Dicen que, cuanto más conoce uno sobre un tema, más se da cuenta de lo mucho que le queda por comprender. Intentar entender Afganistán es un ejemplo muy claro de eso. La sucesión de imágenes y estereotipos que han desfilado en las últimas semanas por la mayoría de medios de comunicación apenas ha ido acompañada de explicaciones que fueran más allá de que los talibanes son muy malos, de que Occidente ha fracasado (aunque no se aclara bien en qué) y que las mujeres son las grandes perdedoras de todo este lío.
Uno de los mayores problemas de la mayoría de análisis y tertulias de las últimas semanas -además de que la enorme mayoría de los analistas y tertulianos siquiera han puesto un pie en el famoso aeropuerto de Kabul- es que miraban al ´problema afgano´ desde una perspectiva temporal muy limitada, como si el árbol que tenemos delante fuera una especie de champiñón que apareció justo en el momento en que lo vimos por primera vez. Algunos se referían a cosas como la invasión soviética de 1979 a una indefinida guerra civil en los 90 de la que tampoco hay muchos detalles. Bueno, y a cosas como que antes de los soviéticos Afganistán era un país en paz, que acogía a los turistas y en la que se podían ver mujeres vestidas con ropas occidentales.
No hay manera de explicar lo que pasa ahora en Afganistán en un solo artículo o en unos pocos minutos, pero sí se pueden dar algunas piezas del rompecabezas para al menos mostrar que es mucho más grande y complejo de lo que algunos hacen ver.
Hace casi un siglo exacto, un rey afgano intentó introducir una rompedora reforma legal que pretendía ampliar los derechos de las mujeres y reducir la capacidad de los líderes religiosos de decidir en cuestiones como la posibilidad tener varias esposas o el matrimonio infantil. El rey Amanulá, que llegó al trono con un golpe de estado y ejecutó a su tío y anterior rey, también quiso subir los impuestos y reforzar el gobierno central frente al sistema de tribus que forma la base de la política afgana. Muy poco tardaron las tribus pastunes del sur y el este en montarle una rebelión. Las potencias del momento, el Reino Unido y Rusia jugaban a dominar e influir, e intentaron aprovecharse apoyando al rey y a los rebeldes. Hasta hubo ataques aéreos del ejército del rey gracias al apoyo de las potencias extranjeras. El rey siguió intentando acercarse a Occidente, tanto que durante un viaje de varios meses por Europa le montaron otra rebelión y, como diría aquel, lo corrieron a gorrazos. El golpe acabó con el supuestamente poderoso ejército afgano en desbandada a pesar del apoyo extranjero. Me gusta decir que la historia no se repite, pero sí rima.
Más allá de su mausoleo (murió en el exilio europeo, pero repatriaron sus restos) y de los coches de lujo que se trajo de Europa y que hoy cogen polvo en un cobertizo del museo de Kabul, poco quedó del ambicioso reformador.
Cuatro años después, un príncipe de solo 19 años, Zahir, acabó de rebote en el trono y viendo lo que había pasado, decidió que, aunque se podían promover algunas reformas, había que ser mucho más cuidadoso y no tocar ciertas cosas. Le funcionó. Reinó durante 40 años, hasta 1973. A pesar de ser mucho más cauto que su antecesor, también fue derrocado con un golpe de Estado -que dio su propio primo-y acabó, igual que Amanulá, en Italia. El golpe abrió la caja de los truenos que poco después acabaría con la guerra de más de 40 años de la que Afganistán no ha podido salir. Los últimos 20 años son solo un episodio de esa historia, no la historia.
Zahir vio pasar la guerra mundial y cómo llegaban las superpotencias a cortejarlo para llevarlo a su equipo. Jugó a sonreírles a todos un poco, pero a ninguno demasiado para mantener el interés de ambos. En los años cincuenta, Afganistán tenía a la vez inversiones tanto de Estados Unidos como de la URSS, algo casi inédito en la historia. Aunque impulsó una ligera modernización, no fue un revolucionario en cuestiones clave. Por eso, mientras en los años sesenta en algunas zonas urbanas se podían ver algunas mujeres con pantalones y sin velo (muchas de esas fotos que han circulado estos días), buena parte de la población no vio cambios radicales en su forma de vida, y la mayoría de mujeres siguieron –y han seguido- vistiendo de acuerdo a la visión social conservadora que domina en la mayoría del país.
Zahir también vivió el final de la India británica y la llegada de un nuevo vecino, Pakistán, con el que Afganistán inició de inmediato una relación tensa. Kabul no reconocía la frontera entre ambos países y a día de hoy aún no lo hace. Creció la desconfianza, y comenzaron a meterse cada vez más en la política del vecino. Pakistán no ha dejado de hacerlo. Lo hizo en los años setenta apoyando y manipulando a grupos islamistas que acabaron tomando las armas contra los soviéticos. Cuando en los noventa esos grupos se descarriaron y empezaron a pelearse por el pastel tras la caída de la Unión Soviética, los paquistaníes encontraron otra nueva herramienta, un grupo estudiantes (taliban en idioma pastún) de colegios religiosos.
Afganistán está integrado por varios grupos culturales entre los que ninguno es mayoritario. Las discusiones sobre cómo de extenso es cada grupo son eternas, pero hay acuerdo en que los pastunes son la porción mayor (algo más de un tercio) y los siguientes son los tayikos (algo menos de un cuarto). Los talibanes surgieron entre la población pastún del sur. Esos jóvenes representaban para muchos pastunes unos valores sociales conservadores con los que se identificaban, aunque es verdad que los talibanes los llevaban al extremo. Cuando algunos líderes tribales quisieron protestar por los excesos, ya era muy tarde y aquellos estudiantes se habían hecho demasiado poderosos.
Aun así, para muchos cabezas de familia afganos (pastunes o no), igual que para aquellos que se rebelaron contra Amanulá, ampliar los derechos de las mujeres o acabar con el matrimonio infantil no es una prioridad ni siquiera algo que necesariamente apoyen. Y tras 20 años de fallida presencia occidental es poco probable que eso haya cambiado, por mucho que nos duela aceptarlo.
En estos 20 años, una de la imágenes más dulces y esperanzadoras era ver por la calle a las niñas con sus uniformes azules y su pañuelo blanco. Era escolares, iban en grupo a veces riendo, a veces muy serias, como en cualquier lugar. Pero fuera de Kabul, fuera de las ciudades, esa imagen era cada vez menos habitual porque las escuelas estaban demasiado lejos como para que una niña pudiera ir caminando. A veces, ni siquiera había profesora porque le habían dejado de pagar hacía mucho o había encontrado un trabajo mejor en la ciudad. Sin maestra, la escuela son solo cuatro paredes sin mucho sentido.
En estos 20 años aumentó el número de niñas en las aulas, pero no cambió la mentalidad de muchos padres y maridos, que aún son quienes deciden si esas niñas serán solo madres y esposas al acabar el colegio, o si tendrán la oportunidad de hacerse enfermeras, maestra o incluso intentar ser doctoras.
En Afganistán conviven los talibanes y las niñas que han ido a la escuela, los padres que quieren un futuro para sus hijas y los que creen que las tradiciones son para respetarlas. El árbol sigue ahí y ya empezamos a mirar para otro lado, pero si lo seguimos mirando igual ayudamos a que crezca y dé flores.

