La fantasía de que la IA penetrará en la intimidad de nuestra mente, leerá nuestros pensamientos y decidirá cada paso que damos, es eso: una fantasía. A día de hoy, puede ayudarnos a ejecutar alguna acción que por lesiones cerebrales no podemos solos, elaborar la lista de la compra y enviarla al super o redactar un informe que -si no queremos errar- nos convendrá revisar después. En todos los casos, requiere de nuestro consentimiento y de una orden (prompt). De momento, es nuestro copiloto virtual. Si fija objetivos de combate (100 al día en Gaza, antes -sin IA- eran 50 al año) es porque se los pedimos y decidimos luego ejecutar el disparo. La responsabilidad sigue siendo nuestra, como cuando difundimos bulos o falsas imágenes.
Eso no obvia que haya visionarios -muy bien pagados- como Ray Kurzweil, gurú e investigador principal de IA en Google, que hace unos días declaraba que: “Nuestra inteligencia se multiplicará por un millón: seremos más inteligentes, divertidos, creativos e innovadores. Es la singularidad y ocurrirá en el 2045. Desbloquearemos nuevos niveles de consciencia, podremos elegir y cambiar la apariencia física, hablar todos los idiomas y visualizar formas en 11 dimensiones. La vida humana cambiará para siempre”. Acaba de publicar ‘La singularidad está más cerca’ y ya predijo hace 20 años, en ‘La Singularidad está cerca’, que todo eso iba a pasar en 2029. Ahora, en vista del poco éxito de sus augurios, los ha tenido que retrasar a 2045.
Como buen líder transhumanista comparte el “No limiten sus desafíos, desafíen sus límites”, lema de la moral transhumanista que niega lo imposible, incluido el envejecimiento y la muerte. Este proyecto, que lleva planteado hace ya unas décadas, se ha revitalizado por la convergencia de los desarrollos de la nanotecnología, la computación cuántica y la propia IA. Apuesta por el advenimiento de la superinteligencia con un hombre aumentado, un cíborg: híbrido hombre-máquina. Un chip cerebral nos conectará a la nube y convertirá nuestros pensamientos en transparentes. Codificados como bytes, se harán conscientes al mismo tiempo que se escribirán solos en la pantalla. Lo inconsciente, con su serie de lapsus, olvidos y doble sentido desaparecerá, como lo hacen ya -gracias al predictivo del teclado- las palabras que tecleamos erróneamente.
Lo cierto es que, a día de hoy, el inconsciente no se puede clonar. Las máquinas aprenden, pero no comprenden la ironía o el doble sentido (salvo que se trate de sintagmas ya establecidos e incorporados a su base de datos) ni cometen lapsus. Al no tener cuerpo ni experiencia subjetiva, tampoco conocen la duda ni el temor, lo que las hace idiotas en situaciones imprevistas como la conducción autónoma donde deben razonar sobre la marcha, ante un imprevisto. Confunden la señal de STOP con el ¡Stop a los precios! de un cartel publicitario.
No van más allá -como recordó Bill Gates- de ser un loro estocástico. Como cuando le pedimos a Alexa “pon música relajante” y el asistente responde con una lista de reproducción, podría parecer que ha entendido la petición. Sin embargo, solo ha ejecutado un patrón predefinido, sin comprender ni lo que “relajante” significa en un contexto humano, ni por qué una determinada música podría ser relajante. Su supuesto hablar y comprender no deja de ser una simulación de los actos de habla (Austin).
Ya hace unos años que el filósofo John Searle nos desveló la falacia de la IA, con su experimento mental de la “habitación china”. Imaginemos a una persona dentro de una habitación que recibe símbolos chinos y sigue instrucciones para responder en chino. Puede responder, pero no comprende el significado y, por tanto, no podemos calificarlos de auténticos actos de habla. Aunque desde el exterior pueda parecer que entiende chino, en realidad solo manipula símbolos sin comprensión real.
Eso no impide a los chinos, en primer lugar, pero también a otros implementar cada día nuevos programas de IA que sí consiguen saber lo que consumimos, nuestros hábitos de goce, los lugares que visitamos, la comida que pedimos, nuestros gustos sexuales, los horarios de sueño, nuestras preferencias políticas y los influencers preferidos. Esa mirada absoluta a la que nos exponemos nos reduce a una colección de datos y con eso consiguen predecir algunas acciones posteriores, basándose en modelos y perfiles que reflejan nuestra pasión por la repetición. No se trata, por supuesto, de una interpretación de nuestra manera singular de gozar y satisfacernos, sólo saben lo que pedimos. Nuestro deseo sigue siendo una incógnita (para ellos y para nosotros).
A la IA, en realidad, le preocupan menos nuestros pensamientos y los contenidos que circulan por las redes. Promueve los más radicales y mórbidos (sexo, violencia, odio) por su mayor atracción. Le interesa mucho más saber cómo gozamos consumiendo, porque de eso depende su negocio, presente y futuro.
Ese afán de lucro no excluye una ambición delirante como la de Elon Musk, fiel seguidor de su abuelo Joshua Hadelman cuyas tesis paranoides soñaban con sustituir la democracia por una tecnocracia. Hadelman nunca tuvo una teoría para la toma del poder. Su nieto ha encontrado un aliado eficiente (de momento).


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Brillant article !