El 20 de junio es el día internacional del refugiado. Si vamos a buscar la definición de esta palabra, encontraremos: Persona que, debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no puede o, a causa de estos temores, no quiere acogerse a la protección de tal país; o que, careciendo de nacionalidad y encontrándose, a consecuencia de tales acontecimientos, fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no puede o, a causa de estos temores, no quiere volver a él. Se trata de una palabra llena de historias personales de alto impacto. Nuestro mundo es cada día más complejo, más difícil de entender, más polarizado. Las historias en primera persona son las que más nos ayudan a comprender estas realidades.
Una de las principales causas de sufrimiento de muchas personas refugiadas en los países de acogida es el racismo. Un racismo estructural que impregna nuestra sociedad y del que, la mayoría de personas, ni siquiera es consciente. Frases, actitudes, miradas, silencios, momentos, instantes que solo quiénes lo sufren lo perciben con la intensidad que puede llegar a tener.
Pero Barcelona fue un escaparate para el mundo el pasado 1 de junio. Ese día se celebró la I Carrera antirracista de la ciudad. Las inscripciones se agotaron en pocos días, se ampliaron plazas y se llenaron de nuevo en unas horas. Una mañana de domingo, con un sol de justicia, muchas personas nos reunimos para correr y denunciar que no solo no queremos ser racistas sino que queremos ser antirracistas. Personas de distintos colores y de diferentes edades hicimos el recorrido, animados en todo momento por voluntarios y por muchas personas que aplaudían, desplegaban pancartas o que, tan solo con su presencia, daban un calor muy especial a la jornada.
Los parlamentos de la entrega de trofeos no fueron menos. Personas más o menos conocidas del mundo del activismo social y de la cultura levantaron sus voces para reclamar valores que se desdibujan en el día a día de la sociedad actual. No se olvidaron de las tantas personas que han perdido su vida intentando buscar una mejor, huyendo de realidades duras o de escenarios de cambio climático incompatibles con la vida.
El color de la piel no puede ser fuente de barreras, discriminaciones, generación de perjuicios ni constituir ningún estigma. Las personas deben tener siempre la posibilidad de desarrollar todas sus potencialidades acompañadas y respetadas en la diversidad y en la justicia social. Cuesta poco ver a profesionales de poca calificación racializados, es más difícil visualizar en nuestro modelo de sociedad profesionales altamente cualificados con estas características. Es necesario un cambio de mirada.
Nuestra sociedad actual es diversa, multicultural y no puede confundirse la riqueza que esto constituye, ni intoxicarse con mensajes de odio. Todos tenemos amigos, compañeros, familiares o conocidos de distintos orígenes y culturas. Todos conocemos, o deberíamos conocer, historias de superación en personas muy cercanas con las que convivimos. Deberíamos ser capaces de ir integrando la diversidad en nuestro día a día, en nuestra forma de hablar, en nuestra forma de trabajar, en nuestra forma de relacionarnos. Y entender que, en la diferencia, está la riqueza. “Contaminémonos” unos con otros para afrontar un futuro que está lleno de retos.

