Iba a titular estas Barcelonas con un título parecido a algunos trabajan y por eso tienen suerte, mientras otros se dedican a colgar hilos en redes sociales. El motivo es mi hastío ante esa tendencia digital, una tomadura de pelo a todos aquellos dedicados a estudiar la ciudad con rigor, no como una especie de Trivial Pursuit sin contenido propio, eso sí, fantástica para tener la nada del like, efímera recompensa de vanidad contemporánea.
Por supuesto hay excepciones, pero estos amateurs, tan profesionales de la velocidad, son una lacra, si bien quizá el público pide esa inmediatez. La verdadera fortuna de los paseantes consiste en jamás terminar la caminata y tender las investigaciones como una donación al futuro.
Dicho esto podemos abandonar Tomàs Padró y subir el carrer de Trinxant. En su tramo posterior a las casitas de 1870 siempre me llamaron la atención unas comprendidas entre el triple 51, tapiado y con muy mal aspecto, y el 55, donde el paso del tiempo ha sido inclemente con su fachada, medio muda en la cronología al desaparecer el último número, clave para entender cuándo J.O. pudo habitar su preciado inmueble de planta y piso.

Como comprenderán, para solucionar el entuerto sólo tenía la opción de acudir a mi querido Archivo Municipal, donde hallé lo anhelado en un santiamén. 1923, José de Olalde, quien encargó el inmueble al omnipresente Josep Graner, en sus últimos años, pero con suficientes arrestos como para ofrecer al pagador una vivienda digna en un lugar en proceso de crecimiento, a caballo entre mantener su antigua morfología o sucumbir a las embestidas imperialistas del Eixample.
¿Ya está? No, unas siglas o iniciales siempre son la puerta para adentrarnos en un universo. El de José de Olalde nos conduce, como mínimo, al último tercio del siglo XIX. Su padre Gregorio fue inspector de policía, significándose en distintas actuaciones durante el primer lustro de 1890, hasta ser nombrado Caballero del Orden de Isabel la Católica. Entre sus labores estuvo vigilar a Samuel Willie, comercial al por mayor de carbón de una empresa británica.

Este hombre quiso vender tan preciada energía sin intermediarios, pero las presiones de los empresarios catalanes le obligaron a renunciar, interesándose los hermanos Bofill en un acuerdo para hacerse con la mercancía. Tras el sí, apareció un imprevisto no, causa de la histeria del británico el viernes 24 de febrero de 1893, cuando acudió al carrer Ample 23, domicilio de sus frustrados socios, para terminar con la vida de uno y herir al otro.
Olalde, como podrán imaginar, también estuvo enfrascado en vigilancias anarquistas. Debieron ser meses apasionantes, sobre todo por la ausencia de dispositivos en las fuerzas del orden, calamidad aún vigente en 1907, cuando el caso Rull obligó a reclamar desde Londres al inspector Arrow, de Scotland Yard.
Pero esa es otra Historia. Un padre de estas características debió marcar al joven José, quien, sin embargo, optó por una carrera como fotógrafo, conservándose bastantes imágenes de su repertorio, a simple vista especializado en instantáneas de grupos, fueran obreros o militares.

Olalde, a diferencia de compañeros sanmartinenses como Santiago Gambús o Rafael Salcedo, prefirió tener el estudio en Tamarit 99, a dos pasos de la casa de los Caracoles, una perla no muy conocida de Carles Bosch Negre, y del Paralelo. De este modo, a mi parecer muy inteligente, devenía una equidistancia entre el paseo de Gràcia de los pobres y el Eixample de los nuevos ricos, entusiasmados con su arte y quién sabe si ansiosos por posar con el objetivo de sorprender a sus allegados cuando ingresaran en sus cuatro paredes, cosas de la moda y la época, no en vano en la casa Lleó Morera puede apreciarse a una bella modernista cámara en mano.
Olalde tuvo trabajo, y con toda probabilidad un buen cojín económico por los parabienes de su progenitor. Así, entre esto y aquello, pudo comenzar su singladura inmobiliaria por el Camp de l’Arpa, afianzándola en el 56 de Coll i Vehí.

Escribirlo ahora no es emocionante, pero el buen lector de esta serie de las Barcelonas habrá intuido como durante semanas me han obsesionado tres casas sin casi documentación de esta humilde y medio anónima calle. La Grabulosa oscila entre Graner y Sanllehí Molist, mientras la hermosísima 78 sin duda pertenece a este último. La tercera en discordia sí, es de José Olalde, pero no podía deducirlo pese a leer a las claras un J.O. en su cumbre, básicamente por no asociar estas letras con sus gemelas, de otro tamaño y grafía, en el 55 de Trinxant.

La finca de Coll i Vehí debió ser minúscula, levantándose hacia las alturas en 1928 a manos de un arquitecto, poco después genial en su senda racionalista. Los años veinte fueron de aprendizaje para Jaume Mestre i Fossas, a quien he localizado en otros barrios populares, sin ir más lejos en uno de los conjuntos más armónicos de la plaça de Can Baró. Dar con su impronta en el Camp de l’Arpa tampoco es nada inesperado, lo único es apreciar cómo aún no tiene un estilo reconocible y se conformaba con seguir las directrices del cliente, un Olalde siempre más henchido y ególatra, con el viento de cara durante la Dictablanda, cuando tras la caída de Miguel Primo de Rivera se adhirió a la Unión Nacional, pese a su nombre con ideales de concordia entre los pueblos de España, accidentalista para con la forma del Estado y defensor de la idiosincrasia de cada región. En mayo de 1930 fue designado como uno de los vocales de la sección de Sant Martí.
Carecemos de datos suyos durante la Segunda República. Vuelve a irrumpir en 1940 para resolver el acertijo de cómo invirtió Gregorio de Olalde las ganancias en terrenos del actual Nou Barris, ubicados en els carrers de Badosa y Boada, pertenecientes a la Prosperitat, además del de la Selva, este último en los límites de Porta. El hijo solicitó al Ayuntamiento cambiar esos nombres y unificarlos en los de su padre, rechazándose por la distancia física entre uno y otro sector, poco aconsejable para cometer ese reverenciado homenaje por eso de las placas, la inmortalidad y quizá los favores prestados durante la Guerra Civil. Olalde Azaceta puede estar contento. En 2022 un hijo de los vencidos recupera su Historia para que esta sea navegable sin tantos cabos sueltos en los rincones más marginales, aquellos donde él se lucró sin ninguna conciencia social, sólo banderas, flashes y oportunismos.

