Hace tiempo que estamos presenciando la división que existe en la política actual, que oscila de la irrealidad a la realidad. Especialmente en el ámbito político occidental, vemos frecuentemente cómo se enfrentan dos visiones o enfoques opuestos. Por un lado, la irrealidad, que representaría aquellas posturas, discursos o políticas que están desconectadas de los hechos concretos, se basan en ideologías extremas, promesas vacías, o narrativas que no tienen el sustento de los hechos, ya sea debido a la desinformación, la manipulación mediática o la negación de problemas evidentes. La contrapartida a este tipo de políticas, serían las propuestas o acciones políticas que buscan abordar los problemas concretos de la sociedad, basándose en evidencias, datos y un enfoque pragmático. Dicho de otra manera, algunos sectores priorizan narrativas o ideologías por encima de soluciones prácticas, mientras que otros intentan mantenerse anclados en la realidad y en la resolución de problemas tangibles.
Algunos ejemplos concretos los observamos cuando ciertos políticos o grupos niegan la existencia del cambio climático a pesar del consenso científico abrumador. Por ejemplo, en Estados Unidos, ciertos líderes han minimizado o rechazado la evidencia del calentamiento global, argumentando que es un «engaño» o una exageración. Sin embargo, muchos gobiernos y organizaciones están implementando políticas basadas en la ciencia, como el Acuerdo de París, para reducir emisiones y promover energías renovables. Otro ejemplo se da cuando determinados políticos prometen soluciones económicas mágicas, como eliminar la pobreza de la noche a la mañana sin un plan viable, o proponen medidas fiscales insostenibles que ignoran las limitaciones presupuestarias. Por suerte, también en este caso hay economistas y políticos responsables que abogan por reformas graduales y sostenibles, basadas en datos y proyecciones realistas. Lo cierto es que esas medidas no son populares a corto plazo, con lo que hay una tendencia a que ciertos sectores de población emitan su voto a favor de los grupos que ofrecen propuestas que, aunque irrealistas gustan más a cierto electorado.
Una de las situaciones que está acaparando el debate político y se está haciendo omnipresente en las elecciones de prácticamente todos los países es el de la emigración. Algunos políticos promueven discursos xenófobos o alarmistas, afirmando que los migrantes son una amenaza para la seguridad o el empleo, sin datos que respalden estas afirmaciones. Sin embargo, los estudios realizados, muestran que la migración puede tener impactos positivos en las economías, y muchos países implementan políticas de integración y cooperación internacional para gestionar los flujos migratorios de manera humana y efectiva que resultan positivos para las sociedades de acogida. Se trata de un tema complejo y multifacético, que cuando se gestiona adecuadamente, puede aportar beneficios significativos tanto para los países de acogida como para los migrantes.
La inmigración puede generar beneficios económicos en los países de acogida, debido a que los migrantes a menudo ocupan puestos de trabajo que son difíciles de cubrir con la fuerza laboral local, especialmente en sectores como la agricultura, la construcción, la atención médica y los servicios. Eso ayuda a mantener la productividad y el crecimiento económico. En Alemania, por ejemplo, hace muchas décadas que la llegada de migrantes ha ayudado a compensar el envejecimiento de la población y la escasez de mano de obra en sectores clave. No debemos olvidar, que, con frecuencia, los migrantes son emprendedores y contribuyen a la creación de nuevas empresas. Hay estudios que muestran que, en Estados Unidos, por ejemplo, los inmigrantes tienen más probabilidades de fundar startups que los nativos. Debemos recordar que empresas como Google ha sido cofundada por Sergey Brin, un inmigrante ruso y que el fundador de Tesla, Elon Musk, es un inmigrante sudafricano. Estamos ante ejemplos icónicos de cómo los migrantes han impulsado la innovación.
Otro elemento clave es que los migrantes pagan impuestos tanto directos como indirectos que ayudan a financiar la seguridad social y servicios públicos como la educación, la salud y las pensiones. Los trabajadores migrantes jóvenes contribuyen a los sistemas de pensiones, lo que es crucial en países con poblaciones envejecidas. Concretamente en España, los inmigrantes han contribuido a equilibrar las cuentas de la Seguridad Social, especialmente en un contexto de envejecimiento poblacional. Otro ejemplo es Japón, que tiene una de las poblaciones más envejecidas del mundo, donde las autoridades están considerando la inmigración como una solución para mantener el sistema de pensiones. La inmigración también aporta diversidad cultural, lo que puede enriquecer la sociedad y fomentar la tolerancia y el entendimiento mutuo. Ciudades como Nueva York, Londres o Toronto son conocidas por su diversidad cultural, que atrae turismo y fomenta la creatividad.
Finalmente, la inmigración también puede tener un impacto positivo en la sociedad y la cultura, puesto que traen consigo tradiciones, idiomas, gastronomía y perspectivas que enriquecen la cultura local. Un ejemplo bien conocido es la influencia que ha tenido y tienen la inmigración latina en Estados Unidos que ha transformado la música, la comida y el arte, creando una cultura híbrida vibrante. Sin embargo, debe decirse que, aunque la inmigración tiene muchos beneficios, también presenta desafíos y problemas que deben gestionarse adecuadamente. Es por ello, que es crucial que los migrantes tengan acceso a programas de integración, como clases de idiomas, formación laboral y apoyo social, para facilitar su adaptación.
En algunos casos, la llegada masiva de migrantes puede generar presión sobre los servicios públicos, como la vivienda, la salud y la educación. La solución está en la planificación adecuada y poder asignar recursos que garanticen los servicios en función de la demanda. Sin lugar a dudas, hay países que han implementado políticas de inmigración claramente beneficiosas para la sociedad de acogida. España, Alemania, Canadá y Estados Unidos hasta la llegada de Trump, son referentes que muestran que cuando la inmigración se gestiona de manera efectiva, puede ser una fuerza positiva para las sociedades. Aporta beneficios económicos, demográficos y culturales. Sin embargo, también requiere políticas bien diseñadas para abordar los desafíos asociados. La clave está en encontrar un equilibrio entre la acogida y la integración, basándose en datos y evidencia en lugar de discursos radicales, falsos y mal informados que sólo hacen que las sociedades se dividan, pierdan cohesión y hagan que las soluciones se alejen en el tiempo.

