María y Carlos visten de gris para mimetizarse con la ciudad. Son dos jóvenes miembros del movimiento okupa de Barcelona y han sido desalojados tres veces en el último lustro. «Somos los más castigados en poco tiempo», afirman tras pedir que no se publique su nombre real. Por este motivo han optado por un cambio de estrategia. «Si okupas una casa los vecinos no lo entienden, por si abres un huerto te acercas a la gente de forma diferente.»
En el corazón de la Villa de Gracia se libra una batalla silenciosa por el espacio público. El antiguo edificio okupado Ca La Trava, derribado en 2019, hoy en día es un huerto vecinal. En los bancales de este solar florecen lechugas, cebollas y tomillo. Marcadas en la pared todavía se perciben las estancias del antiguo edificio que fue uno de los símbolos del movimiento okupa en Barcelona.

Fuentes de la concejalía de Drets de Ciutadania i Diversitat de l’Ajuntament de Barcelona afirman que «se priorizan las iniciativas sociales con regreso comunitario por encima de los intereses especulativos». El colectivo Squatting Europe calcula que en la capital catalana hay actualmente activos 36 centros sociales okupados (CSO), seis menos que en el año 2010 a pesar de los casi treinta desalojos en los últimos diez años.
Aritz Tutor Antón, Doctor en Geografía por la Universidad Autónoma de Barcelona y experto en el movimiento okupa, afirma que «después de las movilizaciones del 15-M [2011] se otorgó más valor a la periferia y se abrieron más CSO en los barrios». Ante la pandemia «estos centros han reorientado su actividad para dar un servicio funcional y a la vez dejar de ser vistos como un fenómeno de usurpación de la propiedad.»
El investigador Aritz Tutor resalta que «los CSO han reorientado su actividad para ser funcionales en su entorno»
El CSO La Obrera de Sabadell (Barcelona), está situado en el número 142 de la avenida de Barberà, en el lado sur de la Gran Vía. Hace esquina con la calle San Sebastián y el estilo de su fachada le da un aire de residencia veraniega de urbanización costera pasada de moda.

El inmueble es propiedad de la entidad financiera Cajamar y fue okupado el 1 de mayo de 2015 después de pasar años en desuso. Consta de 300 metros cuadrados y está valorado en más de 2,5 millones de euros. El colectivo de La Obrera espera una sentencia judicial que podría terminar en desalojo y que supondría el fin de su trabajo con los vecinos.
Operación Caldo
Cada viernes a partir de las siete y media de la tarde llegan en cuentagotas veinte personas que entran con la mirada fija en sus zapatos. Se sientan silenciosamente ante las mesas individuales dispuestas a lo largo de un comedor diáfano. Los voluntarios de la asociación Ningú Sense Sostre, formada por particulares y entidades religiosas de Sabadell, ponen en marcha la Operación Caldo y reparten 80 tuppers calientes de sopa y arroz, además de algunos bocadillos de queso. Pau, el hijo de uno de los voluntarios, acompaña la velada tocando el piano.
Rafa, de 48 años, salió de la cárcel el año pasado y vive en la calle desde entonces. Le pide a Jorge, uno de los voluntarios, si puede cargar su móvil, «la noche pasada tres chicos me pegaron y se rompió la pantalla». No consiguieron robarle, aunque dentro de tres días, dice, le cortarán la línea. «Lo peor de todo es que no puedo descansar bien», lamenta Rafa. «Me he pasado veintidós dos años cerrado y ahora llega este virus, qué condena me ha caído encima», ironiza mientras ajusta la mascarilla.

«Antes de repartir la comida en La Obrera lo hacíamos a la intemperie», comenta Rosalía Morera, presidenta de Ningú Sense Sostre. La asociación también dispone de una casa de acogida y algunos pisos tutelados. «Antes de la pandemia recibíamos una petición por semana; ahora recibimos tres», argumenta con la mirada fija en los comensales.
La Mesa de Sinhogarismo calcula que actualmente hay 139 personas en Sabadell que viven en la calle o en infraviviendas. Según Eloi Cortés, concejal de Acción Social y Vivienda del Ajuntament de Sabadell, a partir del mes de diciembre se ha habilitado un espacio nocturno de 30 plazas en un albergue en las afueras de la ciudad. Sin embargo, cada noche quedan diez camas vacías.
La Operación Caldo sigue una vez cerrado el centro. Arturo, miembro de La Obrera y un chico tan altruista como su envergadura muscular, recorre con su coche varias zonas de la ciudad para ofrecer comida y un rato con quien hablar a personas que duermen en la calle -naves industriales, plazoletas, dentro de camiones, incluso en el antiguo espacio de la basura del Burger King-. El reloj digital marca las diez y media de la noche. «A esta hora en invierno aun no suelen estar durmiendo; con el frío les cuesta conciliar el sueño», comenta Arturo.
Rukeli, un ring donde socializar
Junto al comedor principal, donde se sirve la Operación Caldo, los boxeadores expulsan vaho en golpear con fuerza los contrincantes sobre el tatami de goma. Sherezade El Karkri Pérez frunce el ceño ante el saco de boxeo mientras la trenza de cabello recogida en un moño le baila sobre la cabeza. Tiene 17 años y es campeona de Catalunya en Peso Mosca. «Hacía años que buscaba un lugar donde entrenar hasta que alguien me habló de La Obrera y del Rukeli, su gimnasio», comenta la joven boxeadora.

Esta zona del edificio era antiguamente un concesionario de automóviles; hoy es un gimnasio autogestionado. En el ring mujeres y hombres, la mayoría jóvenes, vienen a entrenar por las tardes. «Esto es la mejor medicina que hay!», Afirma Sergio, alumno habitual. El grupo burbuja es de veinte personas. Pol, profesor de boxeo un día a la semana, añade que «todos somos voluntarios». Cada alumno, si puede, contribuye con 20 euros trimestrales para cubrir los gastos del material.
Una escuela de idiomas en un antiguo burdel
Veinte escalones separan el primer piso del sueño, donde se ubica el proyecto-escuela llamado La Madrasseta. Años atrás esta planta del edificio era un prostíbulo del que apenas queda algún resto de decoración. Hoy, las habitaciones se han llenado de pizarras y libros. Esta comunidad educativa sin ánimo de lucro ha frenado su actividad desde el primer confinamiento de la pandemia. Antes del cierre, un equipo de 15 profesores voluntarios impartía cursos a 117 hombres y mujeres.
Una de ellas es la Rachida. Tiene 52 años y es oriunda de Tánger, pero lleva media vida en el barrio de Ca n’Oriach de Sabadell. Solía asistir a clases de lengua castellana los martes de diez a once y media de la mañana. Sus ojos negros, delimitados por la mascarilla y el hiyab azul, se mantienen fijos en el papel cuando afirma que hace tiempo que no practica el idioma: «últimamente es como si lo olvidara todo, como si la lengua no me funcionara al hablar».

Comenta que tiene muchas ganas de volver cuando la situación lo permita, a pesar de la dificultad para compaginarlo con el cuidado de su hijo menor, que tiene una malformación en los huesos que lo obliga a quedarse todo el día en casa. «Me daba miedo dejarlo solo, aunque durante las clases procuraba no pensar en ello», recuerda.
En las aulas vacías del segundo piso resuena el sonido de los guantes de piel sintética de los boxeadores. Al finalizar el entrenamiento, Sergio se abrocha la cremallera de la sudadera y se frota las manos con gel hidroalcohólico. Aún con las gotas de sudor pegadas al rostro asegura que «el día que nos desalojen todo el barrio se movilizará».
(La entidad financiera Cajamar y la concejalía de Acción Social y Vivienda del Ajuntament de Sabadell no han querido hacer declaraciones en relación con el proceso judicial abierto que puede conllevar el desalojo de La Obrera).

