Alicia llega a Madrid desde Valladolid para estudiar Filosofía. La facultad que encuentra es un lugar de conocimiento. También, de amistades, rivalidades y relaciones sentimentales marcadas por la diferencia de edad, la miseria humana, el poder y la precariedad laboral. Es el mundo que Sara Barquinero (Zaragoza, 1994), filósofa y escritora, utiliza en su última novela, La chica más lista que conozco, para hacer un retrato muy poco amable de la universidad.
En el centro de ese mundo está Juan Comala: profesor, intelectual, atractivo, encantador… y, en el fondo, bastante patético. Barquinero lo tiene claro: «Es totalmente un arquetipo, no solo universitario, sino también de sectores de la cultura».
La autora cree que en los estudios de Humanidades estos perfiles se encuentran más fácilmente que en otros ámbitos, aunque existan en todas partes. Retratar a este profesor como alguien patético fue deliberado. Según explica, estos hombres eligen a mujeres jóvenes por el constructo social que rodea a la chica joven entre hombres mayores. También les beneficia la inexperiencia de ellas: «Si los mira una persona de su edad, son básicamente patéticos».
Seducir no es agredir, pero ambos son ridículos
La autora insiste en distinguir. «No es lo mismo que un profesor intente meterte mano sin tu permiso que que te seduzca, que a veces tendemos a confundir ambas cosas. Pero los dos casos, desde la perspectiva de personas adultas, son ridículos.»
Para ella lo es que alguien con mil estrategias a su alcance intente meterle mano a una chica de 19 años. Y también ver a hombres adultos «diciéndole tonterías a chavalas que podrían ser sus hijas, fingiendo que les interesan cosas que no les interesan».
¿Hay consentimiento cuando se acumulan tantas relaciones de poder? Barquinero apunta al consenso social. Si una alumna de 2º de bachillerato, ya con 18 años, tiene una relación con su profesor de filosofía, todo el mundo lo considera un escándalo. «Sin embargo, si pasan tres meses y lo hace en la acera de enfrente, ya en la universidad, de repente hay gente que quiere defender a ese profesor.» A su juicio, existe un pacto tácito según el cual la universidad ya no es lugar de educación moral, sino puramente intelectual, «y que, por tanto, en un ambiente intelectual todos los gatos son pardos».
Aun así, no niega que haya consentimiento. Advierte que negarlo abriría la veda a equiparar seducir a una alumna con drogarla. Pero lo califica de «obviamente viciado». Y reivindica separar lo penable de lo que está mal: «A veces tendemos a querer judicializarlo todo. Lo pienso a veces con gente que está en mi trinchera, desde un punto de vista feminista. A lo mejor a un hombre de 40 años que se acuesta con una chica de 20 no hay que meterlo a la cárcel, pero eso no significa que esté bien».
También pesa la trayectoria. No es lo mismo un profesor que se enamora una vez de una alumna madura, consciente de lo problemático del caso, «que convertir la universidad en el picadero de unos cuantos señores». Para ella, el consentimiento aislado no basta para hablar de una estructura de sexualización.
Una sociedad en pequeño
¿Es la universidad un lugar peligroso para las mujeres, ya sean alumnas, doctorandas o profesoras jóvenes? Para Barquinero es «una versión más pequeña de lo que es la sociedad en sí misma». Las estructuras patriarcales y el techo de cristal la atraviesan igual que al resto. Lo que no se puede es fingir lo contrario: «En una carrera de humanidades, por decirlo rápido, todos somos guays y todos somos de izquierdas. «Aquí no conocemos todas estas cosas». Pues sí, la conocéis igual».
Para Barquinero, las estructuras patriarcales y el techo de cristal atraviesan la universidad igual que al resto
Además, denunciar resulta más difícil que en otros lugares por el nepotismo, que se mezcla con la percepción de la propia valía. Barquinero cita El entusiasmo, de Remedios Zafra. Explica que mucha gente compromete su integridad porque no se juega solo un sueldo, sino una carrera, una posición social y una imagen de intelectual.
Quien denunciaría cierta situación en una empresa privada calla en la universidad, por ejemplo para no comprometer su candidatura a una plaza. La precariedad lo agrava. Una amiga suya se presentó a la última plaza de la Complutense sabiendo que no se la darían, porque competía con quien había sido su profesor toda la vida. «Hay tan pocas plazas que no te la quieres jugar con nada.»
«Te están pagando por hacer lo que te gusta»
La precariedad del doctorado tiene muchas capas: becas exiguas, la tesis, los artículos y el trabajo para un departamento que explota. Una de ellas es la inmaterialidad del trabajo intelectual. Si se quejara de horas extras en un supermercado, su entorno le diría que lo dejara. En la universidad, en cambio, oiría: «Sara, te están pagando por hacer lo que te gusta». Cree que por eso a la gente de clase trabajadora y a la clase media sin tradición universitaria les cuesta más detectar una injusticia, y son más fáciles de explotar. «Se sigue pensando que tener un trabajo intelectual es un privilegio por sí mismo y que podrías llegar a hacerlo gratis.»
A ese silencio se suma otro. Como la universidad pública ha sido tan atacada, muchos temen criticarla desde dentro y empeorar su situación en cuanto, por ejemplo, la financiación o la credibilidad. «Les resulta más cómodo criticar que haya una cafetería del Banco Santander.» Lo mismo ocurre con el feminismo. La catedrática de la novela, que parece que va a apoyar, razona que si su departamento no gana, todo irá peor. «Con esa lógica, puedes sacrificar a una víctima, que es lo que pasó en política, en cierto modo, con el caso Errejón, que había que salvar los muebles.» Según añade, es la historia de muchos movimientos sociales: callar cosas feas porque la causa parece demasiado importante.
Tampoco las mujeres son un remanso de paz
En la novela, los espacios pensados para la solidaridad entre mujeres acaban siendo lo contrario. Barquinero cree que «la maldad se distribuye igualmente por géneros». No quería construir una imagen falsa de mujeres siempre dispuestas a ayudarse, que cualquiera que haya pasado unos años en la universidad podría desmontar. «A veces la persona más peligrosa que puedes tener a tu alrededor en una de estas situaciones es una mujer que está haciendo una tesis sobre Butler.» Sostiene que la imagen de la mujer bondadosa la infantiliza y la presenta como víctima más que como mujer.
Examen anónimo para ser profesor
Su primera solución es que el acceso a un puesto en la universidad sea como en cualquier otro empleo público: «Un examen firmado con tu DNI y sin nombres». Recuerda que, cuando ella pidió la FPU, el director y el grupo de investigación pesaban tanto o más que el expediente. Eso obligaba a tejer redes antes de dedicarse a la academia. En su opinión, el cambio posterior en el acceso lo ha mejorado. «Nadie es capaz de decirme por qué sería tan malo que para ser profesor de Metafísica II yo hiciera un examen y no un concurso de méritos absurdos.» Así, dice, dejaría de tener sentido publicar sin fin artículos Q1 pensando en la plaza.
El sistema de publicaciones le parece «una de las trampas más perfectas para someter a todo el profesorado». Además, lo considera absurdo. Cuando trabajaba como correctora, supo de alguien que pagó por publicar un Q1 cuyo artículo le había encargado escribir a ella.
Tampoco salva a los tribunales de tesis. «En tu tribunal de tesis la gente no siente que te esté evaluando a ti, sino a tu director», y nadie quiere que su doctorando haga el ridículo. También funciona al revés. Un director puede amenazar con un tribunal agresivo. Y si quieres renunciar a la beca porque no estás cómoda con él, tiene que firmarlo él, con cuatro años de sueldo en juego.
¿Y la responsabilidad de quienes participan en ese sistema? Barquinero cree que la hay, aunque el problema de fondo sea estructural, porque no se puede esperar que la gente sea santa. Pero distingue a la joven seducida de quien dice: «Llevo 30 años con este señor en el despacho, lo he visto 200 millones de veces haciendo el guarro y no digo nada por un Q1». «Eso es lo que vale tu moral», sentencia.
