En caso de haber dispuesto de un sistema educativo fuera de las manos de Franco durante los años cuarenta, la decisión entre el colectivo docente de explicar al alumnado las atrocidades injustificables del nazismo habría sido unánime, y condenable en caso de negarse algún energúmeno fascista dentro del gremio. «Aquellos que no puedan recordar su historia están obligados a repetirla», como diría Jorge Santayana. El eje cronológico de la humanidad nos evoca los reiterados tropiezos con la misma piedra, pero también que el conocimiento y la cultura general al respecto previene muchas. Y así se asumió desde el profesorado una vez reinstaurada la democracia, garantizando el saber al respecto por parte de las futuras generaciones en el sistema educativo público.
Como los fantasmas en el señor Scrooge de la Canción de Navidad de Dickens, el pasado nos visita hoy a 3600 km de nuestro país. Lo que fue y es una de las mayores vergüenzas de la humanidad, el holocausto nazi, se replica a estas alturas en las costas más orientales del Mediterráneo, donde Palestina se convierte en ruina y sangre sin límite. A menos de un siglo de distancia del genocidio perpetrado por la Alemania de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, el gobierno israelí decide invadir lo que “divinamente” toma como propio, con más sadismo que nunca gracias a la impunidad otorgada por la negligencia de una Europa connivente y Estados Unidos del lado de los verdugos. Desde los últimos ataques del 2023, más de sesenta y dos mil palestinos (de los que más de veinticinco mil son niños) han sido muertos y su país reducido a escombros mientras EEUU sigue facilitando armamento a Benjamin Netanyahu, oficialmente criminal de guerra según el Tribunal Penal Internacional, y la UE apenas le liga.
El gobierno israelí decide invadir lo que “divinamente” toma como propio, con más sadismo que nunca gracias a la impunidad otorgada por la negligencia de una Europa connivente y Estados Unidos del lado de los verdugos
Parece que la piedra sigue ahí, donde todo el mundo la ha visto, pero quien tiene en sus manos cambiar de trayectoria ha decidido que no es suficientemente relevante. Y, en este caso, no me refiero sólo al Departamento de Educación (que con escaso rigor e inexistente difusión ha formulado una pizca de recursos para abordar el conocimiento del genocidio), sino a la comunidad educativa y, con especial foco, a los maestros y profesores. Quienes nos organizamos para dar una respuesta explícita desde la enseñanza somos minoritarios y apenas rascamos minutos para dedicarles a mostrar (con números e imágenes) la barbaridad que diezma a diario la población de Gaza y Cisjordania, cuando no somos sometidos a presiones por el “qué dirán las familias” o directamente juzgado. El también históricamente reciente estallido de la guerra de Ucrania se trató desde un prisma muy distinto, movilizando con amplitud al colectivo docente, generando jornadas de reflexión, manifiestos escolares y minutos de silencio en un gesto de empatía y concienciación colectiva desde los centros. Y así lo abordamos, con la relevancia que requería.
Pero hay que recordar que la guerra de Ucrania, a pesar de ser la población de este país víctima del delirio expansionista de Putin, no es un genocidio: hay dos ejércitos enfrentados, cuyos mandatarios han decidido que las acciones del país adversario son lo suficientemente graves para movilizar a las tropas (es decir, a pesar de no ser justificable). El genocidio palestino presenta un punto de partida eminente y conceptual colonialista, donde internacionalmente se ha aceptado el apartheid y se han permitido barbaridades hasta construir un imaginario donde nadie con suficiente poder para mediar se conmociona ya, así como tampoco lo hace un grueso social suficientemente numeroso para ejercer una presión relevante. Normalizar un campo de concentración al descubierto ha alimentado la sensación de impunidad de quien decide establecerlo, y la escalada hasta el día de hoy ha sido tan flagrante como ignorada fuera de discursos vacíos y acciones inútiles.
Es triste decir, pero parece que la cantidad de melanina en la piel de una persona acaba determinando el grado de implicación de la comunidad educativa en la reivindicación por la paz en un conflicto armado. Es evidente a ojos de todo el que quiera ver, sea en este caso o en la acogida de los refugiados de guerra (España acogió a más de doscientos mil ucranianos en el 2024, pero el problema lo vemos en los dieciocho mil africanos refugiados el mismo año). ¿Cómo puede hacerse el desentendido un colectivo cuya tarea es, en gran medida, acercar al alumnado la realidad de lo que sucede en el mundo y cómo funciona éste? ¿Cómo podemos formar ciudadanos comprometidos, conscientes y empáticos si les negamos el conocimiento de un holocausto en pleno siglo XXI? ¿Hasta qué punto es cómplice nuestra pasividad al no otorgar la relevancia que merece una limpieza étnica de esa magnitud? ¿Cómo se sostiene nuestra ética profesional al seguir girando la cabeza al respecto? Reflexionamos y, sobre todo, actuamos. Y viva Palestina libre.

