La incomunicación entre generaciones, el desconocimiento del mundo digital por parte de los adultos, la carencia de recursos en los centros educativos y las condiciones de precariedad que muchos adolescentes viven en su casa generan un cóctel explosivo. Con demasiada frecuencia, ni familias ni docentes disponen de los recursos o del acompañamiento necesario para abordar situaciones como el acoso, la soledad o la violencia emocional que se dan en los centros y en las redes sociales. Esta desconexión entre el mundo adulto y el juvenil no sólo incrementa el malestar emocional, sino que abre la puerta a otros riesgos aún más profundos.
En paralelo, varios estudios alertan de otra realidad inquietante: el adelanto de la extrema derecha entre los jóvenes. En Cataluña, uno de cada seis jóvenes entre 18 y 24 años considera que en algunas circunstancias sería preferible un régimen autoritario. Por otro lado, un reciente estudio del European Policy Center apunta que la extrema derecha está capitalizando la frustración de los hombres (especialmente jóvenes) asociada a la pérdida de independencia económica y trabajo, dos pilares fundamentales de la masculinidad “tradicional”. Estos son sólo algunos de los muchos datos que muestran un desarraigo social y emocional que no podemos seguir ignorando. El aislamiento, la falta de expectativas y el sentimiento de desorientación encuentran refugio en discursos simplistas, autoritarios y excluyentes.
Hay que dotar al profesorado de formación emocional y recursos pedagógicos
Adolescencia nos muestra el dolor de una generación, el proyecto Abril de la Fundación Neus Català nos ofrece un camino de esperanza. Abril es un proyecto educativo global que propone una respuesta valiente y transformadora: una educación radicalmente democrática, crítica y antifascista. Una educación entendida de forma global, que interpela no sólo a las escuelas y los institutos, sino también al ocio, a las familias, a las redes sociales y al entorno comunitario. Educación formal, no formal e informal como partes de un todo inseparable.
Hay que dotar al profesorado de formación emocional y recursos pedagógicos. Es necesario crear espacios seguros donde la juventud pueda expresarse, participar y construir pensamiento crítico. Hay que construir redes colectivas –con familias, monitoras, entrenadoras, docentes y técnicos– que hagan de la democracia una vivencia cotidiana y significativa. Sólo así podremos frenar la expansión de los discursos de odio y construir, juntos, una sociedad más justa, inclusiva y solidaria.
Necesitamos una primavera educativa que transforme el dolor en esperanza, la frustración en participación, el desarraigo en comunidad. Necesitamos volver a sembrar valores democráticos en el corazón de nuestros jóvenes, no como un recuerdo nostálgico del pasado, sino como la mejor garantía de un futuro compartido. Porque escuchar a los jóvenes y educarlos desde el respeto, la libertad y el compromiso colectivo no es sólo un deber moral: es nuestra responsabilidad como sociedad.

