El ataque estadounidense contra posiciones militares en Irán, perpetrado en la madrugada del sábado, marca una nueva escalada en una crisis regional que lleva meses empujando al mundo hacia una incertidumbre cada vez más peligrosa. Lo que comenzó como una operación de castigo contra los grupos armados proiraníes en Siria y Líbano ha acabado trasladando el conflicto directamente al interior de Irán, lo que abre escenarios inquietantes para la estabilidad global y cuestiona, una vez más, la deriva belicista de las alianzas occidentales en Oriente Próximo.
La ofensiva —confirmada por el Pentágono como “respuesta proporcional” a los últimos ataques contra bases estadounidenses en Irak— ha sido presentada por Washington como una acción quirúrgica, destinada a destruir instalaciones vinculadas a la Guardia Revolucionaria iraní. Sin embargo, las consecuencias de este ataque van mucho más allá de su dimensión táctica. No es solo un bombardeo más. Es una acción que, en el actual contexto regional, puede funcionar como catalizador de un conflicto de mayores dimensiones.
Desde el inicio de la guerra en Gaza, Benjamin Netanyahu ha buscado con insistencia arrastrar a Irán al epicentro de la confrontación. El Gobierno israelí lleva meses promoviendo ataques preventivos, operaciones de sabotaje y bombardeos selectivos sobre objetivos iraníes en Siria y Líbano. La hipótesis de una gran guerra regional —con Israel e Irán como actores principales, y Estados Unidos como aliado directo de Tel Aviv— es un escenario largamente contemplado en los despachos militares israelíes. Lo que hasta hace poco parecía una posibilidad remota hoy empieza a adquirir perfiles peligrosamente concretos.
Netanyahu y la política del abismo
No se entiende la actual dinámica de escalada sin detenerse en la figura de Netanyahu, probablemente el dirigente que más ha apostado por la desestabilización regional como estrategia de supervivencia política. Desde octubre, el primer ministro israelí ha utilizado el genocidio en Gaza para blindar su Gobierno, desplazar el foco de atención de sus procesos judiciales por corrupción y relegitimarse como líder fuerte en tiempos de guerra.
Ahora Netanyahu ha optado por una peligrosa huida hacia adelante: desplazar el conflicto hacia Irán bajo el pretexto de que el programa nuclear iraní estaba literalmente “a semanas” de completarse. Algo que, si bien nadie puede confirmar a ciencia cierta, es algo que se Netanyahu viene repitiendo desde hace años. En este sentido la estrategia no es nueva, pero sí su actual intensidad y descaro. Israel ha multiplicado sus operaciones en territorio sirio, ha intensificado sus ataques contra milicias proiraníes en Irak y Líbano y ha presionado abiertamente a Estados Unidos para que actúe contra Teherán.
Aunque la administración Trump ha tratado de presentar la operación como un acto defensivo limitado, su efecto político es inequívoco: legitima el discurso de Netanyahu, tensiona aún más la situación regional y acerca a Irán y a Israel a una confrontación directa. Es difícil imaginar que Teherán no responderá, aunque sea de forma contenida, a este ataque en su propio territorio. Y es aún más difícil pensar que Israel no aprovechará esa respuesta para escalar el conflicto.
Consecuencias imprevisibles para un orden internacional erosionado
La progresiva militarización del conflicto en Oriente Próximo amenaza con reconfigurar no solo el equilibrio de fuerzas en la región, sino también los precarios consensos internacionales que han intentado contener, hasta ahora, una guerra abierta. Europa se encuentra atrapada en una posición de debilidad estratégica: incapaz de frenar a Netanyahu, subordinada a las decisiones estadounidenses y cada vez más cuestionada por su doble rasero en materia de derechos humanos, evidenciado por su silencio ante la catástrofe humanitaria en Gaza.
Rusia y China, por su parte, observan la deriva con interés estratégico. Moscú ha mantenido una posición ambigua, combinando críticas formales a Israel con una creciente cooperación militar con Teherán. Pekín, que había tratado de posicionarse como mediador regional en los últimos años, podría aprovechar la crisis para reforzar su influencia en Irán y en los países del Golfo, erosionando aún más la hegemonía occidental en la zona.
El otro gran damnificado de este escenario es el derecho internacional. La normalización de ataques preventivos, bombardeos selectivos y operaciones extraterritoriales sin mandato de la ONU ha vaciado de contenido las instituciones multilaterales. El Consejo de Seguridad permanece bloqueado, la Corte Penal Internacional es desautorizada por las potencias occidentales cuando sus decisiones incomodan y la diplomacia ha quedado relegada a un papel puramente decorativo.
El abismo como estrategia
La gran cuestión que se abre es hasta qué punto Netanyahu está dispuesto a llevar su política del abismo. Todo indica que, mientras la comunidad internacional siga tolerando su deriva belicista, Israel continuará empujando a la región hacia una guerra de mayores dimensiones. El problema no es solo el riesgo militar, sino las consecuencias políticas, económicas y humanitarias que una conflagración abierta entre Israel e Irán podría desencadenar.
Más de 30.000 personas han muerto asesinadas en Gaza. El sur de Líbano sufre ataques casi diarios. Irak vuelve a convertirse en un tablero de operaciones para potencias extranjeras. Y ahora, con este ataque a Irán, se abre una nueva fase en la que los errores de cálculo, las represalias cruzadas y las presiones internas pueden precipitar un conflicto que nadie podrá controlar.
El mundo asiste a este proceso con una mezcla de impotencia y cinismo. Los mismos gobiernos que exigen contención en Ucrania aplauden las operaciones preventivas en Teherán. Los que bloquean la venta de armas a Rusia, la aceleran para Israel. Y los que condenan las violaciones de derechos humanos en Venezuela o Nicaragua, callan ante los crímenes de guerra documentados en Gaza.

