Thomas S. Kuhn transformó para siempre nuestra comprensión del cambio, no solo en la ciencia, sino en la manera en que las sociedades conciben la verdad. En La estructura de las revoluciones científicas (1962) desmanteló la idea de un progreso sereno y acumulativo. Mostró, en cambio, que todo orden de conocimiento acaba devorándose a sí mismo: los paradigmas que durante un tiempo parecen incuestionables terminan resquebrajándose por dentro, incapaces de explicar las anomalías que ellos mismos generan.

Algo semejante —y más inquietante— ocurre hoy con la democracia liberal. Durante décadas funcionó como la “ciencia normal” de la política: una combinación de fe institucional, consenso racional y promesa de progreso. Pero ese marco se agota. Las anomalías se multiplican —desigualdad, pérdida de soberanía, fractura territorial, degradación ecológica— mientras las élites repiten un lenguaje que ya no nombra lo real. En ese vacío emerge el iliberalismo: una mutación que no discute las reglas, las devora.

Como en las revoluciones de Kuhn, el cambio es inconmensurable. Se desvanecen los consensos que hacían posible convivir con el desacuerdo. Ya no valen las viejas respuestas. Izquierda y derecha son sustituidas por “ellos o la casta” frente a “nosotros, el pueblo”. El liberalismo clásico, hijo de la Ilustración, confiaba en que la deliberación racional condujera a acuerdos. El paradigma iliberal opera en otro registro: sustituye razón por emoción, verdad por creencia compartida, reflexión por polarización, legitimidad institucional por autenticidad visceral. Trump no persuade: convierte. Su poder no reside en reflejar los hechos, sino en reordenar el vínculo entre hecho y relato, generando lealtades inquebrantables y adhesión ciega al líder. En eso entronca con muchos aspectos descritos por Hannah Arendt en la década de los 50’, referidos a los totalitarismos de la época.

Foucault nos legó una idea crucial y cada sociedad tiene su “régimen de verdad”, un conjunto de reglas que determina qué se puede decir y quién tiene autoridad para decirlo. El iliberalismo no es solo un rival político del liberalismo democrático; es un rival epistemológico. Reconfigura ese régimen de verdad. Los medios, la justicia, las universidades —antes pilares del conocimiento compartido— se perciben ahora como actores parciales en una guerra de interpretaciones. La posverdad no es un efecto de las redes sociales, sino el síntoma de una mutación profunda en la genealogía del poder. Y ha encontrado un nuevo gran aliado, el populismo despojado de cualquier vocación democrática, imbuido en la verdad que solo la abrogación de la representación del pueblo real puede otorgar.

Gramsci reconocería aquí una crisis orgánica: “lo viejo no muere y lo nuevo no termina de nacer”. Pero hay una diferencia esencial. Mientras el proyecto liberal apelaba a una esfera pública racional, el iliberalismo se alimenta del deseo, el miedo y el resentimiento. Aquí emerge lo freudiano: el retorno de lo reprimido colectivo. Freud diagnosticó el malestar en la cultura como la tensión entre los impulsos y la represión necesaria para convivir. El discurso iliberal explota esa fisura, liberando las pulsiones de agresión y revancha que la modernidad pretendió domesticar y las canaliza políticamente con una promesa mediante la restauración de una soberanía perdida y una identidad herida. Los sucesos del Capitolio en enero de 2021 son buena prueba de ello.

El fenómeno es global. Orbán, Fico, Milei: todos expresan el mismo desplazamiento cognitivo. La política deja de ser deliberación para convertirse en una guerra semiótica. Palabras como “libertad”, “pueblo” o “seguridad” ya no designan valores universales, sino signos tribales que demarcan identidades enfrentadas, y significados muy diferentes. Como en Kuhn, los contendientes no discuten los mismos hechos: habitan universos paralelos.

Lo más alarmante es que la “comunidad científica” de la democracia —partidos, medios, think tanks, academia— ha perdido la capacidad de restaurar un consenso epistémico mínimo. Proliferan tribus digitales y ecosistemas cerrados que producen su propia evidencia y moral. Si la revolución científica transformó la forma de ver el mundo físico, la revolución iliberal transforma nuestra manera de sentir y creer el mundo político. La política se psicologiza, la verdad se sentimentaliza, la identidad suplanta a la razón, la convicción sustituye a la evidencia.

Foucault lo advirtió: “No hay poder sin producción de verdad”. Hoy ese poder se ejerce fabricando relatos que generan adhesión emocional, no legitimidad racional. Cuando el poder ya no necesita convencer, sino solo excitar, azuzar y agitar, la democracia se vacía. El paradigma iliberal (sumado a populismo) no es una ideología coherente, sino un nuevo dispositivo de poder-saber, operando como una tecnología de gobierno de las subjetividades mediante saturación simbólica y manipulación afectiva.

Estamos inmersos en un cambio de paradigma político en sentido kuhniano. Una mutación epistemológica que redefine qué es “real”, quién puede hablar con autoridad y qué significa gobernar. Las anomalías del liberalismo —su ceguera ante la desigualdad, su fe tecnocrática, su desconexión territorial— han abierto la puerta a una revolución donde la racionalidad ilustrada se fragmenta. Y como en toda revolución, nada garantiza que el nuevo paradigma sea más justo o más libre: simplemente impone su propio régimen de visibilidad.

El desafío democrático es reconstruir un espacio común de verdad. Una semántica compartida que devuelva sentido al conocimiento y a la deliberación. Si Kuhn explicaba cómo las comunidades científicas lograban estabilizar un nuevo saber tras la crisis, la política contemporánea debe inventar su propio mecanismo de recomposición de consenso, que devuelva la confianza en la democracia sin ser mera continuidad de lo anterior. Un nuevo diálogo basado en igualdad, respeto y humildad epistemológica, sin autoproclamarse portador de la verdad revelada. Solo así podrá surgir un consenso que permita pensar y sentir en la dirección que la democracia necesita.

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Hector Santcovsky

Sociólogo, experto en políticas públicas de desarrollo y sostenibilidad. Ex-director de desarrollo social y económico de la AMB.

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