La empresa Gallina Blanca quiere trasladar a los 40 trabajadores de Sant Joan Despí a Ballobar (OSCA), a 196,7 km de distancia y más de dos horas de coche. Deben pensar con lógica empresarial que se trata de una operación normal de reorganización de su actividad económica, basándose en las plusvalías y otras sinergias obtenidas del terreno de Sant Joan Despí. Y en esta operación creen que las instituciones deben ayudar y dar facilidades y los trabajadores aceptar un cambio trascendental en sus vidas y la de sus familias o las indemnizaciones.
En principio, nada sorprendente, entra en lo que es propio de las actitudes empresariales en un momento álgido de liberalismo económico rampante. Quizás deducen que se trata del nuevo «derecho natural» que rige la marcha de las cosas. Pero tengo que decir que a mí me ha sorprendido en los dirigentes empresariales de cultura democrática que conocí en los años 80 y 90 del siglo pasado; pensaba que entonces todos juntos habían aprendido algo.
Los Carulla, propietarios de la empresa, son una família que se ven a sí mismos como patricios defensores de la identidad nacional y de la comunidad como base de la solidaridad y como defensores del humanismo cristiano, no lo demuestran paso en el caso de Sant Joan Despí, Barcelona, al menos hasta ese momento. En lugar de eso parece que se preocupan más por la Espluga de Francolí, el Palau de la Música o por el Òmnium Cultural.
Han perdido, al parecer, la memoria más reciente y no son los únicos, pero parece que en su comportamiento está más presente en 1714 que los años 1975-1977. Y hablo en este sentido de los pactos sociales del nuevo tiempo abierto tras la transición, en los que los sindicatos olvidaron su complicidad con el franquismo, cuando practicaban un paternalismo coercitivo en el social y reprimían la libertad sindical en las fábricas, en tanto que desplegaban gestos de caridad como gestos sociales.
Hoy, sin embargo, vuelven a su pasado más autoritario del período franquista y muestran una actitud nada humanista y poco social, rompiendo hoy los pactos hechos en la última gran transformación de la Gallina Blanca como compañía en los años 90, en el momento de su 50 aniversario. Entonces hicimos transformar juntos la vieja fábrica de Sant Joan Despí. Y pasaron de unas instalaciones industriales basadas principalmente en el esfuerzo físico, con sencillas operaciones de bajo valor añadido y viejos métodos productivos, a una fábrica intensiva en tecnología y con avanzados sistemas y métodos de organización productiva.
La inversión de capital y el acuerdo social fueron la clave. El acuerdo social fue sencillo: ningún despido ni pérdida de derechos laborales, adaptación al cambio como actitud laboral, proceso de formación y acompañamiento de las personas afectadas por el cambio en sus tareas dentro de la reorganización del sistema productivo. Y en último término, acuerdos voluntarios de finalización de contratos laborales.
¿Por qué lo hacen?
Me pregunto por qué una empresa en su punto álgido de madurez tecnológica se plantea una reconversión abusiva en su nueva transformación. Una reconversión que supone desplazar la actividad productiva a 200 kilómetros y cambiar de domicilio las familias de los trabajadores y que además se quiere imponer como un hecho incontrovertible, según dicen los negociadores sindicales. Una respuesta simple sería el hecho de que lo permite la reforma laboral de 2012, impulsada por el PP con el apoyo de CiU.
Pero hay una razón más simple: han olvidado la comunidad donde opera la vieja fábrica, el municipio de Sant Joan Despí en el Baix Llobregat, que ha hecho del pacto y el compromiso social un vector de desarrollo económico. Han olvidado que esto ha sido una fórmula de éxito que es útil debe mantenerse.
Los Carulla y sus socios actuales tienen una deuda con Sant Joan Despí y el Baix Llobregat, que les obliga a plantearse un retorno al marco mental de una empresa democrática, dejando de lado cualquier actuación autoritaria y no dialogante. Deben tener presente que cualquier operación económica incluye el hecho social, el impacto en las personas y sus familias y que este es un coste que debe asumir en la operación de transformación económica.
En este caso, esto supone ofrecer un trabajo dentro de su grupo, sin desplazamiento de domicilio de las familias. ¿Han estudiado las capacidades de los trabajadores y trabajadoras afectadas y su reubicación en el nuevo diseño de los servicios centrales? ¿Han estudiado salidas voluntarias o prejubilaciones? ¿Han estudiado posibles medidas de acompañamiento reforzado a nuevos trabajos en su entorno inmediato?
Sant Joan Despí y el Baix Llobregat en su conjunto merecen un Plan Social de transformación de Gallina Blanca, en línea en el plano de los años 90. El territorio y su sociedad que tanto ha puesto de sí mismo para hacer grande esta empresa que merece un reconocimiento y una mentalidad que procure una transición social en orden.
El Ayuntamiento, los sindicatos y el conjunto de entidades del Barcelona les tenemos que decir que tendrán todas las pegas posibles a su operación económica, si sólo piensan en sus ganancias y olvidan el Plan Social que debe acompañarla , un Plan digno en sí mismo y de acuerdo con la dignidad de sus trabajadores y trabajadoras.
Las conquistas sociales son historia del movimiento obrero, de las empresas que contribuyeron y de la sociedad que se hizo más democrática y cohesionada. Esto es un hecho que nadie puede olvidar y que ahora exige negociación y diálogo y requiere empatía social a Carulla y sus socios a Gallina Blanca de Sant Joan Despí.

