En un plano de 1875 firma como Joaquín Rivera Cuadrench. Las dos últimas semanas lo bauticé como Rivera i Quadreny. En la mayoría de documentos oficiales, cuantiosos, el nombre de su familia figura como Ribera Cuadrench, quizá debamos llamar así al maestro de obras responsable de la casa del fotógrafo Gambús en Meridiana con Aragón, una frontera más del entramado urbano, aún más hipnótica en función del punto de mira.
En mi imaginación suelo enfocarla viéndola desde la Meridiana, para así apreciar cómo bifurca a las dos avenidas, aunque a lo largo de estas jornadas he ponderado llegar a ella desde Glorias, para observar mejor todo el conjunto de la manzana, cuya coronación por el lado contrario es la casa Sabadell, estudiada hace años y con enmiendas a realizarme en breve.
Entre ellas, tenemos a las secundarias. Vistas desde la Meridiana, en un tramo pacificado y muy animado los domingos, configuran un extraño conglomerado, más aún porque entre la casa Sabadell y la primera de ellas colocaron un insulso bloque en la década de los setenta.

El repertorio de este coro comienza en el 107 de la Meridiana. El archivo municipal recoge como, en 1906, Pedro Ribera Cuadrench y María Peris pidieron edificar una casa de planta baja y cuatro pisos. La rubricaba Antoni de Facerías. La finca no deja de ser muy convencional para los parámetros de la época, de decoración como mucho simpática. Tiene valor por su ubicación y los diálogos cronológicos y estilísticos de este lado de la isla.
Antes de documentarme pensé en si este 107 era de Ribera Cuadrench, por pertenecerle los terrenos, los cedió en 1918, y la relación familiar con quien realizaba el encargo. Tanto repetir su nombre ha posibilitado que el camino de la investigación se empape de este apellido de manera algo absurda.
El 109 data de 1890. Su fachada me recuerda en sus elementos ornamentales a otras del entorno, bastante vasto, del viejo Sant Martí, si bien algunas rutinas paseísticas me remiten a un par de inmuebles en el carrer de Provença, entre Independència y Xifré, de 1891, casi idénticos, salvo por su colorido, a la Meridiana. Los medallones con rostros femeninos y esos círculos ribeteados huelen a Ramón Ribera Rodríguez, a quien redescubrimos al estudiar el tramo del carrer del Clot en su cruce con Valencia.

Podría ser el autor de este prototipo de preludio. Ese 1890 y su lenguaje son los de un universo ecléctico en avance hacia el inminente Modernismo. Un año más tarde, el Ayuntamiento modificaría la ordenanza relativa a la decoración de fachadas, y al tolerar cargarlas más aparcó esta sobria tendencia, en ocasiones desatándose hasta el kitsch, no en vano el passeig de Gràcia tiene trechos casi neobarrocos.
Esta arquitectura de justo antes del Modernismo, bien esparcida por Barcelona, con un ejemplo a encumbrar en el passatge d’Isabel de Vallcarca, convive con una perla estrambótica en el número 111. Un anuncio del periódico de 1925 registra la necesidad de vender una casita, por eso el catastro dice 1900, cuando las pistas van hacia esos años veinte, no por casualidad, sino por lo insólito de los azulejos, similares con más armonía a los del 498 del carrer Mallorca, con futbolistas y tenistas en su vestíbulo. Si mis sospechas son atinadas, Luis Gonzaga Colomer sería el causante de esta excentricidad, mucho más moderada en el 113, y no digamos en el 115, medio liberado de la tiranía divergente de los demás.

Todos estos personajes han aparecido en otras Barcelonas. En muchos barrios remover un poco los papeles ayuda a entender cómo determinados maestros de obra tenían mucho mercado en un punto concreto.
Ribera Cuadrench debió extender su área de influencia por el Clot y la Montaña de Sant Martí de Provençals, abarcando hasta Sant Andreu con la casa de la Bomba en la esquina del carrer Gran con Sócrates, con ese proyectil incrustado en sus muros y la risa de los visitantes porque, a priori, sólo se puede entrar al interior a través de una carnicería.
El mapa de 1875 corresponde al proyecto del trapero Jaume Aloi para construir once casas una nueva travesía. Hoy en día, las casitas del passatge Aloi sobreviven muy bien su tierra de nadie al ser un límite, reconocible y asimismo recóndito, de Guinardó, Camp de l’Arpa y Navas. Ribera Cuadrench debió amar situar su sello en lo fronterizo. En el Clot, su casa Josep Lledó da paso al meollo de la barriada y deja atrás la hilera de casitas del siglo XIX, como si despidieran esa realidad. En la Sagrera, Ca n’Arpí es quizá su mayor contribución, más realzada si cabe que la del número 74 del carrer del Clot, unifamiliar y deslucida por olvido.
Pese a delimitar una especie de trazado de su singladura, Ribera Cuadrench tiene un poso arisco, no sólo por la confusión de su identidad con distintos caracteres, sino porque fue miembro del Ateneu sin jamás esfumarse, vigoroso en su labor y medio inmortalizado en 1914, cuando una nota sobre un acto conmemorativo de la Exposición de 1888 lo engloba entre los maestros de obra del evento, con el Museo de Ciencias Naturales y el restaurante bar entre sus colaboraciones. La suma se desvanece en las hemerotecas, donde es un mero suspiro, ni siquiera eso.

Su rango no debió ser escaso. Aun así, su biografía tiene muchos cabos sueltos, como las de estas discrepantes de la Meridiana. Si alguien se preocupara por reconocer su singularidad quizá este entremés entre Sabadell y Gambús hasta podría erigirse en una prueba más de como determinados rincones son museos al aire libre de la evolución de los espacios, aquí en una mezcla de bienestar en los ángulos y lucro mediante el alquiler en esas cápsulas discordantes del 107 al 115, con el carrer Meridional en su horizonte, tan resucitado y bello como para taparse entre los arbustos amortiguadores de la contaminación estética y su engaño de aparentar ir a ninguna parte.

