Quien haya seguido las Barcelonas desde hace tiempo sabrá de mi peculiar condición de cronista del torrent de Lligalbé, hecho que este otoño quizá alcanzará su esplendor con la publicación de un libro donde este espacio del Guinardó tiene gran protagonismo, histórico y sentimental.
Durante muchos años he luchado por salvarlo de la completa destrucción. ¿Cómo? Mediante propuestas útiles para la ciudadanía mediante mi concepción de la pedagogía urbana, que en este rincón de Barcelona podía alcanzar su máxima expresión, tanto por el olvido de los distintos gobiernos municipales para con el barrio como por la negligencia a la hora de proponer medidas inteligentes, capaces de aunar pasado y presente.
Para el torrent de Lligalbé la idea era muy clara. Este sitio, casi milenario en su denominación, configura(ba) una especie de tríptico patrimonial con los passatges de Boné y Sant Pere. Este último alcanzaba la zona que el Ayuntamiento arrasó el pasado mes de mayo. Mi plan, presentado a las autoridades cuando gobernaba Barcelona en Comú en alianza con el PSC, consistía en eliminar los aparcamientos y convertir este todo en una triple área verde combinada con la protección de los edificios de 1920 y los muros delimitadores del torrente para, de este modo, transmitir identidad de barrio y conferir al vecindario de cualquier edad un punto de encuentro a rebosar de sostenibilidad.

Pues bien, cuando tuve la reunión sólo recibí desdén o las habituales palabras de ya lo miraremos, gracias por venir, etcétera, etcétera. En otras ubicaciones más o menos calientes del Distrito, como la torre Garcini, mis elucubraciones, que pueden consultar en la hemeroteca de este periódico, se han usado sin siquiera darme una palmadita en la espalda. Tampoco la quiero, pues al fin y al cabo el periodismo ciudadano, que tanto temen y por eso mismo escasea, consiste en mostrar lo invisible para realzarlo, paso previo a probables actuaciones para retornarlo a los ciudadanos.
En el Lligalbé, así como en Sant Pere y Boné, esto se concretará de manera más que parcial, habiéndose destruido con premeditación, nocturnidad y alevosía cualquier vestigio digno de ser mantenido. Empezaron poco antes de la Pandemia con la Granja Gullén, luego desahuciaron a los chicos de l’Hort el Brot para poner un aparcamiento al aire libre que se llenó de sin techo y pequeños traficantes. Ahora han barrido con los muros del arroyo y también con una desviación que iba hacia Padilla. Sólo se aguanta una pared con ladrillos decimonónicos, pues por liquidar hasta han terminado con una extraña piedra de camino sin fecha exacta, pero con aspecto de ser más que antigua. Otra desaparición relevante es la del tramo del passatge de Sant Pere que irrumpía en el sector donde, a lo largo de los próximos meses, quiere establecerse una zona verde de tres mil metros cuadrados con, atención, un circuito de salud y espacios de estancia, términos asépticos poco comprensibles para la mayoría.

Los habitantes del barrio tampoco se habían implicado mucho en la protección del Lligalbé ni lo harán con lo que permanece en Sant Pere y Boné. Este poco compromiso es culpa de cómo el Ayuntamiento ha triunfado en su proclama de irrelevancia e invisibilidad, pues si no comunicas nada sobre algo su existencia es inverificable, más n esta era de mucha pantalla y escasa curiosidad. Da mucho más juego, y así se ha notado con las asociaciones de vecinos alternativas a la oficial, la cuestión del traslado del mercado de la Estrella de Gràcia als Jardins del Baix Guinardó, entre otras cosas por considerar una falta de respeto dar al barrio colindante preponderancia, como si los afectados fueran menos.

No tengo ninguna queja en torno a lo positivo de generar un vergel verde en el Lligalbé. Si no es flor de un día, como insinúan algunos habitantes cercanos, será una excelente noticia. El lamento es desde la conciencia del modo de proceder. Durante años han hecho oídos sordos y han maltratado esos hermosos metros cuadrados, casi como si fueran el fondo de inversión de Ravalejar con el restaurante de Can Mosques. ¿Quieren ejemplos? Dejaron que se fueran a paseo baldosas centenarias de mucho valor, permitieron asentamientos harto cochambrosos para degradar este segmento urbano y jamás intervinieron cuando les solicitamos salvar su idiosincrasia. ¿Porqué? Por motivos muy comprensibles: una táctica para finiquitar hitos patrimoniales que molestan es propiciar su degradación. Una vez se pudren se interviene desde una supuesta coherencia, cínica e implacable, la misma que irrumpirá antes de la finalización de este decenio en el passatge de Boné, que en mis escritos podía alternar un pequeño jardín en su encrucijada con Sant Pere, algo que con toda probabilidad realizarán una vez desahuciado un antiguo profesor de Operación Triunfo, y la conversión en una guardería de las casitas con jardín de su lado montaña, algo que redundaba en el fundir lo pretérito con la actualidad, dado que un enorme porcentaje de elementos patrimoniales pueden adquirir otros usos en nuestra centuria.

Por lo demás, poco más puedo añadir. Hará unos meses, sin saber de este triste final, grabé para la televisión de Barcelona un Va passar aquí sobre el Lligalbé. En el cierre del mismo me corté alrededor de la profecía de una destrucción completa al ser patrimonio de barrio periférico. En vez de apostar por la pluralidad de identidades, arrasan y muchos viven con temor a perder más por la manía de alinear terreno, lo que conllevaría acabar con muchos inmuebles de otras épocas que son importantes para gran cantidad de personas no sólo desde la estética, sino desde el sentimiento.
Les dará igual. Primero por ser piezas de barrio, segundo porque conciben la ciudad como una autopista de consumo sin Historia que narrar y tercero porque de aquí cien años nadie se acordará de lo que fue el Lligalbé. Quizá alguien encuentre mis artículos sobre el torrente en una carpeta perdida. Internet los habrá cancelado al agotarse el plazo de almacenamiento y los peatones que lo transiten leerán el nombre en una placa, si es que las hay, y seguirán para adelante, sin rebelarse ni siquiera meditar que una Humanidad desprovista de raíces es una especie condenada a la estupidez superlativa del control absoluto.

