El 8 de marzo de 2019 se publicaba en el Boletín Oficial del Estado (BOE) el Real Decreto-ley 8/2019, de medidas urgentes de protección social y de lucha contra la precariedad laboral en la jornada de trabajo. Entre otros aspectos, esta normativa exigía a partir de ese instante y a todas las empresas —sin importar su tamaño o sector—, registrar diariamente la hora exacta de inicio y finalización de la jornada laboral de cada trabajador. El objetivo principal de la ley era claro y contundente: erradicar la precariedad laboral, combatiendo el abuso de las jornadas interminables y el fraude en la contratación a tiempo parcial (donde se trabajaban jornadas completas encubiertas).
Con el registro de la jornada se aseguraba que cada minuto trabajado por encima de la jornada ordinaria fuese pagado o compensado con descansos, además de cotizar debidamente a la Seguridad Social. Asimismo, se garantizaba el derecho al descanso establecido en el Estatuto de los Trabajadores, asegurando que se respetasen los descansos mínimos diarios y semanales, con todo el impacto que esto supone sobre la salud física y mental de los empleados. Esta medida dotaba a las autoridades de una herramienta objetiva, fiable y accesible para verificar los horarios de las plantillas de forma inmediata, reduciendo el fraude gracias al salto definitivo hacia la digitalización del fichaje.

En la Memoria sobre la situación socioeconómica y laboral de España (2019) realizada por el Consejo Económico y Social de España (CES), se alertaba de que el volumen de horas extraordinarias no pagadas distorsionaba el mercado laboral. Según la Encuesta de Población Activa (EPA) de la época, más del 50 % de las horas extraordinarias que se realizaban en España no se pagaban ni se registraban. Una primera aproximación indicaba que se realizaban alrededor de 2,6 millones de «horas fantasma» a la semana. Esas horas son consideradas fraudulentas, al no retribuirse ni cotizar por ellas, e imposibles de controlar ante la ausencia de registro, como el mismo texto del BOE señalaba.
El camino hasta dicha aprobación fue tortuoso. Destaca la sentencia de un juicio singular que se extendió durante años hasta que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) se pronunció en Luxemburgo en mayo de 2019, en la sentencia del asunto C-55/18. El detonante definitivo a nivel legal se encendió cuando la Federación de Servicios de Comisiones Obreras (CCOO) demandó a Deutsche Bank ante la Audiencia Nacional, exigiendo que la entidad financiera implementara un sistema de registro de la jornada para comprobar los horarios reales de su plantilla. La Audiencia Nacional, consciente de que la normativa española de entonces era ambigua, trasladó una cuestión prejudicial al TJUE. Este determinó que, sin un sistema que registrase la jornada diaria de cada trabajador, era imposible determinar con precisión el número de horas efectuadas, su distribución en el tiempo y el volumen de horas extraordinarias. Por lo que dictaminó que la legislación de los países miembros debía obligar a los empresarios a implantar un sistema objetivo, fiable y accesible. Sabiendo que la resolución europea era inminente y que el modelo tradicional ya no se sostenía, el Ejecutivo español se adelantó por apenas unas semanas aprobando el Real Decreto-ley.

Cuando Europa exigió un sistema «objetivo, fiable y accesible» en 2019, Francia no tuvo que promulgar ninguna ley nueva; su Código del Trabajo ya cumplía de sobra con las exigencias de Luxemburgo. El gran catalizador del control estricto del tiempo en Francia fueron las famosas Lois Aubry (Leyes Aubry) de los años 1998 y 2000, que implantaron la jornada laboral legal de 35 horas semanales. Para poder aplicar y vigilar un límite tan estricto —y calcular las compensaciones por rebasarlo— el control del tiempo se volvió indispensable. Las consecuencias de no registrar la jornada están penalizadas con multas administrativas relevantes: si un trabajador reclama horas extraordinarias no pagadas ante los tribunales y la empresa no presenta un registro horario impecable, la jurisprudencia francesa tiende a dar la razón al empleado si este aporta un registro mínimo o agenda personal de sus horas trabajadas.
Las jornadas de trabajo extendidas sin remuneración alguna de horas extras eran una práctica habitual en los sectores que gestionan la actividad por proyectos con la obligación de cumplir con exigentes (y, en ocasiones, poco realistas) plazos de entrega, especialmente en el sector de la consultoría, y, por ende, en despachos de abogados, informática, ingeniería o arquitectura. En estos sectores económicos, el cumplimiento de un plazo de entrega se gestiona mediante un sobreesfuerzo masivo. Esta dinámica no suele ser un hecho aislado, sino un patrón sistémico donde los abusos horarios se normalizan bajo el paraguas de «la vocación», el «compromiso con el cliente» o la «pasión por el diseño».

En el capítulo que lleva por título Engineering overwork: Bell-curve management at a high-tech firm ([Exceso de trabajo en ingeniería: Gestión mediante la curva de campana en una empresa de alta tecnología], 2004), el sociólogo Ofer Sharone de la University of Massachusetts acuñaba un concepto clave: la autogestión competitiva (competitive self-management). El autor explicaba que las compañías de sectores técnicos sofisticados no necesitan supervisores tradicionales controlando los horarios con rigidez para obligar a la plantilla a hacer horas extraordinarias. En su lugar, la empresa concede una aparente y atractiva «libertad horaria y de gestión» al personal, pero introduce «un sistema de evaluación del rendimiento basado en una curva de campana rígida (donde, por diseño estadístico forzado, la gran mayoría de los ingenieros o diseñadores serán calificados como promedio o bajo rendimiento, independientemente de lo duro que trabajen)».
Esta disonancia genera una profunda ansiedad, según indica la investigación de Sharone. El profesional, temiendo que «su identidad como “experto competente” se desmorone ante sus jefes y compañeros, utiliza de forma autónoma su libertad para “elegir voluntariamente” trabajar noches y fines de semana. El control ya no viene de fuera; el propio trabajador se convierte en su propio capataz». Y en sectores técnicos y creativos, el sobreesfuerzo no se reparte de forma equitativa. Cuando un gran proyecto (como un concurso internacional de arquitectura) entra en su fase crítica, las horas extraordinarias de la plantilla contratada empiezan a costar dinero o a generar tensiones sindicales. Es ahí donde el becario se convierte en el recurso perfecto: mano de obra cualificada, altamente motivada, y con un coste cero o residual por hora. La figura del becario (o estudiante en prácticas) ha dejado de ser en muchos casos un rol puramente formativo para convertirse en una variable de ajuste financiero. El sociólogo destaca que «son el eslabón más débil y, paradójicamente, el motor invisible que absorbe el impacto de las entregas bajo presión».

Ahora tenemos la oportunidad de conocer en forma de ficción inspirada en hechos reales, una de esas vivencias de un becario que entra a trabajar en un prestigioso estudio de arquitectura, presidido por un ganador de un Premio Pritzker, y creado por una persona que vivió dicha experiencia desde dentro: Danicollaterale, nombre artístico del italiano Daniele Pasin, nacido en 1987, que, una vez acabados sus estudios de arquitectura, decidió trasladarse a París, donde trabajó durante años a tiempo completo en grandes y prestigiosas agencias internacionales de arquitectura en la capital francesa. El parón que supuso para todos la pandemia de la COVID-19 le llevó a plantearse poder mostrar esa experiencia en una novela gráfica, y el resultado fue No me da la vida. Crónica de un arquitecto en prácticas (Je suis charrette. Vie d’architecte, 2024), publicado en castellano en abril de 2026 por Salamandra Graphic, con traducción de Julia C. Gómez Sáez.
Su debut en el sector ha sido realmente bien acogido por la capacidad narrativa de la historia, la construcción de la página y el sentido del ritmo, experimentando con la composición de la viñeta, así como por el cuidado dibujo de sus personajes y escenarios, con un uso elegante del color. La trama arranca con un joven y brillante arquitecto italiano, Enzo (aparentemente, su alter ego), que desembarca en París en el distrito 11, consiguiendo un inmueble de alquiler de apenas treinta y cinco metros cuadrados por 1500 € al mes, por lo que deberá compartir el reducido dormitorio con otro amigo en su misma situación. La precariedad no empieza en el trabajo, empieza mucho antes. Después de un periplo de numerosas entrevistas, acabará siendo contratado como becario de forma temporal en un estudio de arquitectura, que no se encuentra en una buena situación económica y deberá luchar durante los siguientes meses por su apuesta de ganar un concurso internacional para un Museo de Arte Contemporáneo en Shanghái, en China, que aliviaría claramente su situación actual en caso de resultar escogido.

Pese a que la historia transcurre en París, aparentemente una década atrás, aunque podría ser hoy en día, lo cierto es que no se percibe en ningún momento del relato que haya ningún tipo de control horario en la empresa, ni para el becario recientemente incorporado ni para el resto del personal. El trabajo a contrarreloj ante la fecha de entrega del proyecto para el concurso se describe con detalle en la novela gráfica, convirtiéndose en una crónica detallada y semiautobiográfica de lo que ocurre detrás de las relucientes fachadas de los grandes estudios. Danicollaterale desmitifica el glamur de la arquitectura de vanguardia, exponiendo el estrés, la explotación laboral, la competitividad feroz y los sacrificios personales que exige el medio, además del acoso sexual y laboral mostrado claramente en varias escenas.
El título original en francés de la novela gráfica, Je suis charrette, que se podría traducir como «estoy carreteando», es una expresión del argot que el gremio utiliza en Francia para definir el estado de emergencia absoluta antes de una entrega: jornadas de veinte horas, dosis extremas de cafeína y continuos colapsos nerviosos. El curioso origen de dicha expresión se explica en la obra y se remonta al siglo XIX: «En esa época, cuando los alumnos de Bellas Artes de París iban con retraso para entregar su trabajo, contrataban a carreteros de los que paraban en la estación de tren, la cual estaba cerca de su escuela». Estos carros transportaban a toda prisa los paneles hasta la sala de exámenes, en el centro de la ciudad, mientras algunos de los estudiantes daban los últimos retoques a sus diseños subidos a la propia carreta, de ahí la expresión.

No todo es negativo; la obra retrata de forma entrañable los lazos de amistad, las risas compartidas y la solidaridad que surge entre los empleados durante las interminables noches en vela dentro de la oficina, así como la resiliencia y capacidad creativa que supone la tensión para solventar los problemas que van surgiendo a lo largo del proyecto, que son numerosos y variopintos. Aunque no romantiza dichas acciones, resulta evidente la dedicación intensiva (todos los días y jornadas maratonianas) y el impacto que provoca sobre la salud: alimentación poco saludable, pocas horas de sueño y eliminación por completo del deporte.
También sorprende la realidad con la que retrata la infelicidad que provoca esta forma de trabajar ante la dificultad de dedicar horas a la familia en general y a la pareja en particular, o la infelicidad de las personas que sacrifican su vida a cambio de una recompensa profesional que nunca acaba de llegar. Por lo que parece, uno de esos arquitectos decidió realizar un cambio radical en su vida profesional, convirtiéndose en autor de cómics. Y nosotros se lo agradecemos, por su profesionalidad pero, especialmente, por su generosidad al mostrarnos su realidad con total sinceridad.


