Al igual que con muchas otras películas de la época, reedificar Metrópolis supuso una gran odisea. Entre recortes de escenas, pérdidas de fotogramas y demás situaciones, el trabajo de reconstrucción de Giorgio Moroder fue cuando menos muy meritorio, se le dio un sentido y se consiguió mitigar el vacío y las elipsis que la falta de algunas escenas podrían provocar.
De igual modo que Moroder, Christian Montenegro ha conseguido darle vida a Metrópolis a través de una novela gráfica1 que homenajea el film de Fritz Lang, ensalzando y remarcando el estilo expresionista en el cuidado dibujo de sus escenas.
La historia que cuenta Metrópolis es bastante popular y controvertida. Es sencilla y esquemática, el clásico viaje del héroe, se podría decir. Por otra parte, su mensaje se atenúa y deviene confuso por esa misma razón.
Arriba, Metrópolis. Espaciosa, muy avanzada tecnológicamente, limpia y abundante.
Abajo, la ciudad de los obreros/trabajadores. Angosta y masificada, insalubre, rezumando precariedad y explotación laboral en cada espacio.
Arriba, el trabajo final y pulido de los obreros y los preciados excedentes de las máquinas.
Abajo, la parte más fría y fea de la producción maquinal.
Los juegos alegóricos son evidentes, constantes y asfixiantes: la máquina que devora a los trabajadores cada cierto período, el reloj que no indica el tiempo sino solo la jornada de trabajo, el jefe/dueño de Metrópolis que corre las cortinas cuando sube de las profundidades el capataz para que no pueda ver cómo se vive ahí arriba, etc.
Sin embargo, el llamado a la rebelión queda únicamente enunciado por la máquina que se ha pervertido (el Robot-María), mientras que el mensaje protagonista y la voz principal del film parece apostar por una suerte de conciliación y una abominación de la violencia subversiva2. Así, el papel de una congregación cristiana en la clandestinidad, que a la postre será la voz principal, remite a unas raíces fundamentales que, de alguna manera, ha perdido la era maquinal de la distopía: paz y humanidad, si queremos ser escuetos aunque un tanto vagos e imprecisos.
A pesar de que los trabajadores han construido Metrópolis, “entre las manos que trabajan y la mente que piensa… tiene que haber un mediador”.
La evidente separación entre la esfera de los trabajadores y la de la élite que vive en Metrópolis nos hace observar rápidamente el conflicto y así vislumbrar una lucha de clases muy nítida. En este sentido, tanto en la película como en la novela gráfica de Montenegro, el espectador tiene dificultad para comprender la alienación en una dicotomía tan elemental. No obstante, tal vez sea solo la distancia respecto al marco, respecto al momento, respecto a la gente que lo protagoniza, etc. En definitiva, tal vez sea solo la distancia lo que explique que la alienación se vea tan claramente por nuestra parte pero no por quiénes viven en esa sociedad.
Hay quién podría decir que es demasiado descarado que la ciudad de Metrópolis tenga directamente un dueño y que por lo tanto, stricto sensu, ya no haya espacio público. Sin embargo, nuestras calles digitales en Internet están controladas a día de hoy por muy pocas empresas y, de este modo, el sueño de emancipación, independencia, conocimiento y descentralización que parecía inaugurar la era internáutica parece haberse evaporado o, cuando menos, desviado.
Por otra parte, el trabajo indeseable, el que se ejerce en las peores condiciones (salariales, de estabilidad, de esfuerzo físico y/o mental, etc.) sigue existiendo. Es más, con frecuencia incluso le siguen acompañando ciertos estigmas clasistas. El personal de limpieza, quiénes recogen fruta o los que trabajan en un Call Center, por poner solo algunos ejemplos. Todo esto y mucho más no es llevado a cabo por personas que viven en las profundidades. Viven entre nosotros. A menudo, somos nosotros. O podríamos serlo. O nuestros más allegados. De hecho, algunas veces lo somos durante un buen rato o durante una parte de nuestra vida. Otras veces, algunos lo son y lo serán siempre, casi por una suerte de (mal) destino.
El conflicto en Metrópolis se desata por una robot/mujer que se torna díscola, que no atiende a las directrices claras que se le ordenan. ¿De nuevo nos topamos con Eva? Por futurista que sea el relato, las alusiones a nuestro mundo actual y a nuestra tradición no dejan de ser palpables, incluso en el machismo y la misoginia.
Metrópolis se sitúa en 2026. A cien años vista de cuando se llevó a término la película. Pero es el año que viene. Y no, no tenemos coches voladores. Ni una división entre las profundidades y la superficie. Pero tenemos tensiones, divisiones y desigualdad: aunque sea en el mismo plano de existencia.
1 Montenegro, Christian (2021). Metrópolis. Barcelona: Libros del Zorro Rojo.
2 En todo caso, esto tampoco es autoevidente. ¿Hasta qué punto la línea que recorre el héroe es el mensaje que más nos cala? Desde luego, existe la posibilidad de atender a cualquier otro mensaje. O a todos. O a ninguno.

