Según la Encuesta de Condiciones de Vida de 2025, más de un 32% de las personas residentes en España no pudo salir de vacaciones al menos una semana al año. La cifra mejora ligeramente respecto al año anterior, sí, pero el matiz no cambia la tendencia estructural: la desigualdad se normaliza mientras celebramos récords de visitantes.
Esta paradoja no es nueva. Como he señalado en otras ocasiones, el turismo no es simplemente una actividad económica; es, ante todo, un dispositivo de producción de ciudad y de desigualdad. El turismo configura territorios, redefine usos del espacio y establece jerarquías muy concretas entre quienes disfrutan y quienes sostienen ese disfrute.
La narrativa dominante, como este artículo reciente en Hosteltur, insiste en que ‘la temporada se salva’ gracias al turismo internacional. Sin embargo, esta afirmación —aparentemente inocente— encierra una lógica perversa. ¿Salvar para quién? ¿A costa de qué? Mientras millones de visitantes internacionales recorren las calles de ciudades como Barcelona, Madrid o Palma, una parte significativa de la población local queda excluida de ese mismo derecho al ocio y al descanso. No es solo una cuestión de renta disponible, sino de modelo económico.
Porque, el problema no radica únicamente en cuánto turismo hay, sino en el tipo de economía que lo sustenta. España mantiene desde hace décadas una fuerte dependencia del sector turístico, que representa aproximadamente entre el 13% y el 14% del PIB. Esta especialización no es neutra: implica una estructura laboral marcada por la temporalidad, los bajos salarios y una limitada capacidad de negociación por parte de las trabajadoras y trabajadores.
Aquí conviene desmontar otro de los grandes mitos del discurso turístico: el del ‘turismo de calidad’. Se nos dice que atraer visitantes con mayor poder adquisitivo redundará en mejores salarios y condiciones laborales. Sin embargo, la evidencia empírica apunta en otra dirección. El incremento de ingresos en el sector —medido, por ejemplo, a través del RevPar (ingreso por habitación disponible)— no se traduce automáticamente en mejoras salariales. Las habitaciones pueden ser cada vez más caras, los hoteles más rentables, pero los sueldos permanecen estancados.
Esto no debería sorprendernos. Los salarios no dependen directamente del nivel de ingresos de un sector, sino del equilibrio de fuerzas entre capital y trabajo. Es decir, del poder de negociación sindical, de la capacidad de organización colectiva y de la existencia de un clima político que legitime estas reivindicaciones. Sin estos elementos, el crecimiento económico tiende a concentrarse en manos de quienes ya poseen los recursos productivos.
En este punto, el análisis de Ernest Cañada resulta especialmente pertinente. Sus investigaciones sobre las condiciones laborales en el sector turístico —particularmente en el ámbito hotelero— muestran cómo la precariedad se ha convertido en un rasgo estructural del modelo. Las conocidas kellys (camareras de piso), por ejemplo, encarnan de manera paradigmática esta realidad: intensificación del trabajo, externalización de servicios y salarios que apenas permiten sostener una vida digna.
Cañada insiste en que el turismo, tal y como está configurado actualmente, genera lo que podríamos llamar ‘riqueza sin redistribución’. Es decir, produce beneficios significativos, pero estos no se reparten de manera equitativa entre quienes participan en la cadena de valor. La consecuencia es un modelo que, lejos de reducir desigualdades, las amplifica.
Volviendo a la cuestión inicial —ese 32% de población que no puede permitirse vacaciones—, podríamos interpretarlo como un síntoma de algo más profundo: la desconexión entre el éxito macroeconómico y el bienestar cotidiano. Mientras los indicadores turísticos baten récords, las condiciones materiales de una parte importante de la población apenas mejoran. Es el triunfo de una economía orientada hacia el exterior que, sin embargo, deja de lado a quienes la sostienen desde dentro.
En este sentido, la insistencia en celebrar ‘temporadas salvadas’ adquiere un tono casi irónico, cuando no directamente cruel. Porque lo que se salva no es necesariamente el bienestar colectivo, sino la cuenta de resultados de determinados sectores empresariales. Y, en el proceso, se refuerza un modelo que dificulta precisamente aquello que se presenta como objetivo: una mayor prosperidad compartida.
Frente a este panorama, es necesario apuntar hacia la necesidad de repensar el turismo desde una perspectiva diferente. No se trata simplemente de reducir o aumentar el número de visitantes, sino de transformar las bases mismas del modelo. Esto implica, por un lado, avanzar hacia un turismo con mayor arraigo social, que tenga en cuenta las necesidades de las comunidades locales y no solo las demandas del mercado global. Y, por otro, fortalecer los mecanismos de redistribución y de protección laboral.
Pero, quizás más importante aún, supone abrir el debate sobre la diversificación económica. ¿Puede un país sostener su bienestar a largo plazo apoyándose de manera tan intensa en un solo sector? ¿Qué alternativas existen? ¿Qué papel pueden jugar otros ámbitos productivos en la construcción de una economía más equilibrada y menos vulnerable?
En última instancia, hablar de turismo es hablar de modelo de sociedad. De quién tiene derecho a disfrutar del tiempo libre, de quién puede habitar la ciudad en condiciones dignas y de cómo se distribuyen los frutos del trabajo colectivo. Tal vez ha llegado el momento de dejar de preguntarnos si la temporada se ha salvado y empezar a cuestionar qué es exactamente lo que estamos intentando salvar.

