Pocas horas después de que el presidente ruso, Vladimir Putin, iniciase la ofensiva contra Ucrania el 24 de febrero, el restaurante Ekaterina, ubicado en el Eixample barcelonés, se pronunció contra la guerra y escribió en las redes sociales un mensaje: “Quería encontrar las palabras adecuadas… Pero no, esto no se puede describir con palabras… Es un sentimiento de dolor profundo, vergüenza, lágrimas. Todavía no me lo puedo creer… Nunca se podrá justificar lo que ha hecho… #noalaguerra”.
A pesar de colgar el mensaje antibelicista y de colocar en la entrada del local carteles contra Putin y en solidaridad con Ucrania, la propietaria vio bajar las reservas de forma drástica. Genya Petrova, de 40 años, lleva en España desde los 20 años y hace cinco años y medio que abrió el restaurante. No esperaba la caída del número de comensales día a día, ni las llamadas telefónicas molestas por su origen ruso, ni los comentarios negativos que de pronto han aparecido en las redes.

Precisamente, entre la oferta gastronómica del Ekaterina, figura comida de Rusia, pero también de ex repúblicas soviéticas, como Ucrania o Bielorrusia, y una de sus trabajadoras es ucraniana y tiene familiares en su país de origen. Además, Genya destina parte de la facturación a ONG que trabajan en terreno para asistir a la población refugiada.
“Nos han insultado, nos han amenazado”
Los propietarios de otro restaurante de Barcelona, un matrimonio de origen ruso que prefiere permanecer en el anonimato, aseguran que “la situación es muy complicada”. “Nos han insultado, nos han amenazado y las reservas han bajado un 30 por ciento”.
Este local ha visto cómo las reservas se han anulado continuamente o incluso se han hecho nuevas reservas de personas que nunca se han llegado a presentar y que han dado teléfonos o nombres falsos. “Hacen reservas a través de diferentes plataformas y no se presentan, o ponen teléfonos que no son reales o que son erróneos. El otro día había una mesa para ocho personas y, como veía que estaban tardando, llamé, y la persona que me contestó era de Córdoba y no sabía de qué le estaba hablando”.
“Cuando comenzó la guerra, al día siguiente, llamaron, cogí el teléfono y preguntaron: ‘¿Es un restaurante ruso?’ Entonces nos llamaron fascistas… y nos dijeron de todo. Me quedé con la boca abierta. Yo solo cogí el teléfono para atender a una persona y fue como si me cayera un chorro de agua fría. No tenemos nada que ver con lo que está pasando”.
Una noche, cuando el propietario cerró el local, se encontró con una chica que le estaba esperando y que le espetó, en ruso: “No tenéis derecho a vivir en este mundo”, entre otras cosas. Él intentó explicarle que deseaba la paz y que estaba en contra de la guerra, pero la mujer no cesó en sus comentarios rusofóbicos.

El personal de este restaurante también ha recibido insultos y amenazas. “Ellos no tienen nada que ver. Está prohibido comentar el tema de la guerra o el tema político con los comensales. Los trabajadores son de Rusia, de Ucrania, de Armenia, de Azerbaiyán… Trabajamos personas de diferentes países de la antigua Unión Soviética, y convivimos entre nosotros”.
“Vienen muchos comensales de Rusia y de Ucrania. Yo soy una persona pacífica que está para servir comidas y no me meto en política”, concluye la propietaria.
Por otro lado, desde una tienda de productos alimenticios de cocina rusa en Barcelona, se muestran reacios a hablar sobre cómo les están afectando los acontecimientos bélicos y afirman que el negocio no se ha visto seriamente alterado. Su inquietud radica más en qué ocurrirá si deja de llegarles mercancía de Rusia, por lo que estos días están comprando alimentos no perecederos y con fecha de caducidad lejana para guardarlos en el almacén.
Cámara de Comercio
El presidente de la Cámara de Comercio Hispano Rusa, Ángel Arias, considera que, si hay establecimientos afectados, son “casos aislados”. Tiene conocimiento de una tienda de Lleida en la que realizaron pintadas con acusaciones fascistas, pero afirma que es una excepción. Más que preocupados por sus comercios, asegura Arias, existe cierto desconcierto sobre qué va a pasar en Europa a nivel energético: “Están más preocupados por los efectos económicos que van a venir aquí, por la inflación que se va a producir en la economía europea y por la falta de materias primas para la industria, como el acero”.

Arias destaca que existe un gran número de matrimonios mixtos de personas de diferente nacionalidad, como el suyo, y que en la Cámara hay muchas personas de Rusia y de Ucrania. “Conozco a muchísimos ucranianos y rusos. Entre ellos hablan porque son como hermanos, son como primos. Los problemas políticos que surgen están fuera de su órbita. Lo que está ocurriendo es una lucha económica, más que una lucha política”.
Para Arias, uno de los grandes inconvenientes con los que actualmente se están encontrando las pequeñas y medianas empresas que representa es volar hasta Rusia: “Antes íbamos desde El Prat a Moscú. Ahora hay que ir vía Turquía, o Emiratos Árabes, o ir al Báltico y desde allí coger un tren a Bielorrusia”.

