestructuras, los datos o el acceso a determinados mercados, quien puede imponer sanciones, quien puede fabricar, financiar, abastecerse o impedir que otros lo hagan. La soberanía formal de un Estado dice cada vez menos sobre su poder real.
Europa constituye probablemente uno de los ejemplos más claros de esta contradicción. Es una enorme potencia económica y regulatoria, pero continúa preguntándose hasta qué punto puede actuar como una auténtica potencia geopolítica. China ha convertido durante décadas su capacidad industrial, comercial y tecnológica en instrumento de influencia internacional. Rusia ha demostrado que los recursos naturales, la capacidad militar y la disposición a asumir riesgos pueden proporcionar un peso internacional muy superior al de su economía. Y Estados Unidos sigue disponiendo de una combinación inigualable de poder militar, tecnológico, financiero y monetario.
A este tablero se incorporan nuevos actores con pretensión de poder: India, Turquía, Arabia Saudí, Brasil, Marruecos y otros países intentan aumentar sus márgenes de autonomía negociando simultáneamente con interlocutores diferentes.
Estamos pasando de un mundo organizado alrededor de alianzas estables a otro en el que proliferan las relaciones variables, los acuerdos circunstanciales y las estrategias nacionales de posicionamiento, donde las dependencias se convierten en instrumentos de presión.
La geopolítica deja entonces de ser simplemente una cuestión de mapas y fronteras y se convierte en conseguir que los demás necesiten aquello que uno controla.
Por eso una crisis aparentemente bilateral como la de España y Marruecos puede decirnos mucho más sobre el mundo actual de lo que parece a primera vista. Nos obliga a mirar más allá del incidente concreto y preguntarnos dónde quiere situarse cada país, de qué instrumentos dispone, de quién depende y qué alianzas necesita.
Porque probablemente esa sea la gran pregunta geopolítica de nuestro tiempo: en un mundo en el que las antiguas reglas se debilitan, ¿quién tiene realmente poder, de qué poder dispone y hasta dónde está dispuesto a utilizarlo?
