Nació en 1944 en el barrio barcelonés del Camp del Arpa del Clot, cuando los nacimientos todavía tenían lugar en casa con la comadrona. De padre y madre de izquierdas y antiguos miembros de la CNT, Ferran López recuerda un ambiente familiar en el que se mantuvieron los valores de la libertad y la República, pero de manera restringida por miedo a las represalias. «Los que habían perdido la guerra estaban muy limitados, si no muy controlados. Cuando se juntaban en casa algunos amigos y yo estaba por allí, avisaban con un ‘cuenta, que hay ropa tendida’, para alertar de que podía oírlos. El temor era que escuchara cosas, las comentara a algún compañero del colegio y éste le dijera a su padre, que podía ser de derechas, y hubiera repercusiones».
En los años 60, Ferran López formó parte de las Comisiones Obreras Juveniles (COJ) y de las Comisiones Obreras de Barrio y, posteriormente, de las Comisiones Obreras del Metal. Después entró en Acción Comunista, que era una organización nacida sobre todo de miembros del Frente Obrero de Cataluña (FOC) desde su federación exterior.
Con 15 años tuvo su primer trabajo en una compañía de seguros, después estuvo en una empresa de instalación de cristales en edificios y, con 25 años, ya casado, entró a la Harry Walker, que se dedicaba a la importación, fabricación y comercialización de maquinaria y accesorios para la industria de la automoción y trabajaba para varias marcas. La fábrica ocupaba unos 3.000 metros cuadrados en el paseo de Valldaura, cerca de los terrenos de Renfe Meridiana.

Sueldos bajos y toxicidad alta
Tras superar los tres meses de prueba, pasó a ser trabajador fijo. Inicialmente, entró como verificador de carburadores, de manera que una vez terminada toda la cadena de montaje debía revisar si el producto cumplía con las condiciones adecuadas. Su activismo en la fábrica y la reclamación de mejoras laborales hicieron que lo cambiaran de lugar. «Me represaliaron y me sacaron de verificador. Me pusieron en una máquina de taladrar piezas y, después, en el departamento más de castigo, que era sacar la rebaba de los carburadores, es decir, que tenías que pulir la pieza para que se pudiera ir montando».
La precariedad laboral en la Harry Walker tenía varias vertientes, desde sueldos bajos y la necesidad de hacer horas extra para llegar a fin de mes, hasta falta de medidas de higiene y salubridad. A esto se sumaba un ritmo de trabajo cronometrado que resultaba frenético: cada vez pedían más piezas en menos tiempo, y de ello dependía el sistema de primas, que eran complementarias a los salarios. Las quejas, las asambleas y los paros de producción iban seguidas de amonestaciones por parte de la empresa, por lo que se configuró un sistema opresor de sanciones en que el obrero veía disminuir sus ingresos mensuales.
«Me prohibieron que hablara con mis compañeros»
«Había un clima de malestar por las condiciones de explotación que tenía la fábrica. Los encargados eran muy caciques y el jefe de personal era un dictador. Entonces, claro, había gente que de vez en cuando se rebotaba y yo era una de las personas que hacía una labor de concienciación, por lo que me prohibieron que hablara con mis compañeros». El jefe de personal se llamaba Francisco Mateo; el director, Joan Ramon Duran, era conocido como ‘El negrero’, y la persona encargada de imponer las sanciones era Vicente Barrachina.
«Había una persona que cronometraba el tiempo de producción, un tiempo que era imposible de alcanzar, además de que corrías peligro de accidente y acababas reventado. La política de sanciones y represión era muy superior a la habitual. Había sanciones de todo tipo: de suspensión de empleo y sueldo, de amonestaciones… y eso conllevaba reducción salarial. Podían poner 80 amonestaciones de golpe, o cinco o seis, según el conflicto que había. Como contrataban mucha gente eventual, si les interesaba la persona se la quedaban y si no iba directamente a la calle sin ningún problema».
En septiembre de 1970, a raíz de un paro de maquinaria de 20 minutos contra las condiciones de toxicidad, un trabajador fue suspendido de empleo y sueldo durante dos meses y 40 más fueron amonestados, lo que provocó una nueva parada. En octubre, la automovilística sancionó con 20 días tres empleados por no aceptar un cambio en el sistema de primas y eso generó más protestas y una espiral de nuevas sanciones. En noviembre, los sancionados sumaban 19 meses de suspensión.
«El clima era de acción, reacción, represión, protestas, sanciones, paradas y solidaridad económica con los sancionados. Y esto era una constante hasta que nos impusimos en el mes de diciembre. La tensión estaba llegando a un punto bastante fuerte, y se empezaron a hacer asambleas en el patio. Se puso un bidón grande y uno pequeño para poder subir al otro, y desde allí se hacían los mítines. Recuerdo que la primera vez que subí para leer un escrito me temblaban las piernas».
Los tres días antes de la gran huelga se produjeron una serie de asambleas y paros, siendo especialmente destacable el papel de las mujeres, una minoría de unas 50 trabajadoras, dentro de un total de más de 470 personas, que permaneció unida y solidaria hasta el final. Los trabajadores escogieron una comisión para negociar sus reivindicaciones con la dirección, pero esta se negó a escuchar nada que no fueran los enlaces y jurados de empresa, que eran los miembros de la Central Nacional Sindical (CNS) o sindicato vertical.

Reivindicaciones laborales
Los trabajadores reclamaban la supresión de las sanciones y que los contratos eventuales pasaran a fijos. La readmisión de los trabajadores despedidos, bajo el lema de «O todos o ninguno», era otra de las reivindicaciones, no sólo en el contexto de la Harry Walker, sino en el marco de las movilizaciones obreras que se producían en Barcelona. Los bajos salarios hacían necesario pedir un aumento de sueldo de 3.000 pesetas mensuales (18 euros). Para tener una idea de lo que significaba esta cantidad, el metro valía 3 pesetas, al igual que llamar desde una cabina, mientras que el diario costaba 4 pesetas; ir al cine, 18 pesetas, y cortarse el pelo, 30 pesetas.
La Harry Walker contestó con nuevos despidos en la entrada de la fábrica y con presencia policial, y así se llegó al 17 de diciembre. «Cuando llegamos a la fábrica, la puerta grande estaba cerrada. Sólo estaba abierta la pequeña. Había mucha policía por fuera y por dentro y, a medida que la gente iba entrando, si estabas en la lista de los despidos, el jefe de personal decía. ‘Usted no entra. Firme, y a la calle». Ferran López estaba en la lista, pero entró cogido de una compañera de trabajo y, como hacía mucho frío y estaba muy tapado, consiguió camuflarse y llegar a la nave. También uno de los líderes más destacados, Manuel Murcia, pudo colarse saltando una valla, con el objetivo de continuar la movilización desde dentro.

Manifiesto de la Asamblea de Trabajadores de la Harry Walker del 30 de enero de 1971
Ferran López dirigió decenas de compañeros hacia la nave de soldadura, que era el lugar donde debían concentrarse y, una vez allí, la policía lo llamó por su nombre. Los compañeros se pusieron delante para que no se lo llevaran, pero él accedió a acompañar a los agentes y el jefe de personal le echó por conducta indisciplinada: «¡Tomen nota de este! ¡Ha entrado aquí por la violencia!», dijo. Fernando recuerda las bajas temperaturas de aquella mañana, los detalles de las conversaciones y el pensamiento constante de si le pondrían la mano encima, lo que finalmente no ocurrió.
Cuando salió a la calle todavía estaba oscuro y a medida que iba caminando por el paseo de Valldaura vio otros compañeros que también habían despedido, mientras que cada vez más policías a caballo se dirigían hacia la Harry Walker. La fábrica estaba ocupada por los trabajadores y los agentes dieron la orden de desalojar por las buenas o por las malas, por lo que los obreros salieron pacíficamente y se manifestaron hasta llegar a la plaza Llucmajor (hoy plaza de la República).
Comité de huelga
«A partir de ahí, comenzó el funcionamiento clandestino. Se creó un comité de huelga, que se conectaba con pequeños grupos, por ejemplo, de unas diez personas. Cada una de estas, a su vez, tenía contacto con diez trabajadores y se iba creando una red, de modo que cuando el comité decía tal día a tal hora asamblea en tal lugar, lo decía en estos diez y comenzaba a correr la voz. Entonces la gente se iba presentando en grupos de cinco o seis o siete en la iglesia, que era donde normalmente nos reuníamos. Durante una hora iba llegando gente, hasta que solíamos ser unos 300 y se hacía la asamblea».
Obreros de otras fábricas cercanas, parroquias como las de San Sebastián de Verdum y la de San Mateo de la Guineueta e incluso trabajadores franceses e italianos colaboraron económicamente para ayudar a los huelguistas, que recibían entre 1.000 o 2.000 pesetas (6 o 12 euros) según si estaban solteros o si tenían familia. También Ferran López viajó hasta París el mes de enero para recoger 10.000 francos (9.000 euros) y, así, semana a semana, fue incrementándose la caja de solidaridad.
Al principio el apoyo a la huelga era unánime, pero a medida que pasaban las semanas algunos obreros se reincorporaron a su puesto de trabajo. Esto originó la aparición de piquetes desde las seis de la mañana que recriminaban a gritos la actitud de los esquiroles. «Recibí amenazas durante mucho tiempo por estos hechos, se me acusó de organizarlo, pero no era verdad. La Policía registró mi casa, y me quisieron amenazar por teléfono, pero llamaron a casa de los padres y se puso mi padre, entonces se dieron cuenta que no era yo y le dijeron que contra él no tenían nada». A partir del primer mes de huelga se decidió que era conveniente no dormir en casa y hacerlo en diferentes pisos, para evitar ser detenidos y que se desmantelara la estructura organizativa. Muchos trabajadores, como Ferran, lo hicieron así, pero hubo tres detenidos:
45 días después del inicio de la huelga, el manifiesto de la asamblea de los trabajadores confirmaba que «la empresa ha utilizado todo tipo de coacciones y amenazas (cartas, visitas, personales, sanciones, etc.) consiguiendo que los encargados, mandos intermedios, técnicos, algunos administrativos y unos cuantos obreros entraran a trabajar». En este sentido, Ferran López reconoce que «hubo gente que empezó a trabajar, incluso gente politizada, y se entró en contacto con ellos. Se les dijo que estaban haciendo de esquiroles, se les dieron octavillas para que las distribuyeran por dentro, lo hicieron, y claro, al final los despidieron también».
La Navidad del 70 y los inicios del 71 fueron un periodo muy complicado: «Era difícil, pero tenía que aguantar como fuera. A pesar de la penuria de estar de huelga y no cobrar, la solidaridad era evidente. Cuando haces piña haces cosas que individualmente, sea por miedo, por falta de conciencia o por sentirte solo, nunca hubieras pensado que fuera posible. Te puedes reunir en casa de un trabajador, o no tener inconveniente en que el comité de huelga vaya a tu casa con el peligro que conlleva que nos pillen, o ir a casa de curas. Se da una situación tan especial que no la puedes olvidar nunca».

Dos juicios en Magistratura de Trabajo
En paralelo a la huelga, hubo dos juicios en la Magistratura de Trabajo por los despidos: uno para 13 obreros y otro para 253. Todos se declararon improcedentes y, en el caso de los 13 primeros, permitía que la empresa readmitiera los trabajadores o los indemnizara, y esto fue una victoria agridulce para la plantilla, ya que ocho de estos compañeros no fueron readmitidos, entre ellos, Ferran López.
Más allá de no reincorporarse a la Harry Walker, asegura que aquella huelga de más de dos meses, que fue la más larga en Catalunya desde la Guerra Civil, valió la pena porque «se hizo un trabajo de concienciación en plena dictadura franquista, en un momento en el que todo estaba prohibido y no tenías ningún tipo de libertad. Las luchas comenzaban por un problema laboral y terminaban convirtiendo en un problema político, con detenciones, registros, magistratura, etc. El componente sindical era importantísimo porque la gente iba tomando conciencia de que sí se podía luchar y que sí se podía ganar». Una vez conseguidas las peticiones de los trabajadores, puestos en libertad los detenidos y terminada la huelga, el dinero de la caja de resistencia fueron a parar a los compañeros de La Maquinista Terrestre y Marítima,

Hoja informativa de los trabajadores de la Harry Walker del 15 de febrero de 1979
¿Qué fue de la Harry Walker?
A finales de los años 70 la empresa se trasladó a Polinyà (Barcelona) y pasó a llamarse Fagensa. El recinto que dejó el paseo de Valldaura es ahora un espacio ganado para el barrio donde está el CEIP Santiago Rusiñol, el CAP Rio de Janeiro, el polideportivo Valldaura y la plaza de los Trabajadores y las Trabajadoras de la Harry Walker, en homenaje a protagonistas de esta huelga histórica.
Ferran López fue a trabajar a la empresa Estampaciones Metálicas y Transformados Industriales (Emitsa) en Sant Andreu de la Barca, donde estuvo pocos meses, y se fue formando en el sector sanitario, primero como cuidador psiquiátrico y luego como enfermero en el Hospital de Sant Pau.
Ahora está jubilado y continúa fiel a su activismo: forma parte de la Marea Pensionista y es miembro activo de la Fundación Andreu Nin, que realiza diferentes actividades para rememorar el papel del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) desde su creación en 1935.

