La película YES, escrita y dirigida por el cineasta israelí Nadav Lapid, se ha alzado con el Premio de la Crítica en el festival impulsado por Filmin. El largometraje, un feroz alegato contra la deriva belicista del Ejecutivo de Tel Aviv, ha sido vetado en las salas comerciales locales, consolidándose como una pieza clave de disidencia cultural frente al horror de la guerra.

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El 14 de agosto de 2026, el jurado de la Asociación Catalana de la Crítica y la Escritura Cinematográfica (ACCEC) otorgó el Premio de la Crítica de la 16ª edición del Atlàntida Mallorca Film Fest a la película YES (KEN, 2025), con guion y dirección del cineasta israelí exiliado Nadav Lapid. El jurado, integrado por los periodistas Marla Jacarilla, Víctor Dalmau y Agus Izquierdo, reconoció por unanimidad la obra con el siguiente fallo: «Por convertir el cine en una radical herramienta que confronta a la audiencia con el genocidio. Por su arriesgada puesta en escena. Por llevar al cine contemporáneo al límite».

La andadura internacional del largometraje se ha caracterizado por un notable impacto en festivales y por la polarización del público. En mayo de 2025, la película tuvo su estreno mundial en la 57ª edición de la Quincena de los Cineastas del Festival de Cannes, donde se consolidó como una de las apuestas más valientes del año. Poco después, la mítica revista Cahiers du cinéma la incluyó entre los diez mejores títulos del año.

Meses después, en octubre de 2025, compitió en la Sección Oficial de la 70ª Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCI). Su proyección oficial, programada para el viernes 31 de octubre de 2025, estuvo envuelta en un clima de alta tensión social debido a las manifestaciones propalestinas en la alfombra roja, lo que motivó un despliegue policial sin precedentes. Pese a la tensión, la montadora Nili Feller se alzó con el Premio José Salcedo al Mejor Montaje por «la milimétrica secuenciación rítmica del metraje». Semanas antes, en septiembre de 2025, la cinta había sumado importantes nominaciones técnicas en la gala de los Premios Ophir de la Academia de Cine de Israel frente al descontento del aparato gubernamental, obteniendo finalmente las estatuillas a Mejor Montaje y Mejor Banda Sonora.

YES se articula en tres actos que narran la caída de sus protagonistas. El primero, «La buena vida», retrata con mordacidad el exceso de las clases acomodadas de Tel Aviv, con una pareja de artistas —un músico (Y.) y una bailarina (Yasmin)— reducida a entretenimiento para las élites del país. El segundo acto, titulado «El camino», altera de forma drástica el ritmo visual: el protagonista inicia un viaje existencial hacia la frontera con Gaza, a modo de inspiración para cumplir un encargo oficial: componer un himno de enaltecimiento nacionalista. Finalmente, el tercer acto se centra en la encrucijada moral del músico: ceder ante la propaganda a cambio de tranquilidad o rebelarse contra el poder.

El propio Nadav Lapid aclara el sentido de la historia a través de su título en hebreo, Ken («SÍ»). Tras años retratando a personajes en constante rebeldía, Lapid explora qué ocurre cuando un creador claudica para ser aceptado por el sistema. En la pantalla, este asentimiento funciona como metáfora de la complicidad social con la guerra. Sin embargo, el director mantiene un rasgo de resistencia al bautizar al protagonista como Y., cuya pronunciación remite al why? («¿por qué?») anglosajón. Una prueba de que, bajo la obediencia, siempre pervive una última duda ética.

En el plano estético, la película bebe directamente del legado de Jean-Luc Godard (1930-2022). Lapid asume la influencia del director franco-suizo al combinar texto en pantalla e ideología, sobreimprimiendo el término «YES!», cortando el plano de golpe y haciendo que los actores hablen a cámara para encarar al espectador. La presencia constante de la bandera israelí termina de rematar el tono provocador de la propuesta.

La polémica financiación del proyecto responde al complejo escenario cultural israelí. Que la cinta recibiera fondos estatales —lo que provocó llamadas al boicot de activistas internacionales— se debe a subvenciones automáticas fijadas por ley, ajenas al Gobierno de Netanyahu. Sin embargo, al comprobar la dureza del filme, las distribuidoras comerciales israelíes le vetaron la entrada en las salas.

Esta censura económica e institucional obligó a la producción a trazar un circuito de exhibición clandestina y alternativa dentro de las fronteras de Israel. Para sortear el bloqueo comercial y el riesgo latente de confiscación del material fílmico por motivos de seguridad nacional, Lapid y sus colaboradores distribuyeron copias digitales encriptadas a través de redes independientes de resistencia cultural. Tras su aclamado paso oficial por el Festival de Cine de Jerusalén, la cinta terminó proyectándose de manera semiclandestina en salas independientes y en pases privados organizados en sótanos y espacios alternativos, consolidando la obra como un verdadero fenómeno de la disidencia cultural.

Lapid reconoce que el marco conceptual e iconográfico de la película se inspira en las artes plásticas del periodo de entreguerras del siglo pasado. En concreto, utiliza explícitamente como eje de su puesta en escena el lienzo Los pilares de la sociedad (Die Stützen der Gesellschaft, 1926), obra capital del pintor expresionista alemán George Grosz (1893-1959). La influencia se evidencia en el aspecto temático, ya que, así como Grosz retrató de manera grotesca a la élite de la República de Weimar como artífices ciegos que allanaron el terreno para el ascenso del fascismo, Lapid traza un paralelo directo con la intelectualidad adinerada de Tel Aviv, a la que acusa «de indiferencia burguesa y hedonismo mientras se desarrollan tragedias humanas a pocos kilómetros». En lo visual, la película asimila este estilo formal a través de lo que el cineasta define como un «expresionismo moderno»: el empleo de una cámara convulsa, angulaciones extremas y una caracterización hiperbólica y deformada de los personajes de la jerarquía estatal.

Este universo se expande dramáticamente a través de los personajes secundarios, concebidos como un coro de arquetipos sociales de la banalidad. Entre ellos destaca Yasmin, la esposa del protagonista, cuya danza y hedonismo corporal encarnan la huida estética de una burguesía liberal que prefiere el refugio artístico al compromiso moral. Frente a ella se sitúa el bloque despersonalizado de los burócratas gubernamentales, funcionarios que instrumentalizan la creación artística reduciéndola a un simple trámite administrativo.

El papel principal recayó en Ariel Bronz, un reconocido y polémico dramaturgo y creador de la vanguardia alternativa israelí. Elegido por Lapid debido a su histórico activismo contracorriente —el cual ya le había costado investigaciones policiales previas en 2016 por sus provocadoras protestas artísticas a favor de la libertad de expresión, cuando fue detenido por introducirse una bandera entre los glúteos en uno de sus espectáculos—, Bronz dota a su personaje de una visceralidad incómoda. 

El destino del actor y el de la propia película quedaron trágicamente entrelazados más allá de la pantalla. El 17 de septiembre de 2025, en la misma semana en la que la cinta competía en los Premios Ophir de la Academia de Cine israelí, la división de delitos cibernéticos de la policía irrumpió de madrugada en el domicilio de Bronz en Tel Aviv, procediendo a su detención formal bajo la grave acusación de incitación al terrorismo a raíz de un poema satírico disidente que el artista había publicado semanas atrás en sus redes sociales.

Para ser liberado, Bronz tuvo que borrar cualquier rastro de sus escritos en internet, de sus manuscritos y de sus dispositivos electrónicos, y afrontar una multa de 10.000 séquelos (cerca de 3.000 euros). Este arresto real provocó una inmediata reacción de condena internacional por parte de Nadav Lapid, en la que el cineasta denunció públicamente el acoso estatal y la asfixia democrática que sufren los creadores disidentes. La crítica internacional no tardó en destacar la profunda paradoja que envolvía el caso: mientras en la ficción cinematográfica el protagonista sufre un colapso moral por verse forzado a poner música a un poema propagandístico estatal que clama por la destrucción de Gaza, en la vida real el actor era encarcelado y censurado por escribir un poema satírico que cuestionaba el discurso violento de su propio gobierno, convirtiendo su caso en el reflejo directo de la película.

El mensaje político estalla en el tramo final con el uso de la pieza lírica La Hermandad (Hareut, 1949), un poema icónico del poeta, periodista y cineasta Haim Gouri (1923-2018), uno de los más influyentes de la historia moderna de Israel. Tradicionalmente considerado un himno solemne de duelo y fraternidad militar en conmemoración de la guerra de 1948, los versos son sometidos en el largometraje a una mutación propagandística perversa, reproduciendo un hecho infame real.

En los créditos finales, Lapid informa al espectador de la intención de su acción: «En noviembre de 2023, durante la invasión israelí de Gaza, una organización llamada The Civilian Front (El Frente Civil), lanzó una canción acompañada de un videoclip, titulado La canción de la generación de la victoria. Es una versión distorsionada de la canción La Hermandad, una de las canciones conmemorativas fundacionales del Estado de Israel. El Frente Civil usó una melodía parecida a la original, de Sasha Argov (1914-1995), y distorsionó por completo la letra y la intención del autor». Esto se hizo sin el consentimiento ni la autorización de la familia Gouri. 

La película incluye íntegramente el susodicho videoclip, a pesar de la firme oposición de la familia del poeta. El vídeo de la canción muestra a niños pequeños (cuyos rostros han sido desenfocados en la película) interpretando con naturalidad las estrofas reales del polémico texto actualizado. Al mostrar a la infancia entonando frases que anticipan la aniquilación absoluta de la población de Gaza, Lapid expone «la deshumanización institucional contemporánea, despojando al poema original de su carácter elegíaco para transformarlo en un síntoma explícito de adoctrinamiento belicista».

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Jordi Ojeda

El Dr. Jordi Ojeda es professor del Tecnocampus (Universitat Pompeu Fabra).

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