Concentración de recursos, de decisiones, de ventajas… algo que no deja de ser paradójico en un mundo donde el discurso público no cesa de insistir en la importancia de la organización en red, del imperativo de la multipolaridad, de favorecer la cooperación entre diferentes. Si la concentración excesiva es un problema subyacente, la Teoría Política nos anima a invertir la perspectiva y pensar desde un concepto opuesto: la desconcentración.
Pariente de la descentralización y la federalización, la desconcentración nos remite a la cuestión del modelo de articulación territorial de un país. No es difícil de entender si pensamos en su capitalidad. Para algunos países, una sola ciudad concentra todas las actividades de la capitalidad (política, económica, judicial, etc.). Tal sería el caso de Francia, Italia, Reino Unido. Otros, sin embargo, reparten estas actividades en diversos lugares. Alemania o Países Bajos ilustrarían bien esta modalidad.
Por exponerlo con Alemania; un Estado federal, descentralizado y desconcentrado: si en Berlín se concentra el poder político (gobierno, parlamento, etc.), en Karlsruhe se encuentra la cúspide del poder judicial, en Frankfurt reside el poder económico y así sucesivamente. No hay sorpresa, pues, cuando a partir de ahí, por ejemplo, la red de transporte no responde a una estructura radial, sino reticular.
El caso español, desde 1978 en adelante, se ubica en una situación que, cada año que pasa se parece más al país ficticio de El desierto de los tártaros, la novela de Dino Buzatti. Un lugar surreal donde el federalismo nunca llega y el centralismo nunca se va, pero la persistencia de ambos engendra una atmósfera autonómica marcada por la presencia de un espectro desquiciante para la vida del aquí y ahora.
Pero si en lugar de España nuestra referencia territorial fuese Catalunya, entonces el problema de la desconcentración se revela mucho acuciante. Ilustrémoslo con un indicador elemental: la proporción de habitantes de un país que vive en el área metropolitana de la capital. Si en Francia es un 17,2% de la población, en Alemania se queda en un 7,2%. España se encontraría más cerca de Francia que de Alemania, con un 14,3%. Pero si nos atenemos a Catalunya y el área metropolitana de Barcelona, entonces la cifra se dispararía al 64,9%.
En un ejercicio de fantasía política, pensemos una Barcelona capital de los Països Catalans. Incluso en ese caso seguiríamos en una cifra del 39,6%, más del doble de Francia. Podría aducirse que sería más lógico pensar en las dimensiones territoriales de un Estado de tamaño mediano o incluso pequeño. Pero en ese caso seguiríamos por encima de Dinamarca (33,9%), Portugal (29,1%), Suecia (24,0%) o Austria (22,2%). Esto por no introducir en el cálculo las superficies totales en kilómetros cuadrados.
Llegados a este punto, parece que plantear la desconcentración de Barcelona podría ser una manera más eficaz de intervenir sobre la articulación territorial y su mayor eficiencia sistémica. De entrada, permitiría abordar un problema que la geografía física de Barcelona plantea a un modelo urbano de acumulación capitalista que ha agotado su recorrido. No se puede vivir eternamente de las rentas del plan Cerdà; una planificación pensada en el siglo XIX para encaucar y desplegar el proyecto burgués de la modernidad industrial. La capitalización del suelo pilar clave en la reconstrucción del Desarrollismo encuentra al final un límite contradictorio con cualquier modelo sostenible.
Las asimetrías de facto requieren de un concurso de asimetrías de jure, institucionales. De lo contrario se aboca la ciudad (y a Catalunya con ella) al colapso actual. Rodalies no deja de ser el síntoma de un sistema de transportes ineficiente por intentar conciliar la movilizada de la fuerza de trabajo con una hipertofia territorializada del capital inmobiliario. Los desmedidos y rendimientos de este último externalizan sobre el tiempo de vida que consume a la fuerza de trabajo una sociedad de servicios. La inoperancia de rodalies es una contribución a la riqueza ajena que se paga como un impuesto en horas de vida, falta de sueño y merma de salud, etc.
A diferencia de Londres, París, Berlín, etc., Barcelona está encajonada entre el mar y la montaña. No se encuentra en una llanura atravesada por un río, arteria histórica de circulación. Sus condiciones de partida, de hecho, estarían más cerca de Manhattan o Hong Kong que no de las grandes capitales europeas. Y si las dinámicas de concentración ya son desmesuradas en las grandes capitales europeas, modelos como Manhattan o Hong Kong solo se sostendrían en Barcelona sobre una inequidad insoportable y una concentración de capital a todas luces ausente.
No parece muy sensato, por tanto, insistir en el modelo de la megalópolis que inspira la ideología del Mobile World Congress, eventos como la Copa América o la Formula 1, etc. Si en los años ochenta el tránsito al posfordismo condujo a los excesos de la ciudad marca y Barcelona «murió de éxito», en la actualidad se arriesga a ser una ciudad zombie, poblada por la lógica de la desidentificación que tan bien ejemplifica la creciente demografía expat; una metrópolis guiada por la heteronomía de un capital fortísimamente desterritorializado (turismo, ferias, rentismo inmobiliario, etc.) que no genera calidad de vida y futuro en el país.
Bajo la perspectiva de esta diagnosis, la institucionalidad de la gobernanza local, desde la Carta de Barcelona hasta el área metropolitana y la diputación, se encuentra subsumida en una sedimentación histórica que no responde a las necesidades del presente. Llegado este punto cabe preguntarse por las dinámicas del antagonismo metropolitano, su actualización y despliegue. No en vano ciudades y territorios crecen siempre de acuerdo a la resolución de los conflictos que generan. Barcelona ha sido en este sentido un caso excepcional y digno de estudio.
Durante ocho años, la capital de Catalunya fue gobernada desde la aspiración a establecer un paradigma municipalista nacido de los movimientos antagonistas. No fue en modo alguno casual que durante dos legislaturas su alcaldesa fuese una figura ajena a la oligarquía local, nacida de las luchas originadas por la crisis global de 2008. Tampoco lo es que el actual alcalde, sostenido por el escaso margen de un par de centenares de votos, haya fijado como lema «enderezar» la gestión previa, esto es, devolver la gobernanza municipal a su genealogía neoliberal.
Por descontado esta anomalía barcelonesa, como tantas otras veces antes en una ciudad con una prolongada historia de política contenciosa, sigue latente a la espera de su próxima rearticulación. La dinámica de la contienda se hace evidente en los movimientos del antagonismo metropolitano frente al capital desterritorializado: lucha por la vivienda del Sindicat de Llogaters, oposición de Zeroport a la ampliación de infraestructuras sustento de la dinámica del capital global, campaña contra el cuarto cinturón, etc.
En todos estos vectores del antagonismo metropolitano se puede observar hoy el cambio de fase en la ola de movilizaciones tras unos años a la baja. En el nuevo contexto no es difícil el éxito de la movilización prevista para el próximo 5 de Abril, igual que están teniendo éxito otros ciclos ligados a otras realidades territoriales (Altri en Galicia, por la dimisión de Mazón en Valencia, etc.). El potencial en este sentido de un municipalismo que sitúe la desconcentración en el centro de su propia vertebración política, anticipando soluciones al colapso dispone de un importante recorrido.
Pero para poder articular estrategias ganadoras, hoy en día ya no alcanza con insistir en las mismas soluciones que han reforzado la tendencia descendente de los últimos años. Si algo permitió en su día un proceso movilizador de éxito, eso fue propugnar una institucionalidad alternativa a la del partido político al uso. No fue casual (ni hasta cierto punto evitable) que con el tirón de una pronta victoria en 2015 y el desgaste subsiguiente, se abandonasen las prácticas instituyentes con que las redes activistas sostenían el proceso político.
Aquí es, en fin, donde la desconcentración se hace fuerte como paradigma organizativo que puede arraigar en dinámicas sociales que anticipan cambios posibles. No se trata de adaptar las candidaturas electorales, las organizaciones sociales, las redes activistas, etc., a las nuevas realidades, sino que sus prácticas anticipen la institucionalidad futura. La ciudad de los prodigios siempre fue, después de todo, un espacio metropolitano con la portentosa capacidad de una reinvención permanente, instanciada en la contienda política. En un mundo donde la dinámica de acumulación impulsa unos niveles de concentración nunca vistos, desconcentrar la metrópolis se vuelve un principio rector para volver habitable la vida en las grandes capitales.

