Si analizamos la evolución de nuestra sociedad a través de las historias de ficción —ya sea en la literatura, el cine o el cómic—, salta a la vista un sesgo sistémico que la academia denomina «edadismo de género». El concepto gendered ageism describe un proceso de exclusión y borrado mediante el cual las mujeres, al alcanzar la barrera de los cincuenta años, experimentan una paulatina pérdida de estatus visual, político y social. A diferencia de los hombres, la transición hacia la mediana edad las sitúa en una posición de vulnerabilidad que la academia define formalmente como la «invisibilidad social».

El sustento teórico de este fenómeno se remonta al concepto fundacional del «doble estándar del envejecimiento» formulado por Susan Sontag en su ensayo The Double Standard of Aging (1972), accesible en castellano en la actualidad en la compilación De las mujeres (2024), editada por el sello Debate. Sontag argumentó que la madurez se penaliza de forma asimétrica: mientras el envejecimiento masculino se asocia socialmente con la acumulación de prestigio, autoridad y experiencia, el femenino se mide de manera punitiva en función de la pérdida del capital estético y de la capacidad reproductiva, siendo empujada a una invisibilidad social. Esta marginación cultural constituye en realidad una injusticia estructural que, paradójicamente, emula un superpoder en la ciencia ficción.

Estudios recientes han clasificado exactamente cómo experimentan las mujeres esta falta de reconocimiento. Cabe destacar el trabajo de la profesora de la York Law School, Sue Westwood, en especial el estudio que analiza cualitativamente a mujeres entre 50 y 89 años. El resultado se puede leer en el artículo ”It’s the not being seen that is most tiresome”: Older women, invisibility and social (in)justice ([“Lo más agotador es no ser vista”: Mujeres mayores, invisibilidad e (in)justicia social], 2023), en el que demuestra que esta problemática no es una mera percepción subjetiva, sino una realidad que se manifiesta en cinco formas muy claras: «la infrarrepresentación en los medios, ser ignoradas en espacios de consumo y lugares públicos, ser dessexualizadas por completo, y sufrir el fenómeno de la “abuelización”, un reduccionismo identitario que asimila a la mujer mayor de cincuenta años de forma exclusiva a los roles de cuidado familiar, despojándola de sus facetas profesionales, intelectuales o individuales».

Esta penalización del cuerpo maduro empuja a las mujeres a lo que las profesoras de la University of Cambridge, Laura Hurd Clarke y Meridith Griffin, definen como «trabajo de belleza» (beauty work). En su artículo Visible and invisible ageing: beauty work as a response to ageism ([Envejecimiento visible e invisible: el trabajo de belleza como respuesta al edadismo], 2008), describen el resultado de una investigación con mujeres de entre 50 y 70 años, orientada a analizar los argumentos para recurrir «al tinte para el cabello, el maquillaje, la cirugía estética y los procedimientos estéticos no quirúrgicos». Los resultados constataron que las motivaciones subyacentes son «la lucha contra la invisibilidad, la apariencia como una inversión de por vida, el deseo de atraer o mantener una pareja sentimental y el edadismo en el ámbito laboral». Las autoras del estudio sostenían que las experiencias de las mujeres ponen de manifiesto una tensión entre ser física y socialmente visibles en virtud de un aspecto juvenil, y las realidades propias del envejecimiento. En otras palabras, «la invisibilidad social se deriva de la aparición de los signos visibles del paso del tiempo y las empuja a hacer que su edad cronológica sea imperceptible mediante estas prácticas estéticas».

Esta invisibilidad se agudiza en el ámbito laboral en general y en el tecnológico en particular: «las mujeres sufren un silenciamiento en los entornos laborales mucho antes que los hombres, quedando excluidas de los planes de innovación técnica bajo estereotipos absurdos de adaptabilidad», según argumenta el equipo de investigadoras de la West Chester University of Pennsylvania, lideradas por la profesora Jasmin Tahmaseb-McConatha. En su artículo The Gendered Face of Ageism in the Workplace ([El rostro del edadismo de género en el ámbito laboral], 2023), alertan de que «la intersección entre la edad, el género y otras formas de discriminación se traduce en un aumento del estrés, amenaza el bienestar de los trabajadores de todas las edades y genera un clima laboral tóxico».

Ese entorno se encarniza con las mujeres, quienes manifestaron, en mayor porcentaje que los hombres, experimentar discriminación laboral con mayor frecuencia. El análisis cualitativo identificó varios temas importantes relacionados con el edadismo, como «amenazas al sentimiento de competencia, la duda en uno mismo y la indefensión, el verse sometidas al “maternalismo”, el sentimiento de aislamiento y soledad, y a la desvinculación gradual del lugar de trabajo». Algo así debió de pensar Marcie, de cuarenta y nueve años, cuando el responsable de recursos humanos le estaba informando de su despido de la empresa, utilizando un eufemismo claramente discriminatorio: «… Y hemos decidido… verás… devolverte… la libertad». Unos puntos suspensivos que indican pausas deliberadas al comunicar una noticia de gran impacto, pero que provocan una consecuencia muy diferente entre el que las realiza, buscando autoprotección, y quien la recibe, para quien se convierte en una pequeña tortura psicológica.

Cuando las palabras se entregan fragmentadas, casi a cuentagotas, el silencio que se genera entre cada término no alivia la tensión, sino que la multiplica. Por un lado, esta cadencia revela la incomodidad, la culpa o el estricto cálculo legal de un emisor que necesita dosificar el mensaje porque le cuesta sostener el peso de sus propias palabras. Por otro lado, para el receptor, este ritmo entrecortado resulta devastador: en lugar de recibir un impacto único y rápido, cada pausa se convierte en una suspensión agónica que le obliga a procesar la gravedad de cada término por separado. Y Marcie, a pesar de su licenciatura en psicología con un máster y experiencia profesional como gestora de proyectos, no lo tendrá fácil para encontrar trabajo, especialmente en su especialidad.

El periplo que deberá seguir para reinventarse y salir adelante y, quién sabe, quizás conseguir un trabajo soñado desde hacía tiempo, es lo que podemos ver en la novela gráfica Marcie. Punto de inflexión (Marcie – Le point de bascule, 2025), de Cati Baur, publicada en castellano en marzo de 2026 por Garbuix Books con traducción de Marta Armengol. Con un tono de comedia, Baur crea una historia de género negro (Marcie se involucrará como detective privado para resolver el enigma de un posible suicidio que podría ser un intento de asesinato), que en realidad es «una denuncia de la invisibilización de las mujeres maduras a la vez que celebra su potencia, su libertad y su capacidad para reinventarse», como indica la misma autora.

El cuestionamiento injustificado de sus habilidades técnicas o de su capacidad de adaptación se revela sistémico cuando la persona de la oficina de empleo infravalora las capacidades de la candidata en la entrevista. El resultado final es que el trabajo conseguido es el de encuestadora a pie de calle, con todo lo que lleva implicado, aunque un factor destaca sobre todos: la invisibilidad acentuada ante el gentío que pasa apresuradamente a su lado cada día durante horas. El azar hace que su lugar de trabajo esté cerca de una reconocida agencia de detectives privados, una actividad con la que había soñado desde hacía tiempo, un deseo amplificado, probablemente, por sus lecturas como aficionada al género negro. Y su determinación la impulsa a atreverse a presentarse en la empresa presumiendo precisamente de ese superpoder adquirido, ideal para desarrollar la actividad detectivesca: la invisibilidad.

La novela gráfica muestra otros aspectos interesantes que a modo de píldoras también se añaden a la denuncia principal, como cuando piensa que el director de la agencia la llama solo para intentar ligar con ella, para descubrir que no es así; sin embargo, su comportamiento es a la defensiva, como si fuera una experiencia habitual en su pasado, o la reflexión sobre la resolución del caso que acaba consolidándola como detective. Cati Baur, autora suiza nacida en 1973, explica en el epílogo que su primera intención era titular la obra La mediana edad, pensando en el 13 % de mujeres en Francia que están alrededor de la cincuentena, según datos del Instituto Nacional de Estadística francés (INSEE). Una edad para las mujeres premenopáusicas que es «el momento en el que dejan de silbarte por la calle (toda una liberación) y pasan a llamarte “señora”. Es un cambio progresivo, no es una caída abrupta, no nos pilla por sorpresa hasta el día en el que un desconocido te llama señora y es como un gancho de derecha a la mandíbula».

Un mes antes se había publicado en castellano la novela gráfica Mis rollos de cuarentona (Moi Je, Quarantaine, 2025), de la autora francesa Aude Picault, editada por Garbuix Books con traducción de Montserrat Terrones. A partir de pequeñas escenas de la vida cotidiana, muestra su devenir en tono de comedia irónica, desde la perspectiva de una mujer de cuarenta y cuatro años, con una niña pequeña, casada con un marido diez años mayor, este aparentemente en sus segundas nupcias. La obra se enmarca en una especie de colección que empezó hace veinte años en la que reflexionaba, a partir de secuencias breves, su día a día de una joven veinteañera, sus dudas amorosas y sus precariedades en sus inicios como profesional. El resultado final fueron dos breves publicaciones, Rollos míos (Moi je, 2005) y Más rollos míos (Moi je et cætera, 2007), que pudimos leer en castellano gracias a Ediciones Sinsentido en 2007 y 2008, respectivamente, con traducción de Lucía Bermúdez.

El uso del concepto Moi Je (que en francés es una forma enfática y coloquial de decir «En lo que a mí respecta»), seguido ahora de la expresión Quarantaine, constituye una declaración de intenciones por parte de Picault, reconociendo el paso del tiempo y contextualizando lo que se va a encontrar el lector, donde la autora se dibuja a sí misma como una madre de familia atada a las rutinas extenuantes, la conciliación profesional y las crisis de la mediana edad. Al exponer «sus propias debilidades, su pereza, sus discusiones de pareja o sus momentos de colapso, consigue que su vivencia estrictamente íntima y personal se convierta en un espejo de la realidad de toda una generación de mujeres al alcanzar los cuarenta años», como se indica en el material promocional de la novela gráfica.

La recepción de la crítica francesa coincide en definir Moi Je, Quarantaine como un espejo generacional y desculpabilizador que retrata las crisis de la mediana edad —desde el desgaste de la pareja hasta la carga mental— mediante una mirada honesta y sumamente benevolente. Lejos de caer en el cinismo o el reproche amargo, la autora introduce un humor luminoso y momentos de calma que alivian la crudeza del colapso cotidiano. Todo ello vehiculado a través de un dibujo de trazo limpio y directo que captura a la perfección la expresividad del agobio de nuestros días, alterado por la contribución, a veces negativa o ausente, de nuestro entorno más directo, como nuestra propia pareja, nuestros amigos o nuestros compañeros de estudio en el trabajo.

La manifestación de la carga mental de la protagonista es evidente, tanto por lo que le sucede como por su expresividad facial y corporal, o su reacción ante los sinsentidos con los que debe lidiar continuamente. Y la autora advierte que su vivencia es la antesala de lo que le espera en un futuro próximo, cuando en la visita ginecológica para colocarle un DIU para los próximos cinco años, le advierten que, seguramente, será la última vez que lo necesite, ante la inexorable menopausia. Sin ser conscientes de ello, las dos protagonistas de las dos novelas gráficas, Marcie y Aude, empiezan a convertirse en invisibles, ante lo que la investigadora Gail Saltz acuña bajo el concepto de «Disminución de Género Asociada a la Edad», en su artículo Age-related Gendered Diminishment: toward understanding and interventions for a common psychological experience in post-midlife women ([Disminución de Género Asociada a la Edad: hacia la comprensión e intervenciones para una experiencia psicológica común en mujeres después de la mediana edad], 2025)

El constructo social propuesto por Saltz describe una experiencia psicológica de vacío donde la mujer siente que sus necesidades y su voz dejan de importar para su entorno. En Quarantaine, la protagonista vive esto a través de una extenuante carga mental: está atrapada entre las demandas de la maternidad, la inercia de una pareja desgastada y las exigencias profesionales. Esta rutina devora por completo su individualidad. Picault plasma gráficamente cómo la mujer pasa de ser el sujeto de su propia vida a convertirse en una mera gestora de la vida de los demás, un paso previo e indispensable para la desconexión identitaria que diagnostica Saltz. La carga mental de los cuarenta es el combustible silencioso que, de no frenarse mediante la autoaceptación y los espacios de resiliencia (las escapadas al bosque que dibuja Picault), aboca a las mujeres a la Disminución de Género Asociada a la Edad en la década posterior.

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