Los resultados de las primarias de Junts per Catalunya del pasado domingo fueron abrumadores: un 75,8 optó por Laura Borràs, y sólo un 20,5% lo hizo por Damià Calvet. Un 3,72% de la militancia decidió votar en blanco.
Cabe recordar que este 75,8% obtenido por Borràs equivale a un total de 2.954 votos emitidos, mientras que Damià Calvet habría recogido 799. No hay duda, pues, que la victoria de Laura Borràs es la opción de consenso de la militancia del partido liderado por Carles Puigdemont. Pero, ¿es extensivo lo que piensa la militancia en el resto del espacio postconvergente?
Pues podría ser que no fuera así. De entrada, es complicado extrapolar los resultados de unas primarias a unas elecciones autonómicas. Más, aún, sacar conclusiones de acuerdo con una muestra tan reducida. Hoy en día Junts per Catalunya cuenta con 5128 militantes, mientras que en el año 2014 Convergència Democràtica tenía alrededor de 60.000. Además, hay que sumar otro factor: Laura Borràs representa la línea hegemónica dentro de Junts per Catalunya, aquella línea que marca Carles Puigdemont desde el exilio y que se caracteriza – entre otras cosas – por la negativa a pactar en ningún ámbito con fuerzas que no sean independentistas.
Hay una gran parte del electorado del espacio postconvergente que, si bien es fiel a un programa general en busca de la independencia y de un cierto conservadurismo social y económico, también valora la presencia de elementos de orden y de estabilidad, posiblemente contrarias a lo que ha representado la línea Puigdemont – Torra – Borràs hasta el momento. En este sentido, hay que preguntarnos: ¿cuántos votos dejará de ganar Borràs y cuántos habría podido ganar Calvet?
Borràs puede sufrir por mantener el mundo convergente asociado a la figura de Artur Mas, es decir, la línea del PDCAT. No son muchos, porque, ciertamente, Junts per Catalunya y Carles Puigdemont han conseguido «matar al padre» y erigirse en portadores de unos nuevos valores. Conste que cuando decimos la «línea PDECAT» no hacemos referencia directa a los militantes del partido – gente altamente politizada – sino a un segmento poblacional vinculado a la burguesía tradicional que, siendo independentista, no sólo piensa en términos independentistas, sino que valora lo que todo el mundo dice, pero nadie sabe definir llamado «buen gobierno».
¿Pero, no pasaría lo mismo a la inversa? Es decir, en el hipotético caso de que Calvet hubiera ganado las primarias, ¿no habría esto «deprimido» el entorno más convencido de la línea favorable de la épica independentista que sí representa Borràs?
No necesariamente. Mientras que los partidarios de Calvet (y, de nuevo, nos referimos más a un sector más amplio de lo que Calvet significa) se pueden ver desorientados en una candidatura que no tiene ni las reminiscencias del sabor «original» convergente, los sectores mayoritarios de Junts per Catalunya continuarían siendo fieles al máximo líder del partido, Carles Puigdemont, en caso de que Calvet fuera el candidato. El pragmatismo de una parte del mundo postconvergente puede hacer que, debido a la elección de Borràs, algunos de sus votantes decidan decantarse por ERC o por el PSC.
Si esto no fuera suficiente, Laura Borràs todavía tiene una investigación abierta por un presunto caso de corrupción vinculado a una supuesta fragmentación de contratos cuando estaba al frente del Institut de les Lletres Catalanes.
¿Podría ser, pues, que la clara ganadora de las primarias de Junts per Catalunya no resultase ser la mejor candidata posible? El próximo 14 de febrero saldremos de dudas.

