Hay dos formas de llegar a la parte alta de Torre Baró. Una, a pie o en bicicleta a través de la carretera de las Aigües. Otra, en vehículo, después de superar las curvas de la carretera Alta de Roquetes. Para adentrarse en el barrio hay que girar a la izquierda un centenar de metros antes de llegar a la torre. Otra opción es continuar hacia abajo hasta el aparcamiento situado junto al depósito de aguas, en el extremo opuesto del otro gran depósito que abastece a la ciudad, el de Sant Pere Màrtir.
Una vez allí, un paseo de unos pocos metros lleva hasta un camino de tierra, a la izquierda. Ese lugar ofrece la mejor panorámica de Torre Baró. El barrio se despliega sobre la ladera y es fácil deducir lo que significa vivir -y moverse- en esas calles empinadas, irregulares, flanqueadas de casas de autoconstrucción.
El barrio que no mira al mar
Desde hace más de veinte años, a principios de octubre, un grupo de estudiantes del Màster de Periodismo BCN-NY, que organizan la Universidad de Columbia (Nueva York) y la Universidad de Barcelona, se plantan junto a una torre de alta tensión y escuchan al profesor explicar que Torre Baró es el único barrio de Barcelona que no mira al mar, que es fruto, como otros barrios de la periferia, del esfuerzo de los inmigrantes que llegaron a Barcelona desde Andalucía, Extremadura, Aragón, Galicia y tantos otros lugares en busca de una vida mejor, huyendo de la miseria y en muchos casos también de la represión y las represalias por formar parte de los derrotados de la guerra civil. Y les habla también de Manuel Vital y el secuestro del autobús 47.
Desde allí también se ve todo el Vallès y, en primer término, abajo, Ciutat Meridiana y Can Cuiàs. En los años sesenta se barajó la posibilidad de ubicar allí el nuevo cementerio de Barcelona, pero se descartó porque el terreno era demasiado húmedo. De modo que si no servía para los muertos, bien podía ser aprovechado para los vivos. Hoy Ciutat Meridiana es el barrio más pobre de Barcelona y el segundo, tras el Raval, con mayor porcentaje de inmigración. Apenas diez kilómetros separan ese barrio del más rico, Pedralbes. Esa es la distancia geográfica, pero en términos de renta familiar Pedralbes es siete veces más rico que Ciutat Meridiana.
Uno de los promotores de ese barrio fue Juan Antonio Samaranch antes de convertirse en presidente del Comité Olímpico Internacional y contribuir decididamente a que Barcelona fuera designada sede de los Juegos Olímpicos de 1992.
Renovación urbana
En esa cita anual con Torre Baró acompañando a los alumnos del máster de Periodismo, es fácil constatar la mejora experimentada en el barrio. Se aprecia en que apenas quedan edificaciones con ladrillo visto. Ahora abundan las casas enlucidas y pintadas (recién pintadas, en ocasiones), muchas de blanco, pero otras con colores vivos. Es fácil observar cómo se van renovando y ampliando. La tierra, el polvo y el barrio de las calles han dejado paso al asfalto y el cemento. Hay farolas en las calles (parece una exageración, pero no lo es, muchos barrios de Barcelona tardaron mucho tiempo en tener un alumbrado público en condiciones). Por no hablar del alcantarillado, porque en estos barrios fueron los propios vecinos, la mayoría albañiles, los que construyeron las cloacas en sus horas libres. Hasta el párroco ayudaba cavando zanjas. Casi medio siglo después del secuestro del 47 circula por sus calles el bus a demanda y en la parte baja del barrio hay una estación de metro y otra de tren.
Urbanísticamente podría decirse que Torre Baró ha dejado de ser un barrio marginal, incomunicado. La población también se renueva. Ha sido un proceso similar, pero tardío, al de zonas como El Carmel. El barrio sigue siendo poco apto para la gente mayor, pero sus cuestas no intimidan a gente joven, que ven en esas casas unifamiliares una opción de vida.
Más secuestros en Roquetes
Esa transformación no es sólo fruto de las políticas urbanísticas (y urbanas) sino que, sobre todo, es fruto de las movilizaciones vecinales. La lucha, le llamaban ellos. Luchas vecinales como la que lideró Manuel Vital cuando en mayo de 1978 secuestró el Pegaso Monotrail articulado del turno 7 de la línea 47 (Pza Cataluña-Guineueta) para conseguir que los autobuses llegaran a sus barrios. Así lo explicaba Bru Rovira en una conversación con Vital publicada en La Vanguardia en junio de 1998: “El 7 de mayo de 1978, el conductor de autobuses de la empresa municipal Manuel Vital hizo normalmente su jornada de trabajo en la línea 47 y cuando llegó al final del servicio en el paseo Valldaura se fue al bar Martínez y llamó a su mujer: “Carmen”, le dijo, “voy parallá”. “¿Con quién cuentas?”, le preguntó la mujer. “Contigo nada más”, contestó Manuel, antes de volver a la cabina del bus y enfilar hacia la montaña de Torre Baró”.
La película “El 47” evoca este episodio protagonizado por un inmigrante extremeño que llegó a Barcelona huyendo del hambre y de la represión (los falangistas asesinaron a su padre delante de él). Cuando el entonces alcalde Pasqual Maragall decidió vivir unos días en distintos barrios de Barcelona, Vital lo alojó en su casa.
El secuestro de Vital no fue el único que afectó a los autobuses de la ciudad. En la vecina Roquetes (situada justo al lado, pero en la ladera contraria, la que mira al mar) también reivindicaban que el autobús subiera hasta la parte alta del barrio. La compañía de autobuses aducía que los vehículos no podían superar las pronunciadas pendientes.
Los vecinos se encargaron de demostrar lo contrario. Con la complicidad de conductores de la compañía “secuestraron” durante varios días alguno de aquellos viejos Chausson y los llevaron hasta la cúspide de la ladera. La escena era como sigue: llegaba alguien a la parada final de trayecto y le decía al chófer del bus: “Anda, vete al lavabo o a tomar algo”. Era otro conductor de Transportes de Barcelona. De modo que el responsable del servicio podía aducir que le habían “secuestrado” el bus aprovechando que lo había dejado un momento solo.
El espíritu del 47
En aquellos secuestros eran invitados especiales algunos periodistas, los que en los años setenta empezaban a prestar atención a los barrios y cuyo máximo exponente era Josep Maria Huertas Clavería. Los autores de aquel periodismo que Jaume Fabre definió en un libro como “Cròniques del fang”. Puedo dar fe de que aquellos vetustos autobuses fueron capaces de ascender la calle Mina de la Ciutat. Aunque también puedo dar fe de que no las teníamos todas con nosotros, porque el motor no es que hiciera ruido, es que rugía, cargado hasta los topes de vecinos entusiastas y periodistas por momentos escépticos del éxito de la iniciativa.
Una fantástica crónica en la Vanguardia de Domingo Marchena, que en las redes firma como @historiasytinta, recogía los testimonios de vecinos y vecinas de Torre Baró mientras iban -en autobús- al estreno de la película “El 47”. El espíritu de Manuel Vital y los vecinos de Torre Baró impregnaba los párrafos de aquel texto. Nada sorprendente, porque cualquier crónica escrita por Marchena muestra una sensibilidad y una empatía que muchos envidiamos, fruto de sus incontables lecturas y de haber crecido en uno de esos barrios a los que los periodistas de los setenta dábamos voz.
Una historia poco conocida
La definición de “fantástica crónica” referida al texto de Marchena se la he cogido prestada a Manel Lucas, que así la definía en la red X. Periodista, historiador, guionista, director de documentales (y seguidor del Espanyol, como Marchena)… Lucas tiene tanto talento que incluso se permite el gustazo de imitar a Franco y a Lluís Llach en el programa Polònia.
La crónica de Marchena estaba acompañada de las declaraciones de los principales protagonistas de la película. Firmaba esta pieza Camila Beraldi. Ni Eduard Fernández, ni Carlos Cuevas, ni Clara Segura, ni Zoe Bonafonte habían oído hablar del secuestro ni de Manuel Vital. Y el director, Marcel Barrena, conoció el acontecimiento cuando buscaba en internet historias para una película. Por eso se quedaron estupefactos cuando escucharon a aquella joven de acento argentino decirles que ella había conocido Torre Baró y la historia del 47 y Manuel Vital en su primera semana de estancia en Barcelona gracias a un recorrido en bus que les hizo un profesor del Màster de Periodismo BCN-NY.
Ser profesor y mostrar la cara menos luminosa de Barcelona tiene a veces estas recompensas.


1 comentari
La película EL47 me impactó por la valentía de la lucha vecinal, estaba muy seguro de verla pero como la hacía Eduard Fernández que había sido vecino en la calle donde vivimos, pensé vamos a a verla y como antes citaba me impacto mucho Yo he sido durante fotógrafo de investigación y casi todo mi trabajo lo realice fuera del país y al jubilarme pensé «ya que te has tirado toda tu vida como fotógrafo fuera de tu país en Europa principalmente porque no dedicas tu trabajo en tu propia casa y así empecé a fotografiar lugares imposible y ahora si no hay ningún inconveniente quiero hacerlo en Torre Baró» mi primera toma de contacto ha sido con la AA.SS.de Vecinos de Torre Baró y desde aquí quiero agradecer a Valeria y al resto de la junta su estupenda acogida a mi propuesta y espero que para cuando este preparado sobre todo en el tema del conocimiento del barrio empezaré la tarea.
Muchas gracias