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migraciones

Dar, recibir y volver, cuatro fiestas en el área de Barcelona
El vínculo de la reciprocidad atraviesa las cuatro celebraciones de la comunidad boliviana en Barcelona que recoge este fotoreportaje.

Claudia Pool Oviedo5 de noviembre de 2026 - 07:36
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Este fotorreportaje forma parte del segundo número de Revista Vecïns, una revista fotográfica independiente y autogestionada sobre la identidad y la cultura de las comunidades migrantes. Para que este número llegue a imprimirse, la revista necesita apoyo: su campaña de micromecenazgo en Verkami está abierta hasta el 29 de noviembre.

Para entender estas fiestas hay que empezar por una palabra. En quechua y en aymara, ayni suele traducirse como «reciprocidad», aunque la traducción se queda corta. No se trata de devolver un favor y quedar en paz. Es una relación que no se cierra nunca: se da, se recibe y se vuelve a dar.

Ese vínculo une a las personas entre sí, pero también con la tierra, con quienes vinieron antes y con lo sagrado. Y atraviesa las cuatro celebraciones que recoge este fotorreportaje: la Alasita, la k’oa, Wiñay Pacha (Todos Santos) y el Tata Maica.

En todas ellas el sincretismo es profundo. Durante la colonia, muchas prácticas andinas sobrevivieron escondidas bajo el calendario de santos católico. Cambiaron los nombres de las fechas, pero los rituales encontraron la manera de continuar. En la diáspora, esa costura se estira un poco más. Hoy llega a un centro cívico de Sants, a un descampado de L’Hospitalet, a un restaurante de Barcelona y a un campo de Sitges.

Nadie suelta su hilera

A tres de las cuatro fiestas, la autora llegó siguiendo a Pukaj Wayra, una banda de música tradicional. En Bolivia no hay fiesta sin música ni danza, y Pukaj Wayra toca sikuri: música de viento, soplada sobre todo en flautas de caña, que acompaña ceremonias y bailes. Bajo ese nombre conviven tradiciones regionales distintas, como los kantus de Charazani, el jach’a sikuri o las jach’a lakitas de Ilabaya.

A cada encuentro llegan músicos bolivianos que viven en Alemania, Francia, Italia o Suiza. Algunos llevan más de treinta y cuatro años fuera de su país, pero sus tradiciones jamás se sueltan.

Los tubos del siku se reparten en dos hileras complementarias, ira y arka, con las notas alternadas. Cada hilera queda en manos de un grupo distinto y ninguna contiene sola la melodía que solo aparece cuando las dos respiraciones se trenzan. Es el ayni convertido en sonido.

Alasita: comprar el deseo en miniatura

La gran Feria de la Alasita arranca en La Paz cada 24 de enero a mediodía. En Barcelona, la comunidad boliviana la celebra en torno a esa fecha en las Cotxeres de Sants. Dentro huele a incienso y a fritura. Sobre mesas plegables se extiende un mundo a escala: fajos de billetes del tamaño de un sello, pisos que caben en la palma de la mano, coches, títulos universitarios, pasaportes, sacos diminutos de arroz.

El nombre se vincula al verbo aymara alasitha, «comprar», aunque la gente prefiere traducirlo como «cómprame». Esa es la clave. El deseo no basta con pensarlo, se paga con dinero real, se ch’alla y se lleva a casa. La miniatura es una illa, y no representa lo deseado sino que lo contiene en potencia, como una semilla. Se guarda la casita para que crezca una casa.

En el centro está el Ekeko, un hombrecillo bigotudo con gorro de lana, cargado de sacos, panes, billetes y ollas, vinculado a la abundancia y la fertilidad. Quien lo tiene en casa lo trata como a un rey y le enciende cada día un cigarrillo en la boca para tenerlo contento. El relato de una mujer en aquella fiesta, fue que el Ekeko se lo había dado todo; la casa, el auto, todo lo que pidió. Después dejó de atenderlo, y el Ekeko se lo quitó todo. Aquí la abundancia no es un regalo sin retorno: lo recibido hay que cuidarlo.

Cada cierto rato, la gente abre un pasillo y aparecen los yatiris —del aymara yatiña, «saber»—, que consagran las miniaturas con alcohol y humo de sahumerio. Las personas levantan casitas y coches por encima de la cabeza para que el humo los alcance. 

K’oa: dar de comer a la tierra

En buena parte de los Andes se dice que en agosto la Pachamama abre la boca. Acaba la época seca, se prepara la siembra y la tierra tiene hambre. Antes de pedirle nada, hay que alimentarla; antes de sembrar, pedir permiso. En Bolivia, la ofrenda se hace en un cerro, un patio, una casa o un negocio. La que retrata el reportaje se celebró en 2025 en L’Hospitalet de Llobregat.

La k’oa, o q’oa, es antes que nada una planta, una hierba aromática del altiplano que se quema para sahumar y que da nombre a la ceremonia. En el suelo se arma la mesa con hierbas, resinas, lanas de colores, hojas de coca, grasa de llama, frutas y dulces. Pequeñas figuras de azúcar encarnan lo que se agradece o se pide: salud, trabajo, protección, prosperidad. Cuando prende el fuego, el humo envuelve a quienes esperan alrededor.

Alrededor de la mesa suenan los sikus. Algunas agrupaciones habían viajado desde otras ciudades de Europa solo para tocar juntas.

Wiñay Pacha: una casa preparada para quien vuelve

En Bolivia, Todos Santos empieza el 1 de noviembre a mediodía. Según la tradición, a esa hora llegan los ajayus, «las almitas» de quienes han muerto, y se quedan hasta el mediodía siguiente. La familia tiene veinticuatro horas para atender a alguien que viene de un viaje muy largo. En Barcelona, la autora acompañó dos encuentros, en Casa Paqarina y en el restaurante Cochabambino, donde sonaron los pinkillos, las flautas que en el altiplano acompañan la llegada de las almas.

Para recibir la visita se levanta un altar. En aymara se llama apxata, «lo sobrepuesto», palabra ligada a agregar y dar en reciprocidad; en quechua, mast’aku, por el paño que se extiende para ordenar las ofrendas. En muchas mesas, tres niveles dibujan los mundos andinos: el de arriba, el que habitamos y el de abajo. Allí se colocan la foto de la persona fallecida, sus platos y bebidas preferidos, flores, frutas y hojas de coca.

Cada objeto ayuda en el camino. Las cañas de azúcar son bastones para el alma cansada, las cebollas florecidas guardan agua para el viaje y la retama amarilla impide la entrada a lo que no debe pasar. Y hay pan, mucho pan, que se lee antes de comerse: escaleras para moverse entre los mundos, caballitos para cargar el equipaje y t’anta wawas, panes con forma de criatura envuelta y careta de yeso pintada que pueden representar a quien se fue. En Casa Paqarina hubo un taller para aprender a hacerlas.

Tata Maica: agradecer y volver a pedir

Cada 6 de octubre, miles de personas hacen fila en La Calera, una comunidad de Yotala a unos treinta kilómetros de Sucre, para llegar a los pies del Señor de Maica. Es un Cristo crucificado de madera y estuco que lleva la bandera boliviana cruzada sobre el pecho y un pollerín que se le cambia cada año. Casi nadie lo llama Señor: lo llaman Tata, «padre» en quechua y en aymara. Una de las leyendas cuenta que, cuando sus antiguos fieles de Potosí lo descuidaron, una riada se lo llevó hasta dejarlo varado junto al río, en la hacienda de Maica. Hoy su fiesta es Patrimonio Cultural Inmaterial del Estado Plurinacional de Bolivia.

En Sitges, la celebración reunió a bolivianos llegados desde distintos puntos de España. En La Calera sucede lo mismo en sentido inverso: cada octubre, los danzantes de Tarabuco esperan a los paisanos que regresan desde Argentina, Chile, Brasil o España para bailarle al Tata.

En el baile aparecieron el diablo y el ángel, viejos adversarios de la diablada, y los leones, protagonistas de una castración fingida que arrancó carcajadas al público. Son figuras de los thanta morenos, una danza de Chuquisaca cuyo nombre (thanta significa en quechua «viejo», «gastado», «harapiento») ya anuncia su tono burlón. Mezcla música, danza y teatro. 

Se cocina mondongo, carne de cerdo guisada en ají colorado con mote y papa, comida de días grandes en Sucre. Y también coches engalanados con aguayos, platería, peluches e imágenes. La plata no es adorno, es la abundancia a la vista, mostrada ante el santo para que siga llegando. Lo que en enero se compró en miniatura en la Alasita aparece en octubre en tamaño real, cubierto de aguayos, para dar las gracias.

Dar, recibir y volver a encontrarse.


Agradecimientos: Casa Paqarina, Restaurante Cochabambino, Comunidad Pukaj Wayra Barcelona, Warmis Sisarinas y todas las personas que abrieron la puerta a la cámara. El reportaje completo forma parte de Revista Vecïns 02, revista fotográfica independiente sobre comunidades migrantes.

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Bolivia cultura tradiciones
Claudia Pool Oviedo
Claudia Pool Oviedo

Fotógrafa documental y social chilena radicada en Barcelona. Su trabajo ha sido exhibido en el Parlamento Europeo, la COP26 en Glasgow, el Festival Ars Electrónica en Austria, el Museo de Arte Contemporáneo de Chile y recibido menciones en el Salón Nacional FotoPrensa de Chile en 2022 y 2024. Es creadora y editora de VECÏNS, revista fotográfica de identidad y cultura migrante en Barcelona.

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