El inicio de esta serie por el actual barrio de la Guineueta tras abandonar Can Peguera se ve condicionado por un extraño limbo, el carrer d’Ogassa, un viaje interno que en sus salidas te retorna a la realidad. Nosotros elegimos la que conduce al Parc Central de Nou Barris por la escalera de acceso, una resaca del gran torrente de la cercanía y una lejana visión de nuestra protagonista de hoy, la masía de Can Carreras, aún tapiada y vandalizada pese a las promesas de rehabilitarla en pos de acoger equipamientos para la infancia y la juventud.

Ahora Can Carreras se integra en el inmenso parque, desperdiciándose cualquier brizna de su viejo prestigio, cimentado por diversos clanes, entre ellos los Guarro, familiares de un magnate papelero. A partir de 1914 la finca quedó a cargo de dos payeses originarios de otra masía con solera, Torre Llobeta. Josep Mompart y Rita Estadella aún disponían de ingentes terrenos, pese a vender los dueños una parte para propiciar la construcción del Manicomio. Los aprovecharon para extender los cultivos, hasta entonces casi limitados a las flores, y venderlos en mercados como el de Sant Andreu.
Esos cincuenta y cinco mil metros cuadrados abarcaban de las estribaciones de la plaça Karl Marx hasta, más o menos, el carrer d’Ogassa, número 1 de Can Peguera. En 1947 las hectáreas de Can Carreras pasaron a manos de Mercedes Nuet, quien parceló los aledaños de la masía, generándose un barrio compuesto por unas ochenta familias, residentes en casas de planta con algún que otro huerto, resistentes hasta su aniquilamiento con la piqueta en beneficio del Parque Central de Nou Barris.
Volveremos a esta barriada desaparecida. Antes conviene regresar a la trascendencia de Can Carreras en este entorno. Hoy, mientras paseaba para preparar este texto, quise volver a Can Peguera por el carrer del Congrés, su entrada natural por Horta. Sin embargo, cuando lo detecté seguí adelante por Feliu i Codina, quedándome hipnotizado con una torre. Gracias a la página Arquitectura Modernista, de Valentí Pons, sabemos que es uno de tantos trucos de la chistera de Josep Graner, quien la levantó para Vicenç Oliveres, hijo de otro empresario del ramo papelero, en 1905. Lo curioso, según Memoria del Barris, es que su indiscutible valor como frontera visual no debía ser, pues los prohombres la deseaban al otro lado, algo impedido porque por debajo transitaba el acueducto del Baix Vallés.
Esta condena a ser límite se eleva más si cabe porque la casa Oliveres es un muy particular número 1 del passeig Urrutia. Hacia arriba la calle se rebautiza como passeig Universal, mientras si descendemos la geografía será la de Nou Barris.

Detrás de este secreto modernista parece existir una nada, disipada al ver el acueducto, rey de una trama uniforme aunque separada por Fabra i Puig. Atisbo Can Carreras y trato de dibujar un mapa de su barrio, roto no sin haber quebrantado el paraíso rural, explotándolo en esa modestia de huertecitos junto a la torrentera y otro acueducto, el de Can Quintana, masía demolida en 1958, ocupándose poco después su espacio con el Hospital Mare de Déu de la Mercé, en el passeig Universal.
Las crónicas sobre la barriada de Can Carreras mencionaban al carrer de Mont-ral como su centralidad, alucinante y algo desquiciada al seguir el curso del torrente. Mont-ral no tiene Historia alguna. La descubrí hará unos años cuando investigaba el acueducto de Can Quintana, de 1860 y tapadera de los últimos huertos. Antes de pisarla recorrí algunos de sus laterales, una especie de cementerio de cemento, un enfermo con mausoleo de lujo sin intervenciones de ningún tipo, salvo algunos ocupantes de ese vacío, que no es ruina, si bien por esos rastros humanos podría equipararse con los últimos vestigios del polígono del Bon Pastor, mantenido por unos amables chatarreros.

El acueducto de Can Quintana está entre Mont-ral y el passeig Universal. Uno tiene su denominación casí porque sí y el otro brilla elegante, tiene hasta solemnidad de periferia. El primero fue un cristo algo improvisado del que aún olemos su naufragio, mientras el segundo a buen seguro, desde su rareza, corre el peligro o la fortuna de ver aumentado su caché en el mercado inmobiliario.
Lo bestial es que, si exceptuamos esos residuos de mucha pobreza en intersticios, de esa barriada apenas ha subsistido una nada, venciéndola el verde y todos esos miles de metros cuadrados del prodigioso parque, aun así huérfano de pedagogía para caminarlo desde una mayor comprensión a todas sus curvas, virajes y referencias, como la misma Can Carreras, bella en su desgracia por su desnudez de formas, como si fuera un cubo con asías de pureza, ensalzado por el contrapunto reciente de la Torre Urrutia de Andreu Arriola y Carme Fiol, inmueble multiusos, de apartamentos a institutos universitarios.

Así pues no podemos dudar del encanto de todo el ambiente, sólo tóxico por el tráfico de Fabra i Puig. El resto podría ser un auténtico autopista de los jardines urbanos de la Ciudad Condal y una magnífica ruta por los entresijos de su patrimonio, clausurado en contraposición a las modernidades homologadas de las nuevas secciones infantiles, aquí con La Balena de Jordi Queralt, muy frecuentada entre los más pequeños, reservándose los ángulos para solitarios adultos, héroes de los ascensos.
La pausa municipal en Can Carreras tiene sus semejanzas con la tardanza en desalojar el almacén de chatarra en la Torre del Fang, quilómetro cero de una pequeña conurbación de barraquismo, muy bien escondida por el tramo límbico de Gran de la Sagrera, de carrer del Clot hasta Garcilaso.

La masía con sus horizontes impedidos es un detalle más, pues el parque va como la seda y si se actúa con inteligencia quizá sea el embrión de un logro diferencial. Mientras eso se prepare sólo deseamos ver las ventanas abiertas, la fachada limpia y notar cómo alguien vinculado con el municipio pisa esos rincones, a mejorar con un poco que puede ser mucho, basta mirar y caminar sin prisas para entender, no como el Ayuntamiento de Collboni, partidario de montar en Nou Barris un nada espontáneo tour de force de Arte Urbano para atraer al Turismo, la principal urgencia de estos márgenes.


1 comentari
Hola. El apellido de mi mamá es Carreras. Segun ella me cuenta sus antepasados por parte de Padre, vienen de Pineda de Mar. Mi mama es cubana. Ahora vivimos en EU. Proximamente estaré visitando la Costa Brava y tenia pensado pasar unos minutos por Pineda de Mar para luego mostrarselo a ella y vi este nombre en el mapa Can Carreres, y luego entre a tu blog. Quisiera preguntarte… existe algun cartel o señal que aun tenga ese nombre en Pineda o en esta zona de la que hablas en tu blog? Vladrá la pena para mi pasar por alli? Muchas gracias.