En Japón, un dorayaki cualquiera se encuentra fácilmente en un supermercado. A Durian Sukegawa, autor de Dorayaki, editada en castellano por Chai Editora, le hizo falta una novela entera para explicar por qué hacer uno bueno exige escuchar.
En el libro, dos personas marcadas por la mirada de los demás acaban encontrándose en una pequeña tienda de dorayakis. Sentaro paga las consecuencias de su pasado, y Tokue es una mujer mayor que fue apartada de la sociedad por haber padecido la enfermedad de Hansen. Sukegawa sitúa su encuentro en un terreno aparentemente modesto —una cocina, unas judías azuki, una pasta de an— para hablar de qué ocurre cuando una persona deja de responder a los criterios con los que la sociedad decide quién es útil.
El espíritu no puede existir de forma aislada
Tokue habla con las judías mientras cocina. Se pregunta de dónde vienen y qué cielo han visto antes de llegar hasta sus manos. Para alguien que pasó buena parte de su vida apartada del mundo, explica Sukegawa, «son vidas que vienen a visitarla». Por eso les habla sin esperar respuesta. «Les pregunta qué viaje han hecho, qué cielo han visto. La acumulación de esos pequeños sentimientos es la que crea el an de Tokue».
Para Sukegawa, esta forma de relacionarse con el mundo cuestiona también una concepción muy arraigada del individuo. «El espíritu no puede existir de forma aislada», sostiene. En Japón se habla a menudo de «buscarse a uno mismo», sobre todo durante la juventud, cuando aparece la necesidad de saber qué valor tenemos o qué somos capaces de hacer. A él la expresión le genera desconfianza: «Aunque solo te mires a ti mismo, no verás nada. Tienes que relacionarte con algo».

Sentaro cambia porque conoce a Tokue. Sukegawa describe su propia trayectoria de una manera parecida: «Escribí una novela titulada Dorayaki y, al relacionarme con el problema de la enfermedad de Hansen o con la pregunta de qué significa vivir, fui construyendo mi propio lugar». La identidad deja así de ser algo que existe previamente dentro de nosotros y pasa a construirse en el contacto con los demás y con el mundo.
Con las dos manos
Esta mirada adquiere una dimensión política cuando Sukegawa habla del trabajo. «A los seres humanos no nos ha creado la sociedad. Nos ha creado una fuerza mucho mayor», afirma. No plantea abandonar la vida social ni las obligaciones materiales. Precisamente señala que debemos trabajar porque vivimos relacionados con otras personas. El problema aparece cuando esa dimensión acaba convirtiéndose en la medida completa de una existencia.
No plantea abandonar la vida social ni las obligaciones materiales. El problema aparece cuando esa dimensión acaba convirtiéndose en la medida completa de una existencia
Lo explica con la imagen de las dos manos. Con una hay que trabajar y sostener la vida dentro de la sociedad. Pero si toda la atención queda atrapada ahí, «podemos equivocarnos profundamente». Con la otra mano, dice, queda la posibilidad de pensar en «los cientos de miles de años de historia humana» que nos preceden y en «la fuerza originaria que nos ha dado la vida». Para algunos, esa relación puede adoptar una forma religiosa. Sukegawa prefiere hablar de construir una filosofía propia que impida que «la sociedad humana ocupe el cien por cien de nuestra cabeza».
La idea tiene cabida en una novela habitada por el estigma. Sentaro sigue sin encontrar su lugar. Sukegawa dice que está «aplastado por el estigma». El encuentro con Tokue abre una grieta. Aprende a preparar an y empieza a hacer sus propios dorayakis. «Aunque sea algo muy pequeño, ha encontrado su lugar en el mundo».
El autor traslada esta idea a los estudiantes que tiene en la universidad: «Les digo que elijan algo, por pequeño que sea, aunque aparentemente no tenga ningún valor para la sociedad». Puede ser una actividad sin reconocimiento ni rentabilidad. Imagina a alguien que sube a una colina y pasa el día escuchando el viento entre los olivos. «Su espíritu está conectado con este mundo con una amplitud enorme. Esa es su existencia. Nadie puede negársela».
Facebook tsukare
La utilidad se ha convertido también en un lenguaje íntimo. Incluso el ocio parece tener que ser aprovechado. Sukegawa recuerda una expresión japonesa: Facebook tsukare —Facebook 疲れ—, «cansancio de Facebook». «Todo el mundo está demasiado ocupado y carga con demasiadas cosas. Como resultado, todos están cansados cada día». La vida deja poco espacio vacío: cuando no se trabaja, hay que hacer algo, salir, producir una imagen que demuestre que el tiempo también ha sido aprovechado.
En los trenes japoneses ve una consecuencia cotidiana. «Nadie está mirando por la ventana. Todos miran el teléfono. Fuera se extiende un paisaje natural y, en cambio, dentro del móvil están mirando un paisaje natural». Recuperar la mirada significa para Sukegawa volver a reconocer que el mundo existe más allá de nosotros. Después de un día de lluvia en Barcelona, imagina las gotas que debieron de quedar sobre las hojas: «Seguramente brillaban. ¿Cuánta gente las vio? ¿Hubo alguien que se emocionara al verlas?».
Recuperar la mirada significa para Sukegawa volver a reconocer que el mundo existe más allá de nosotros
Rabia y atención
Esta defensa de la atención no es una invitación a desentenderse de las condiciones materiales, de hecho, puede funcionar como revulsivo. El escritor habla de una generación joven atravesada por la precariedad laboral y por la dificultad para acceder a una vivienda. «Que puedan sentir rabia ante la situación actual y actuar incluso me provoca envidia», afirma. Durante su visita ha percibido una capacidad de movilización que echa de menos en Japón. «Los jóvenes de este país tienen fuerza. Piensan por sí mismos y saben actuar».
La rabia, en este caso, no contradice su defensa de una vida que no se mida únicamente por el rendimiento. Apunta que el hecho de que una persona tenga valor más allá de su lugar en el mercado laboral no convierte en aceptables unos salarios que no permiten vivir o una vivienda inaccesible. Sukegawa evita dar consejos a esta generación y prefiere reconocer la potencia que hay en la capacidad de responder colectivamente a unas condiciones injustas.

Dorayaki también tuvo que atravesar una forma de resistencia social antes de llegar a los lectores. La enfermedad de Hansen seguía siendo un asunto delicado en Japón y una editorial que había considerado publicar la novela acabó rechazando el manuscrito. Cuando finalmente apareció, lo hizo con una primera tirada de unos cuatro mil ejemplares. «Yo estaba contento simplemente porque se hubiera conseguido publicar. Nunca imaginé que después se extendería por el mundo».
Una maleta con esperanza
Trece años más tarde, Sukegawa cree que la novela sigue encontrando lectores porque habla de «formas de vivir y valores que nosotros, los seres humanos contemporáneos, hemos olvidado». Lo describe como una voz que se acerca y toca suavemente el hombro: «Estás bien. No tienes que esforzarte tanto. Solo sintiendo minuciosamente el día de hoy ya hay un sentido en el hecho de estar vivo».
Sukegawa no sabe cómo recuperar todo aquello que siente amenazado. «Ojalá supiera cuál es la respuesta». Ante el retroceso de la atención y una relación cada vez más distante con los libros, conserva una convicción más pequeña: «Lo importante es que nosotros no desesperemos». Sigue recorriendo Japón con una maleta llena de libros y haciendo lecturas allí donde alguien lo espera. «Lo importante es el proceso. Más que la meta, el proceso». Quizá el gesto político más elemental de Dorayaki empiece por negar que una vida necesite demostrar constantemente su utilidad para merecer un lugar en el mundo.
