«Detengámonos un momento. Mirémonos a los ojos. Preguntémonos cada uno de nosotros qué es lo que realmente nos importa». Leticia Dolera decidió arrancar el pregón de la Mercè 2018 intentando dar respuesta a una pregunta, nada fácil, lanzada por Marina Garcés en el pregón del año anterior: de todo lo que vivimos, ¿qué es lo que realmente nos importa?
Su respuesta personal, aquel «seguir mirando a los ojos a la gente» tan tierno y contundente a la vez, nos llevaba a apreciar la humanidad de lo que tenemos delante, a valorarla y a identificarnos con realidades que no son nuestras pero con las que convivimos en la puerta del lado en una ciudad tan diversa como es Barcelona. En un ejercicio de coherencia y generosidad, cedió el protagonismo del pregón a un relato de vida tan único como común en los barrios de nuestra ciudad; tan invisible como imprescindible en la construcción de la Barcelona actual, ésta a la que le gusta sentir que tiene nombre de mujer.
Para sorpresa de muchos y muchas de las asistentes al pregón, Carmen Juares, vecina de Gracia, mujer que decidió irse de su país de origen, Honduras, después de presenciar el asesinato de su padre, alzó la voz en el centro del salón de Ciento de la ciudad. Con su historia, la inesperada pregonera no sólo compartía su biografía individual, sino también la de miles de mujeres de las que nadie habla. Ella alzó la voz para las trabajadoras del hogar internas que trabajan día y noche, seis y siete días a la semana, cargando a sus espaldas el cuidado de las personas, a menudo en condiciones de explotación laboral, hoy en día impensables para cualquier otro trabajador en la ciudad.
Fue un momento excepcional, en el sentido literal del término, rompió con lo establecido, con lo convencional. Narró una Mercè real y punzante desde los ojos de quien mira el piromusical desde la azotea de la casa donde trabaja y de la que casi nunca sale para disfrutar de una vida al margen del trabajo. Una Mercè deseada por quien no la puede disfrutar, sin conciertos ni espacio de disfrute con el vecindario, una Mercè monótona que idealiza desde las paredes que a la vez acogen y explotan a tantas mujeres internas que llegaron a Barcelona con la expectativa de una vida mejor, de una oportunidad para ellas y para sus familias.
Carmen Juares dibujó con palabras una ciudad que acoge a quien viene de fuera pero que a la vez lo aísla y no lo ve. Una caricatura de Barcelona a la que a menudo no queremos hacerle frente y que incomoda a algunos sólo por el simple hecho de mostrarse en público. Bienvenida la incomodidad que rompe silencios.
Con la valentía de sus palabras, de su puesta en escena firme y reivindicativa, dio voz a todas las mujeres que, ante tanta incomprensión, se organizan para hacer escuchar sus vindicaciones en las calles (salarios justos, contratación laboral, protección ante situaciones de abuso sexual y /o laboral, entrar en el régimen general de la seguridad social para dejar de ser trabajadoras de segunda).
La Barcelona abierta y rebelde, de la que muchos y muchas nos sentimos orgullosas, son ellas. Las que no tienen ni un minuto para regalar pero lo invierten en reivindicar sus derechos, de forma colectiva. Pero no basta con dedicarle estos reconocimientos. Más allá de reconfortarnos pensando que en nuestra ciudad emergen movimientos por la justicia social y de género, es necesario también que nos preguntamos si estamos respondiendo con la contundencia necesaria a las demandas urgentes que Carmen ponía sobre la mesa. La Barcelona abierta y rebelde convive con la «Barcelona que hace ver que no lo sabe», como dice Carmen Juares a su entrevista en el diario ARA, hace ver que no sabe que tantas y tantas mujeres trabajan en condiciones de explotación.
Esta Barcelona rebelde, que ha visto levantarse con fuerza en los últimos meses un movimiento feminista popular y mayoritario, la Barcelona que feminiza la política, la Barcelona del «No Callamos», no dejará atrás esas demandas y seguirá trabajando por un cambio radical de la forma en cómo nos organizamos social, política y económicamente. Un cambio donde ninguna mujer se quede atrás.

