Durante muchos años, una de las críticas más frecuentes al PP fue que parecía empeñado en agraviar a Cataluña y Euskadi con tal de fortalecer su masa electoral fuera de dichos territorios, habida cuenta de que en ellos no se proyectaba nunca mucho margen de mejora, hiciera lo que hiciera. La emergencia de Vox en el panorama político y el desplazamiento de la centralidad política de la cuestión territorial a otros asuntos provocó que este argumentario cayera en desuso. El giro derechista del PP (un giro que se comenzó a dar a escala internacional, huelga decir) fue acercando cada vez más las posiciones de PP y Vox y, de este modo, se fueron enfocando los debates más en la cuestión migratoria y en otros temas con los que competir de tú a tú con la ultraderecha canónica y oficial de este país. Pero que nadie se lleve a engaño: simplemente se aparcó el tema, no se superó en ningún sentido.
De este modo, en la reciente Conferencia de presidentes celebrada en Barcelona la ocasión era pintiparada para reabrir el cajón de la plurinacionalidad. El estreno de la traducción simultánea en un evento de estas características se prestaba a ello. Aún y con esas, el PP optó de forma astuta por lo más conveniente a sus intereses: teniendo a Ayuso de por medio, era preferible no desgastar mucho a ninguno de los otros barones. Y ella encantada, claro. Cualquier oportunidad de poder presentarse como la jefa de la oposición efectiva es algo que no se puede desaprovechar.
Isabel Díaz Ayuso ya advirtió de que se marcharía si se comenzaba a hablar en una lengua que no fuera “el español”. Obviamente, sabía que esto iba a suceder, con lo que no podemos pasar por alto la teatralidad de la escena. No obstante, creo que cabe destacar algo más allá de la puesta en escena. Para ello, deberemos distinguir cuando menos entre dos capas en su discurso.
En su capa exterior, la que se explicita, el uso de la lengua castellana obedecería simplemente a un ejercicio de practicidad: si todos los interlocutores conocen bien dicha lengua, no tiene sentido que se utilice otra que genera ciertas incomodidades (la utilización de un pinganillo para escuchar la traducción simultánea). Así, la crítica al uso de la traducción no sería una forma de discriminación o de rechazo a la diversidad cultural sino, todo lo contrario, una forma de señalar que esta incomodidad solo tiene sentido desde la óptica del supremacismo de los nacionalismos periféricos que prefiere molestar antes que abandonar sus aspiraciones.
En su capa interna se produce la verdadera batalla ideológica. El señalamiento de la traducción simultánea sería apenas una excusa como cualquier otra. En cambio, deberíamos reparar en otro elemento. La referencia a la lengua como “española” y no como “castellana” no es simplemente una elección lingüística, porque en el contexto de Ayuso no cabe un ejercicio de sinonimia. En este caso, se da claramente un ejercicio de asimilacionismo y una voluntad de opacar al resto de lenguas del Estado español, relegándolas a una especie de estatuto regional, cuasi anecdótico (la lengua como otro elemento más del folclore, y no como parte fundamental de la identidad de una comunidad). Es decir, habría una lengua para todos los españoles (“la española”), y otras de segunda categoría que serían apéndices regionales. De este modo, la elección de hablar en catalán, euskera o gallego significaría una preferencia por una lengua que tiene un estatuto relegado, inferior y, por lo tanto, solo puede producirse desde el fanatismo de un nacionalismo que se empecina en afirmar una plurinacionalidad inexistente (y la negación de la plurinacionalidad sí que fue expresada explícitamente por Ayuso en la rueda de prensa posterior).
En este contexto, hay quién considera que el hecho de que el PP saque a pasear sus fantasmas centralistas y negadores de la diversidad plurinacional de España no puede sino afianzar la mayoría del PSOE para terminar la legislatura. A este respecto, tengo mis dudas. No es ninguna novedad que el refuerzo identitario se da muchas veces como respuesta al desprecio del otro, pero tampoco es ninguna sorpresa el reflujo anti-plural del PP.
Así las cosas, se puede decir que no hemos aprendido mucho de este nuevo episodio, ni para bien ni para mal. Si acaso, se confirma que Ayuso no parece tener límites a la vista y que, por más esfuerzos que se hagan, España está lejos de aceptar cómodamente y de forma mayoritaria su realidad plurinacional.

