
Por pocos conocimientos que tengas en historia del arte o en cultura artística seguro que has oído hablar de algunos artistas como genios o como se ha utilizado de manera a menudo la palabra genialidad para referirse a su obra. Ahora bien, la genialidad ha sido un patrimonio masculino que se ha convertido en acusaciones de desequilibrio, histeria o locura cuando era una mujer la que reproducía el mismo comportamiento.
Miquelangelo Buonarroti? Un genio. Goya? Un genio. Picasso? Un genio. Dalí? Un genio.
No es de extrañar que esta genialidad artística se haya vinculado históricamente con estos personajes con personalidades complicadas, por no decir en algunos casos sociópatas, maltratadores, personalidades violentas, sexualidades disidentes o gente con graves problemas para establecer relaciones social o emocionalmente estables… Pero, al mismo tiempo, geniales en sus capacidades creativas y artísticas.
Este interés fue el que llevó a Rudolf y Margot Wittkower a escribir el libro, hoy un clásico, Nacidos bajo el signo de Saturno (1963) donde estudiaron cómo y por qué se creó esta imagen ya arquetípica del artista que vive entre tormentos, de personalidad diferente y distinta, egocéntrica, caprichosa y rebelde, obsesionado por su trabajo y de difícil convivencia.
Tampoco podemos considerar que estas teorías de la genialidad queden muy alejadas de la actualidad donde todavía existe el debate sobre si hay o no que separar obra y autor. Si se puede admirar una obra de arte y juzgarla por su lujo sin tener presente la conducta de su autor en temas, por ejemplo de abuso o agresión sexual, como los directores de cine Roman Polański o a Woody Allen. Parece que, socialmente, a pesar de que el debate aún está vivo, se acepta el valor artístico de estas obras y se sigue hablando de la existencia de este genio creador. E incluso, podemos llegar a concluir que es indiferente cómo se comporten o como se relacionen como personas con el resto de humanos si como artistas son capaces de hacer brillar su genialidad.
Un fenómeno curioso es que esta tendencia desaparece por completo cuando se trata de obra creada por mujeres. Podríamos citar muchas artistas mujeres que a lo largo de la historia su temperamento de genio, exacerbado, exagerado o supuestamente desequilibrado no las ha ayudado en su carrera al contrario.
Podemos citar por ejemplo la obra de Zelda Fitzgerald (1900-1948) escritora y artista vanguardista y esposa del también escritor Scott Fitzgerald con quien tuvo una relación complicada. Zelda fue entrando y saliendo de varios centros psiquiátricos y fue diagnosticada de esquizofrenia. Y es precisamente esta enfermedad la que se cita cuando se abre el debate de las acusaciones de plagio de ella hacia su marido. Parece que, quizás Zelda Fitzgerald era más que una musa inspiradora, pero en este caso, ella y su enfermedad mental han centrado todo el discurso de su historia y no ha sido nunca entendido como efecto colateral de su genialidad (Piñeiro, 2020).

En el mismo caso concreto nos encontramos con la escultora francesa Camille Claudel (1864-1943) que pasó a la historia como amante y musa de August Rodin y no como una de sus más importantes colaboradoras o como una artista de capacidades técnicas e intelectuales ingentes. La colaboración en el taller era tan estrecha que hoy en día aún se presentan problemáticas de atribución de obras, ya que se duda cual de los dos era el autor. Pero la historia se repite cuando ambos rompen la relación y ella comienza a sufrir crisis nerviosas que llevan a su familia a internarla durante sus últimos treinta años de vida en un hospital psiquiátrico. Otra gran artista mujer a la que no perdonaron que se comportara como un genio gran creador.

Más dura fue todavía la vida con la artista cubana contemporánea Ana Mendieta (1948 a 1985). Murió en extrañas circunstancias la madrugada del 8 de septiembre de 1985 de una caída del balcón desde treinta y tres pisos de altura. Rápidamente fue detenido y acusado su marido, el también artista Carl André, él defendió que ella saltó por la ventana, pero el portero del edificio aseguró que había oído como ella llamaba «¡No, no, no! » justo antes de caer.

Cuando llegó la policía encontró toda la casa removida y Carl André lleno de arañazos y golpes (López, 2020).
André fue juzgado y declarado no culpable de acuerdo con el principio de «duda razonable». Pero lo peor de todo fue como él y su defensa presentaron como prueba exculpatoria la obra de Mendieta. Una obra intensa, pasional y vivida, una obra que, según el abogado de André mostraba que ella era una persona histriónica y desequilibrada. Esta obra mostraba, según el abogado, su inestabilidad y por tanto, sus tendencias suicidas. En el caso de Ana Mendieta no se podía separar la obra de la autora. En el caso de Ana Mendieta se negó su capacidad emancipadora, si su obra era pasional es porque ella era pasional.
Y así es como la historia del arte y de la cultura ha construido un relato que niega la emancipación creadora de muchas mujeres artistas, su capacidad creativa y sobre todo les ha negado la genialidad. Ellos genios, ellas locas. Hagámosles un pequeño homenaje desde aquí.
Referencias
- López, I. (13 de febrero de 2020). LA CONTROVERTIDA MUERTE DE ANA MENDIETA, UN DEBATE QUE SE Reab EN MADRID. Obtenido de Vanity Fair: https://www.revistavanityfair.es/cultura/articulos/ana-mendieta-artista-vida-muerte-exposicion-madrid/43361
- Piñeiro, R. (28 de marzo de 2020). ZELDA Y SCOTT FITZGERALD: El trágico MATRIMONIO que inaugura LOS FELICES AÑOS 20. Obtenido de Vanity Fair: https://www.revistavanityfair.es/sociedad/articulos/boda-scott-fitzgerald-y-zelda-fitzgerald/44199

