Últimamente, en las conversaciones políticas, siempre llega un momento en que alguien me pregunta si sigo siendo independentista. La pregunta implica implícitamente la idea de que serlo ha dejado de tener sentido, que el país ya ha pasado página y que la independencia era una etapa adolescente de una sociedad que ahora sería adulta. Mi respuesta sigue siendo la misma que hace más de cuarenta años: por supuesto que lo soy. Y, sobre todo, está claro que todavía hay que serlo.
Que soy independentista es público y notorio. Nunca lo he ocultado y, de hecho, hace unos años me declaré en un artículo independentista con ganas de dejar de serlo para convertirme en miembro de un país libre. No lo soy por identidad, ni por romanticismo, ni por lealtades tribales. Lo soy porque, si hablamos en serio de derechos, desigualdades, gobernanza y calidad democrática, la cuestión pertinente no es si sigue teniendo sentido ser independentista, sino si hay algo en nuestro marco político que nos permita garantizar derechos de manera estable. Cuando trabajas todos los días en contacto con el ámbito social y ves cómo los ingresos, la educación, la vivienda o la salud condicionan la vida de las personas, te das cuenta de que hay decisiones que Cataluña no puede tomar. Y esta imposibilidad tiene consecuencias directas en la vida de las personas. La dependencia política genera dependencia social. Por eso sigo haciéndolo: porque la dependencia actual limita la capacidad de hacer políticas públicas útiles. Esto no va de banderas; se trata de derechos.
En 2017 se cometieron errores graves, improvisaciones y excesos emocionales. Confundir esos errores con la inutilidad del proyecto es una forma de renuncia. El proceso fracasó no porque la independencia fuera imposible, sino porque se intentó sin estructuras sólidas, sin estrategia, sin gobernanza y sin la decisión necesaria para sostener un desafío de tal magnitud. El proyecto sigue siendo necesario, y los factores que lo originaron no solo persisten, sino que se han intensificado.
No tengo duda de que, en un plazo no muy largo, experimentaremos un nuevo proceso de independencia. No será inmediato ni espontáneo, pero es inevitable. El Estado español sigue mostrando una nula cultura política en el respeto a la libertad de los pueblos, y la acumulación de crisis en los últimos años ha sacado a la superficie déficits democráticos herencia del legado de un régimen franquista que nunca fue completamente desmantelado. No debe olvidarse que en el momento del embate, el «deep state» español está obligado a ganar siempre, como ocurrió en 2017. Catalunya, en cambio, solo necesita la victoria una vez, como han hecho todos los países que se han independizado.
No tengo duda de que, en un plazo no muy largo, experimentaremos un nuevo proceso de independencia. No será inmediato ni espontáneo, pero es inevitable
Sin embargo, me preocupa la intuición de que el próximo proceso no será tan pacífico como el anterior. Hay demasiada tensión acumulada, demasiada frustración y demasiada gente convencida de que el camino institucional ya no es suficiente. 2017 fue un ejercicio colectivo de extraordinaria civilidad, pero no podemos dar por sentado que el país mantendrá esa serenidad en un contexto más polarizado, con más desconfianza y con una sociedad que ha aprendido que la represión no es una hipótesis, sino una experiencia. Sin renunciar a llegar al final, debemos recuperar el proyecto colectivo, inclusivo y pacífico que caracterizó al 1 de octubre.
Desde una perspectiva catalana, el nuevo proceso requerirá deshacerse de la clase política que lideró el camino en 2017. Aquel liderazgo, que no quiso o no supo acompañar la voluntad mayoritaria del pueblo catalán, es ahora un obstáculo. El hecho de que nueve años después del fracaso sigan en primera línea es la señal más evidente de derrota. Deben apartarse y permitir que surjan nuevos actores con más rigor, más estrategia y menos retórica. ¡Agradecimiento por los servicios prestados, borrón y cuenta nueva!
Las consecuencias de los errores de los liderazgos del 2017 se verán en los próximos ciclos electorales. El voto independentista se dividirá en dos grandes bloques: el canalizado por Aliança Catalana, que recogerá la rabia y la frustración acumuladas, y el capitalizado por la abstención activa independentista, que actuará como castigo a los partidos procesistas. No será solo un gesto emocional; será la confirmación de que una parte del movimiento prosoberanía ya no confía en quienes han gestionado el post-proceso con mentiras y medias verdades y busca nuevas formas de expresar su disidencia. Este escenario nos obligará a replantearnos estrategias, liderazgos y formas de interpelar a la sociedad catalana si queremos reconstruir una mayoría real y útil que reconfigure la realidad social del país.
Ser independentista hoy significa huir de la retórica y hacer política de adultos. Significa construir mayorías sociales y no bloques de identidad; hablar de ingresos, educación, salud y vivienda, y no solo banderas; exigir instituciones sólidas en lugar de consignas; convertir la soberanía en un proyecto para el país y no en una trinchera emocional; entender la independencia como una arquitectura institucional para garantizar derechos. También significa exigir al país, a la política y a nosotros mismos, desde una convicción basada en la realidad social de Catalunya y la necesidad de equiparnos con las herramientas que hoy no tenemos. En resumen, es un equilibrio de ganancias y pérdidas. Y, aun así, da sus frutos.
Pero tú, ¿sigues siendo «indepe»? ¿Qué, si no?
