Este artículo en principio tiene una música carente de racionalidad y estructura, quizá adecuándose a los territorios a surcar. Tampoco debe sorprenderos este inicio. Llevo algunas semanas con el torrent de Parellada, pero claro, estos cursos fluviales mutan nombre cuando cambian de zona, siempre por elementos antiguos, donde el nom fa la cosa.
Parellada correspondería a Sant Andreu, muriéndose cuando la frontera del pueblo arriba a los dominios del actual Bon Pastor, donde deviene Estadella. Como podéis deducir su nacimiento debe situarse más arriba, y eso nos conduce a cruzar la Meridiana para buscarlo, dirigiéndonos a Nou Barris.

Eso hice una vez hube diseccionado todo su tramo en Sant Andreu, o más bien de esta ubicación dentro de la Barcelona contemporánea. Antes Santa Eulàlia de Vilapicina le pertenecía, uniéndose con el meollo mediante el paseo de Fabra i Puig. A su derecha damos con una barriada anestesiada en su Historia por una operación tardofranquista y su sucesión democrática, entre la manía de aupar la periferia con polígonos, concededme la ironía, y el amor a centros comerciales, en este caso el monstruoso Heron City, no lugar del 2000, arrasando patrimonio edilicio de los orígenes poblacionales de este territorio, con toda probabilidad a finales del siglo XVIII, como muestran las masías de Can Verdaguer y Can Valent. Detrás de esta damos con el cementerio de Sant Andreu, otra demostración de pertenencia, ampliada a nivel popular y administrativo hasta los años ochenta, cuando la división en diez distritos de 1984 lo englobó de modo definitivo en Nou Barris.

Sant Andreu y Porta, topónimo relativo a una masía o a una puerta romana, se separan con claridad por el carrer de Piferrer, más madera dentro de la ausencia de lógica en el paseo de hoy, en esta ocasión porque desde la ronda del Guinardó intuimos una desnaturalización del entorno, aquí constatada porque este alargamiento de la ronda del Mig va un poco entre toboganes, como si los desniveles no estuvieran de acuerdo en su paso para enlazar tanta Barcelona con su salida por la Meridiana. Los laterales y las aperturas de otras calles se divierten al contener lo pretérito, en muchos casos vinculado con el agua, como casi siempre.
Este sector superior de Parellada corresponde a Maladeta en su punto uniforme más elevado y a Piqué desde Piferrer, aunque fue hegemónico en los vaivenes fluviales hasta el primer tercio del siglo veinte.
El nomenclátor de 1934 nos revela todos esos bautizos y cómo era hijo de Porta. Así se denominaba el primer trecho, Porta de Nil hasta Maladeta, este desde Pi i Molist, aledaño al manicomio, hasta Piferrer, donde Piqué seguía hasta Concepción Arenal, convirtiéndose en Parellada.

Piqué era todo hasta ese instante, o poco antes. Can Pique, siempre según este documento de la Gaceta Municipal, estaría cerca de las casas Baratas de Can Peguera, pues en 1934 existía un camino de Can Piqué, desde ese sitio hasta Pi i Molist. Quizá la vieja masía era el punto de partida de las homónimas aguas, pródigas en inundaciones hasta los ochenta, nada extraño si se consulta la prensa, donde abundan las noticias sobre diluvios incontrolables, más frecuentes por la flagrante omisión de un sistema de alcantarillado en condiciones, irresuelto hasta los años sesenta. Una década más tarde los vecinos del torrente de Piqué pagaban una contribución extra por el recién inaugurado alumbrado, perdón por el pareado, bueno, disculpas otra vez, ya está.
Por lo demás recomiendo encarar Maladeta desde una de sus calles provenientes de Pi i Molist para captar el aroma casi extinto del Porta de antaño, con esas casitas sin pretensiones, decimonónicas de pueblo, felices por aprovechar esos pequeños ríos y senderos agrícolas, los últimos de Filipinas de Barcelona, finitos hacia 1987, heroicos en su resistencia y rodeados en su agonía por bloques de pisos y otras fincas del Ochocientos, algunas aún en pie, víctimas del desprecio y la especulación.

El carrer de Maladeta es un patito feo más de la lista, entre el bello Porta a su izquierda y la gigantesca plaça de Sòller, un éxito del movimiento vecinal, a su derecha. Sus edificaciones lo guarecen de la nada. El asfalto tiene requiebros, guiños del torrente en su forma, y así avanzamos hasta Piferrer.
En mis memorias de paseo esta encrucijada tiene más componendas al haber estudiado con anterioridad Vilapicina y sus aledaños. En el adiós de Maladeta con Piferrer hay incomodidad por tantas cronologías cruzadas, con la última traicionando a la pionera, pan nuestro de cada día.
Antes de comprender el entramado deambulaba, y sí, me llamó mucho la atención una placa donde ponía torrent de Can Piquer. Lo guardé en el disco duro sin formularme muchas preguntas. El contacto con estos detalles es un estímulo programado en el inconsciente, una vez lo tienes explotará tarde o temprano.
Veía Piqué y una curva casi de sopetón exaltaba su identidad. La remiraba y posponía la hora de afrontarlo. Hace unos párrafos mentaba el progresivo acortamiento de su preponderancia, y sin embargo luce con arrogancia hasta impedir un insulso panorama urbano, insinuado en tanta verticalidad inconsecuente y derrotado por algunos desvíos a la norma. Lo avisé. No hay lógica porque su versión previa se ha dinamitado por barbaridades, confiriendo a una razón silvestre el consuelo del laberinto.

