La irrupción de la covid-19 ha evidenciado de manera cruda que la idea de unas fronteras claras y definidas entre cuerpos es, en buena medida, ficcional. Ante el virus, la piel se revela como una frontera más imaginaria que real: la enfermedad hace patente el hecho de que el cuerpo no forma parte exclusivamente del dominio de lo visible, que es afectado por muchas cosas que escapan a nuestra mirada. A nivel biológico, no sólo estamos en contacto con microorganismos que nos parasitan, conviven de forma simbiótica con nosotros o nos atraviesan desde la más absoluta indiferencia; somos emisores y receptores de hormonas y agentes contaminadores con un comercio continuo con el entorno. Aunque esto siempre ha sido así, el virus SARS-CoV-2 nos lo ha presentado de una manera inescapable y violenta.
Esta franqueabilidad, ahora tan saliente, choca frontalmente con la concepción individualista de la responsabilidad que domina nuestros gobiernos y nuestros medios, y a través de la cual estos han querido afrontar la crisis. Las familias y los entornos de convivencia son pequeños ecosistemas de intercambio, no conjuntos de átomos sociales a los que les sobrevienen relaciones inesenciales: somos individuos, sí, pero ante todo somos productos de determinados marcos relacionales. Los planteamientos que vemos repetirse una y otra vez a los políticos y los expertos, sin embargo, no acaban de hacer justicia a esta realidad ontopolítica. Más que reconocerla, ocultan lo que, en mi opinión, sería la única manera provechosa de abordar la crisis sanitaria: partiendo de que se trata de una problemática colectiva en un sentido profundo.
¿Qué tipo de conceptualización del cuerpo expresan los anuncios que «ponen miedo» a las ciudadanas, responsabilizándose o, más bien, culpabilizándolos las de las posibles consecuencias de actividades hasta ahora normales? En realidad, se trata de una representación metafórica del cuerpo como territorio de propiedad privada, que plantea una cuestión de responsabilidad pública en términos individualistas y «liberales», ignorando cómo funcionan tanto los virus como los cuerpos humanos y sus entornos.
Debemos dejar de imaginar los cuerpos como propiedades delimitadas en el espacio y empezar a tratarlos como lo que son: centros de relación (social, emocional, biológica) y de experiencia. Los cuerpos que enferman no son abstracciones legales o políticas, sino organismos concretos y situados: son núcleos de experiencia y de acción, cada uno con su contexto y su entorno, que tienen necesidades ineludibles y capacidades limitadas. La permeabilidad a la que me he referido al nivel biológico es aún más clara a todos los niveles sociales. Un cuerpo es también una perspectiva sobre una sociedad, una narrativa que reaprovecha lenguajes disponibles y una fenomenología propia, pero compartida. Un cuerpo se puede preguntar qué es lo que le pasa, cómo afecta y es afectado. Los cuerpos son individuales en la medida en que son centros de vivencias en primera persona, y no porque señalen un límite entre organismo y el exterior; son un centro de agencia y de potencia derivado de un medio relacional.
Se ha tratado la pandemia como si fuera posible, en un sentido existencial y experiencial, aislar los cuerpos y hacer, simplemente, que se dejen de relacionar. Esto no es realista. El coronavirus, de hecho, puede funcionar como metáfora del hecho social: de la misma manera que este virus coexiste con nosotros sin que sea visible, la copresencia de otras personas tiene un efecto que atraviesa esta frontera de la individualidad. Abandonar el modelo individualista, que asume que la culpa es de los ciudadanos que no hacen caso, es una urgencia social y sanitaria.
Asumirnos como centros de experiencia y relación hace posible una nueva manera de afrontar la responsabilidad de la pandemia. Aceptar que la colectividad se sitúa debajo, encima y alrededor de lo individual es permitir a los ciudadanos entender lo que les pasa y plantearse cómo pueden efectivamente responder a las necesidades de una situación de emergencia sanitaria sin olvidar las propias.
Así, por ejemplo, respecto a la problemática de la vacuna de la Covid-19, donde ahora encontramos enfrentados, por un lado, quienes defienden que se debe hacer obligatoria y, por otro, los que se muestran escépticos con la vacunación, el error se encuentra, justamente, al plantear la cuestión en términos excesivamente individuales. La responsabilidad de la vacuna debe formularse realistamente como una cuestión colectiva, y esto no es coherente con la idea de una vacunación obligatoria, que forzaría a la práctica a la (difícil) persecución de un colectivo, sino a promover un acceso informado, significativo y con sentido a las vacunas. Lo que pueden hacer o no los cuerpos, y por tanto lo que tienen que hacer, depende de sus condiciones materiales de existencia concretas, y la salud pública debe promover vidas más vivibles, y por tanto más autónomas. Cuando un cuerpo pierde el control de su propia experiencia por causa de la acción ajena, nos encontramos ante un ejemplo de dominación, tanto si ésta se produce de forma activa, es decir, mediante la coerción, como si se produce de forma pasiva, a saber, manteniendo a través de la política, la economía y la ley unas condiciones materiales que no permiten intervenir para cambiar lo que se experimenta. La experiencia de ambas variantes de la dominación, la activa y la pasiva, son igualmente terribles, y se debe hacer lo posible para evitarlas a cualquier grupo.
Es por este motivo que, incluso en casos que atañen la salud pública, lo que hace falta es promover la autonomía de las personas acerca de sus cuerpos, entendida no como ejercicio aislado de dominio sobre un cuerpo-territorio, sino como ejercicio informado de la propia agencia en un contexto de interdependencia colectiva. Hay que hacer cumplir unas normas, pero a la vez hay que evitar caer en una concepción de estas normas que, haciéndonos las totalmente externas e impuestas, nos impediría ser verdaderamente responsables. Esto significa hacer un fomento activo de la responsabilidad, y hacer de la obligatoriedad la excepción necesaria.
No todo el mundo puede quedarse encerrado en casa para que no todo el mundo se encuentra en las mismas condiciones. Ciertas prohibiciones ignoran las experiencias de personas con capacidades de hacer diferentes. En una situación de pandemia, el gobierno debería preguntarse: ¿Qué puedo pedir a quién, y cómo puedo ayudar a que la mayoría de la población haga las cosas más convenientes para todas?
Así, en la medida en que las políticas y las normativas deben ser capaces de afrontar este aspecto material y singular de los cuerpos que intentan regular, hay que repensar la forma como tratamos la información en este momento de excepcionalidad. La información no se puede entender de forma abstracta: un mensaje uniforme no tiene en cuenta las condiciones materiales de cada cuerpo y de cada experiencia. Se debe informar de manera que lo que se dice pueda afectar como es debido es en cada caso; porque todo el mundo, tenga las condiciones de existencia que tenga, sea capaz de actuar de acuerdo con la información que recibe. Obligar es, por tanto, lo contrario de lo que se necesita para salir de la pandemia: debemos comprender, acompañar e informar en un sentido pleno, que no implica meramente hacer llegar datos o conocimientos, sino hacerlo de tal manera que éstos tengan sentido para quien los recibe y le permitan plantear respuestas desde sus posibilidades, compatibilizando las necesidades y capacidades propias con la responsabilidad compartida.

