La tarde del miércoles 8 de agosto de 2001 despegó el cohete Delta II desde el Centro Espacial de Cabo Cañaveral, en Florida, transportando una sonda diseñada con un ambicioso objetivo para la NASA: viajar al espacio exterior para recolectar muestras del viento solar y traerlas de vuelta a la Tierra. El viento solar está compuesto por partículas cargadas que el Sol expulsa continuamente y que guardan la composición química de la nebulosa original que formó nuestro sistema solar hace unos 4.600 millones de años.
Tras el lanzamiento, la sonda Genesis viajó hasta una región del espacio de equilibrio gravitatorio, situada a 1,5 millones de kilómetros de la Tierra en dirección al Sol. Allí permaneció durante 884 días, casi tres años, recogiendo muestras gracias a unos paneles colectores ultrapuros hechos de materiales como silicio, oro, zafiro y diamante. Durante este tiempo, los colectores acumularon apenas entre 10 y 20 microgramos de material solar en total, una cantidad invisible a simple vista pero con un valor científico incalculable. En abril de 2004 se decidió emprender el viaje de regreso después de constatar el éxito de la recogida del material deseado, y pocos meses después, el 8 de septiembre de ese año, la cápsula de muestras se separó de la nave principal e ingresó en la atmósfera terrestre sobre los Estados Unidos, superando con éxito uno de los momentos más críticos de toda la misión, la reentrada. Sin embargo, cuando se debía abrir el paracaídas, este no se activó, y la cápsula se estrelló contra el suelo a más de 300 km/h, quedando completamente destruida y esparciendo por el desierto el polvo espacial que se había recogido con sumo cuidado.

Esta negligencia técnica es uno de los casos de estudio más famosos en la ingeniería aeroespacial sobre cómo un pequeño despiste en los planos puede burlar todos los controles de calidad. La conclusión a la que llegó la junta de investigación fue que el fallo no se debió a un componente defectuoso, sino a un error humano al instalar unos sensores clave que debían detectar la llegada a la Tierra. Literalmente, se montaron al revés, por lo que estos aparatos indicaban que la sonda estaba saliendo de la Tierra en lugar de entrando. Un imperdonable fallo que condenó a una misión millonaria de la NASA a estrellarse en picado contra el desierto de Utah.
Un descuido de tal magnitud bien podría haber sido utilizado en uno de los relatos que forman el recopilatorio Cuentos de un futuro imperfecto (1980-1981), de Alfons Font, que en junio de 2026 recupera la editorial Cartem Cómics en una excelente edición, después de que llevara varios lustros descatalogado. La obra está compuesta por catorce relatos cortos donde la frialdad tecnológica de un supuesto futuro es satirizada exponiendo hasta qué punto puede llegar la estupidez humana, todo ello como excusa para realizar una denuncia social con aspectos que hacen referencia a la codicia de los poderosos, los efectos sobre el medio ambiente provocados por la sobreexplotación de recursos o el sinsentido del uso de la inteligencia artificial. Estas tramas gozan, curiosamente, de enorme actualidad a pesar de los años transcurridos desde su publicación original.

Font comenzó a dibujar la primera de las historias del recopilatorio a la edad de treinta y dos años, después de más de una década trabajando como profesional a nivel nacional e internacional. La génesis empezó a gestarse a mitad de los años setenta, cuando decidió vivir en Francia mientras trabajaba para la editorial Vaillant. En paralelo colaboró con una pequeña revista de la época, donde le tocó por primera vez escribir un guion propio, teniendo en cuenta que todos hacían de todo. A pesar de trabajar con grandes guionistas, como Víctor Mora o Enrique Sánchez Abulí en aquellos años, pensó en escribir sus propios guiones, aprovechando esa primera historia, que resultó ser de género negro.
La propuesta fue bien acogida por el editor Josep Toutain, que aceptó publicarla en la mítica revista Creepy (1979-1987), dos páginas mensuales que con el tiempo se recopilaron en su primera obra completa Historias negras (1980-1985), publicada recientemente en un integral en 2023 por ECC Ediciones. Aunque era un trabajo demasiado escueto teniendo en cuenta que ya había vuelto a España y necesitaba unos ingresos más cuantiosos. La alternativa de Toutain fue que publicara un relato más extenso cada mes en la revista 1984 (1978-1984) —año en que cambió de nombre a Zona 84—, aunque con una condición: debía ser de ciencia ficción. La revista se había convertido en un referente de la época, actuando como el reflejo ibérico y oficial de su homónima estadounidense, editada por Warren Publishing, aunque no se limitó a traducir el material de autores como Richard Corben o Wally Wood, sino que también la convirtió en un laboratorio de vanguardia con autores de la talla de Carlos Giménez, Fernando Fernández o Josep María Beá.

El nombre de la revista ya era de por sí una declaración de intenciones, al realizar un homenaje implícito a la novela 1984 (1949) de George Orwell, una obra cumbre de la literatura distópica que narra la pesadilla de Winston Smith, un gris burócrata del Ministerio de la Verdad encargado de reescribir la historia en una sociedad sumida en el totalitarismo absoluto, donde el Estado hipervigilante anula por completo la individualidad, reescribe la realidad y manipula la verdad hasta destruir la libertad del ser humano. La década de los setenta marcó la madurez de la ciencia ficción sociológica, una corriente que desplazó el interés por la tecnología y las naves espaciales para centrarse en los fallos del comportamiento humano, la política, el ecologismo y las estructuras sociales. En un mundo sacudido por la Guerra Fría, la crisis del petróleo y los movimientos contraculturales, los autores utilizaron el futuro como un espejo crítico de su propio presente.
En las anteriores décadas ya se había publicado la saga Fundación de Isaac Asimov, con toda la dimensión sociopolítica que implicaba, y el inicio de la saga Dune de Frank Herbert, una complejísima radiografía sobre el mesianismo político, la religión institucionalizada y la ecología planetaria. También vemos influencias en Cuentos de un futuro imperfecto de Crónicas marcianas (The Martian Chronicles, 1950), de Ray Bradbury, una profunda alegoría sociológica sobre el imperialismo, el racismo, la incapacidad humana para convivir con lo diferente y la inevitable exportación de nuestros propios vicios autodestructivos a nuevos mundos. Aunque el único autor que aparece citado explícitamente por Font en uno de los relatos es Robert Sheckley, conocido por su sátira ácida, en la que denunciaba el consumismo y la deshumanización de los medios de comunicación, anticipando sociedades obsesionadas con la telerrealidad violenta en obras como El precio del peligro (The Prize of Peril, 1958).

Font fue un visionario al anticiparse a lo que en los próximos años se conoció como el género cyberpunk, un movimiento literario caracterizado porque sus historias se ambientan en futuros distópicos cercanos dominados por corporaciones transnacionales gigantescas que han sustituido a los gobiernos. El paisaje urbano estaba marcado por megaciudades de estética neón, una profunda desigualdad social, la globalización cultural y el deterioro medioambiental. Solo hay que recordar que la obra fundamental de dicho movimiento es Neuromante (1984), de William Gibson, publicada cuatro años después del inicio de las historietas en la revista 1984. Y cabe destacar también su capacidad para anticipar la importancia de la inteligencia artificial en la actualidad, y lo relevante que resulta la capacidad de interactuar de forma adecuada con ella.
Cuentos de un futuro imperfecto constituye un hito en la historieta de ciencia ficción europea, no solo por su guion, sino por su dibujo, fundamentado en un virtuosismo técnico basado exclusivamente en el contraste del blanco y negro puro y el tramado manual a plumilla. Este dominio gráfico se traduce en el diseño de escenarios detallados y desgastados en ocasiones; las megaciudades y los paisajes coloniales no operan como meros fondos decorativos, sino como entornos laberínticos hiperdetallados donde la acumulación de texturas mecánicas, tuberías y estructuras masivas exuda una pátina de obsolescencia tecnológica y decadencia material. Más allá del rigor ambiental, el anclaje sociológico de la obra radica en la representación naturalista y desmitificada de sus protagonistas, distanciada de los cánones heroicos tradicionales. Font despliega una notable precisión en la anatomía, logrando que la indumentaria y la expresión corporal reflejen fidedignamente el desgaste físico y la vulnerabilidad humana. El tratamiento de la expresión facial y la microgestualidad, ejecutado mediante trazos milimétricos a plumilla, codifica estados complejos de alienación, fatiga y escepticismo, convirtiendo la fisonomía de los protagonistas en un elemento clave de su narrativa especulativa.

La experiencia y el buen recibimiento de los relatos cortos animó al autor a enfrentarse a una historia más extensa y más ambiciosa, de nuevo con su propio guion. El resultado fue El prisionero de las estrellas (1982-1983; 1986-1987; 2025), publicándose en blanco y negro la primera parte y en color la segunda, ambas en la revista Cimoc (1981-1996). En noviembre de 2025, la editorial Cartem Cómics la ha recuperado en una edición integral, toda ella coloreada de nuevo: «Un relato de supervivencia y búsqueda interior, donde un hombre perdido en el espacio lucha por sobrevivir mientras se enfrenta a su propia culpa y al peso de la soledad», tal y como se indica en los mensajes promocionales, una obra que supuso la consagración definitiva a nivel internacional como autor completo dentro del género.
La ciencia ficción propuesta por Font se vuelve más seria y reflexiva, abordando el totalitarismo, la pérdida de la identidad y la búsqueda de la libertad en un planeta-prisión, muy alejado de las clásicas aventuras de acción en el espacio. A nivel gráfico, llevó al extremo su obsesión por el realismo sucio. Las ciudades del cómic son colosos de hormigón y metal, llenas de tuberías, cables, pantallas de vigilancia parpadeantes y fábricas humeantes. La segunda parte de la obra se concibió originalmente en color, con una paleta de tonos apagados, grises, azules industriales y marrones que potenciaban magistralmente la sensación de opresión, frío y desesperanza del entorno carcelario. Una elección, sin embargo, acorde a las exigencias del sector en aquellos años, que apostaba claramente por historias en color.

En El prisionero de las estrellas, la gran masa de la población vive recluida bajo tierra, en metrópolis claustrofóbicas de hormigón y metal. Esta sociedad subterránea está brutalmente jerarquizada y sometida a una oligarquía tecnocrática paranoica que ejerce un control absoluto a través de fuerzas policiales omnipresentes y manipulación informativa. Y sí, una historieta concebida a mitad de los años ochenta. El fugitivo y perseguido de manera implacable carece de nombre hasta bien entrada la historia, con varias entregas publicadas mensualmente. Al negar un nombre al protagonista, Font simboliza cómo los regímenes totalitarios anulan al individuo, convirtiéndolo en un engranaje o en un simple número. El sol abrasador de la superficie sirve como una advertencia ecologista, un recordatorio del peligro de romper el equilibrio climático del planeta.
El camino iniciado con estas obras le ha permitido obtener el reconocimiento unánime de crítica y público, donde destacan el Gran Premio del Salón Internacional del Cómic de Barcelona en 1993 y el Premio Yellow Kid otorgado en el célebre Festival Internacional del Cómic de Lucca (Italia) en 1996, entre muchos otros. Entre ellos, este 2026 recibirá en Sagunto en los Premios Splash (Festival del Còmic de la Comunitat Valenciana), el galardón «Una vida de viñetas» al considerarlo como uno de los grandes referentes históricos e indiscutibles de la viñeta nacional. Un reconocimiento a un autor que a sus ochenta años (los cumplirá en agosto) está a punto de publicar el tercer volumen de la trilogía dedicada a la falsificación de cuadros, y de las que hasta ahora Cartem Cómics ha publicado Aloma: El tesoro del temerario (2023) y Aloma: La cabeza del Papa (2025). Habrá que estar atentos a las novedades de la editorial.


