Los historiadores de Barcelona a veces recurrimos con demasiada facilidad a lo sabido, sin apenas cuestionarlo. Cuenta la leyenda que el passeig de Gràcia, el antiguo camino de Jesús, se tendió para facilitar el veraneo de los señores de Barcelona a los pueblos del Llano, más bien montañosos.
Esta posibilidad es más lírica, no tanto la del enlace previsor e imperialista, con cierta pausa de espera, cuando esa avenida amada y odiada se llenó de jardines, parques de atracciones y fuentes. Una de ellas era la de Ceres, de Celdoni Guixà, instalada hacia 1830 y desplazada por orden expresa del general Gaminde durante la revuelta de las quintas de Gràcia.

Su destino provisional fue la plaça del Sortidor en el naciente Poble-Sec, con su nombre debido a esta maravilla decimonónica, no a esa actual réplica de Canaletas. Sin embargo, su belleza se consideró superlativa para el entorno, hasta encontrar su lugar en Montjuic, donde mantiene un amor platónico con el Sant Jordi del escultor Llimona.
Empiezo así para ingresar, al fin, en el Camp de l’Arpa. En algún momento dedicaré unas Barcelonas a su contexto y geografía para comprenderlo mejor, pero hoy la protagonista es la oca de Frederic Marés, desde hace poco con plaza propia en ese intersticio de dos mundos, Enamorats desde la mirada del pasado y València, vieja Bofarull, como demolición del mismo.

El ganso, así documentado en los pocos papeles oficiales o periodísticos sobre su figura, no lleva toda la vida en esa frontera, ni mucho menos. Según la mayoría de fuentes su génesis comienza en 1925, cuando Marés ganó un concurso de la Comisión del Eixample de Barcelona, decidida desde 1911 a embellecer las fuentes urbanas, destacándose con el paso del tiempo las de Josep Campeny y Eduard B. Alentorn, autor del negret de Bruc con Diagonal.
Marés había ganado una adjudicación en 1921, cuando pudo ubicar en plaça de Tetúan su fuente de la Sardana, una de las más discretas del repertorio municipal, eclipsada desde 1985 por el Monument al Doctor Robert.
La duda de si la oca y otras dos, con ganas de aparecer en estos párrafos, son de 1925 irrumpe por un artículo de La Vanguardia del 29 de agosto de 1950, donde se habla de la erección de una fuente en forma de bloque recto y cuadrado, de dos metros y medio de altura, presidida por un ganso de bronce, con gasto de poco más de diez mil duros.
¿Existía antes de esta fecha? Un gallo puede darnos pistas. Es hermano de la oca y algunas referencias lo sitúan a finales de los años veinte en passeig de Sant Joan con Diagonal. La primera avenida se vio bien surtida de arte durante esa década, y no sólo por la inminencia de la Exposición Universal.

Miro en fotos de la columna del poeta por si al gallo le da por lucir su cresta, sin resultados. Una lástima, pues en ese marco otro pájaro sobresale del resto, asimismo de alba enigmática. Se trata de nuestro amigo, el búho de rótulos Roura, obsesión irrompible de servidor e Ignacio Vidal-Folch.

Desde los setenta, el gallo radica en una encrucijada de Aragó con avinguda de Roma, emparejada desde los ochenta, cuando la plaza adquirió su nombre, junto al Homenaje a Goya, de José Gonzalvo Vives, una de las piezas más ignoradas de la capital catalana, víctima, como tantas otras, del incesante tráfico.
La trilogía, si seguimos la narración de Huertas Clavería en Monuments de Barcelona, se cerraba con un águila, quizá integrada en las escultóricas del Zoo de Barcelona, de Joan Borrell i Nicolau.
La fuente de agosto de 1950 se inauguró en la plaça Comas de Les Corts y allí permaneció hasta 1958. ¿Fue entonces cuando voló a Rogent con Enamorats/València? En el libro el Clot Camp de l’Arpa desaparegut (Efadós), Andrea Igual posa con su nieto. El ganso tiene otro enfoque y la casa del fondo no corresponde con la esquina de 2022. He cotejado casi una decena de edificios para ver si encajaban, detallado ortofografías, repasado el catastro y el rompecabezas sigue sin su último acople, una pequeña frustración al no poder informar de las distintas migraciones del ave, con aspecto de casi abandonar la agonía de Enamorats para irse con Rogent más hacia nuestro siglo, por la reducción del aparcamiento en esa calle, un paraíso por su ambiente aún muy de barrio y un temor por la amenaza de gentrificación.
Aun así, pese a la incertidumbre sobre su cuaderno de bitácora, la oca dejó de ser ganso y se ha habituado al barrio, con su carisma como acicate para recibir la adoración de vecinos y transeúntes. Los niños gritan alborotados al verla, encaramándose a la cima. En un banco a poco más de un metro no es extraño asistir a infinitas novelas, desde vagabundos en pleno sueño hasta enamorados dándose el lote. Los abuelos la miran, como si fuera de la familia. Ella es permisiva, más bien cautiva de las situaciones. Morada feminista, roja vandalizada, broncea de cuerpo natural, nada afectada, nunca se avinieron, con la demolición de la casa Coca y ambigua en su ademán, como si todo le diera lo mismo, bajo el sol o la lluvia.
La oca podría ser un magnifico instrumento de pedagogía urbana desde todos los huecos de su investigación. Yo las efectúo a base de detalles de mis paseos y la labor más científica con fuentes ya sospechosas habituales. Con aportaciones de particulares quizá estaríamos más cerca de trazar la línea de sus viajes en y allende el Camp de l’Arpa, donde en cierto sentido es una de sus puertas de entrada desde lo canónico, a una nada de la intersección del torrent de Bogatell con Enamorats, o el primer tramo del camino de Barcelona a Sant Martí, una mina a descubrir y privilegiada al no quedar engullida por el Eixample, devorador de morfologías e impotente para modificar identidades, más en discusión por la Meridiana y el incluir el Camp de l’Arpa en la totalidad del Clot.

