El consejero de Empresa y Trabajo, Miquel Sàmper, lo dijo a finales de abril con la frialdad de quien lee un informe técnico: la inteligencia artificial ya tiene una afectación importante en despachos y oficinas, y la ocupación se puede resentir. Lo decía la misma semana que la EPA devolvía Cataluña a los dos dígitos de paro: un 10,12%. Correlación no es causalidad. Pero la coincidencia incomoda.

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El debate sobre la IA y el trabajo hace años que oscila entre dos pulsos igualmente cómodos: el apocalipsis laboral inminente y el «tranquilos, que no pasa nada». Los dos permiten no hacer nada. Lo que dicen los datos disponibles —de Anthropic a la Cámara de Comercio, del SEPE a los sindicatos— es otra cosa: una transformación silenciosa, desigual y ya en marcha. Y una pregunta que ningún informe técnico responde: ¿si la IA hace crecer la productividad, como sostienen todos, a manos de quién irá el crecimiento?

Lo que la IA puede hacer y lo que ya hace

El 5 de marzo de 2026, Anthropic —la empresa que desarrolla el modelo Claude— publicó el estudio Labor Market Impacts of AI: A New Measure and Early Evidence, elaborado con datos reales de uso de sus sistemas. La aportación central es una métrica nueva, la «exposición observada»: qué tareas la IA ya hace efectivamente en entornos profesionales, y no solo qué podría hacer en teoría.

Y la brecha entre una y otra es enorme. En informática y matemáticas, los grandes modelos de lenguaje podrían cubrir teóricamente el 94,3% de las tareas; la cobertura observada es del 35,8%. Siguen oficina y administración (34,3%), negocios y finanzas (28,4%), ventas (26,9%), el ámbito jurídico (20,4%) y artes y medios (19,2%). La conclusión es tan poco espectacular como relevante: todavía no hay un aumento sistemático del paro atribuible a la IA, pero las ocupaciones más expuestas ya muestran un crecimiento de ocupación más lento, y en los Estados Unidos son los jóvenes que quieren entrar los primeros en encontrar la puerta medio cerrada.

Cataluña: un millón de personas expuestas

La fotografía catalana la puso sobre la mesa, el mayo pasado, el Observatorio Mujer, Empresa y Economía de la Cámara de Comercio de Barcelona: la IA generativa transformará el 26% de los puestos de trabajo en Cataluña, y más de un millón de personas ocupadas hacen trabajos con un nivel de exposición medio o alto. El estudio matiza que exposición no equivale a sustitución directa: de momento predomina la complementariedad —la IA aumenta la productividad, automatiza parcialmente, requiere supervisión humana—. De momento.

El dato más penetrante del informe es de género: el 30% de las mujeres ocupadas en Cataluña tienen una exposición media o alta a la IA generativa, frente el 23% de los hombres. La explicación es el mercado laboral que ya teníamos: las ocupaciones más expuestas siguen estando fuertemente feminizadas. Personal administrativo, asistentes contables y financieras, recepcionistas, teleoperadoras, trabajadoras de agencias de viajes, periodistas, lingüistas. Las menos expuestas siguen siendo las manuales tradicionalmente masculinizadas. La revolución tecnológica llega con los sesgos de siempre. Solo que ahora van más deprisa.

El 30% de las mujeres ocupadas en Cataluña tienen una exposición media o alta a la IA generativa, frente al 23% de los hombres

La Cámara detecta que el cambio ya se nota en el sector financiero —caen los perfiles administrativos y de apoyo, crecen los relacionales— y en el TIC, con descensos en perfiles técnicos desde el 2023, mientras aumentan los despidos colectivos en administración, servicios profesionales y TIC, especialmente entre mujeres.

Las cifras de lo que viene

Las estimaciones de futuro, como siempre, bailan. El SEPE apunta a la pérdida del 10% de los puestos de trabajo en la próxima década; Funcas eleva la horquilla hasta entre 1,7 y 2,3 millones en el Estado, y reclama políticas activas de ocupación para los colectivos más expuestos. ¿Qué cifra es la buena? ¿Quién pagará la transición, mientras tanto?

Esto no es contradictorio con el hecho de que nazcan nuevas formas de empleabilidad: la demanda de «talento híbrido» —especialización sectorial más competencias digitales avanzadas— ha crecido un 237% en dos años, y emergen ocupaciones nuevas: ingeniería de prompts, ética de la IA, entrenamiento de modelos. Pero el mismo informe admite que la automatización golpea con más fuerza los perfiles de inicio de carrera.

La Generalitat, mientras tanto, lo lee sobre todo en clave de oportunidad: según ACCIÓ y el CIDAI, el sector de la IA agrupa en Cataluña a 488 empresas, 2.155 millones de euros de negocio y 14.525 puestos de trabajo. Son cifras de ecosistema, no de mercado laboral. Dicen mucho de lo que la IA crea y poco de lo que descoloca.

Los sindicatos: quién controla el algoritmo

Los sindicatos hace tiempos que han dejado el terreno de la profecía para pasar al de la negociación. Òscar Riu, secretario de Política Sindical de la UGT de Cataluña, lo constata en declaraciones a este medio: la inteligencia artificial «ya está afectando actualmente», y no solo a las tecnológicas, donde han desaparecido puestos de trabajo «que eran impensables incluso hace unos meses o unos años». La afectación ya es visible «con estos expedientes de regulación que se han producido»; lo que inquieta es el movimiento de fondo: «La inteligencia artificial ya está entrando en las empresas» y agiliza procesos «no solo administrativos, sino incluso industriales».

La posición de la UGT de Cataluña parte de un recordatorio normativo que las empresas tienden a pasar por alto: «Toda introducción de inteligencia artificial en la empresa se tiene que negociar con la representación sindical». Y se articula en una exigencia triple: «un control muy grande por parte de las administraciones», información a los comités de empresa y oportunidades de recalificación para los trabajadores afectados —que incluyen, si hace falta, «incluso no introducir estas medidas de inteligencia artificial»—. Riu no rebaja la escala de lo que viene: «Es uno de los retos seguramente más grandes que hemos tenido en los últimos años en el mundo laboral». Ni el recuerdo de quién lo ha pagado otras veces: «Esta introducción no la tenemos que pagar los de siempre».

CCOO de Cataluña llega con trabajo hecho: desde el 2021, cuando se introdujo en el Estatuto de los Trabajadores el derecho de información y consulta sobre la gestión algorítmica (artículo 64.4), el sindicato rastrea en qué empresas se utiliza y lo acompaña de formaciones, guías y estudios. Acaba de firmar un acuerdo con la Universitat de Girona para estudiar el impacto de la revolución tecnológica más allá del trabajo —dónde vive la gente, cómo vota, cómo se relaciona, dónde se afilia—, explica Daniel Cruz, responsable de Transición Digital, Ecológica y Demográfica del sindicato, en declaraciones a este medio.

La aportación más incómoda de CCOO es la que liga automatización y precariedad por la vía de los costes. Que la IA todavía no haya entrado en los cuidados o la limpieza tiene poco de técnico: «Hay sectores que son tan precarios, desgraciadamente, que es más rentable para los empresarios tener una persona trabajando y pagarle lo que le pagan que poner una IA o un robot. Pero esto sabemos que cambiará». Un estudio que el sindicato publicará en otoño, con metodología de la OIT aplicada al mercado laboral catalán, apunta dónde caerá primero el golpe: trabajos de cuello blanco, «sobre todo mujeres de más de 50 años» en ámbitos administrativos, «muy fácilmente automatizables y muy económicos». Los últimos en automatizarse serán los más precarios, los que más personas migrantes ocupan. No porque sean insustituibles. Porque todavía no sale a cuenta sustituirlas.

Hay sectores que son tan precarios que es más rentable para los empresarios tener una persona trabajando y pagarle lo que le pagan que poner una IA. Pero esto sabemos que cambiará

La posición sindical, insiste, empieza por no rechazar la tecnología: «No tiene por qué ser buena o mala. Tiene que ser responsable, segura y participada con las personas trabajadoras». Lo que CCOO exige es transparencia en la toma de decisiones —«a veces una empresa decide prescindir de una serie de profesionales con una justificación que es una IA. Pero no sabemos por qué»— y que las ganancias se repartan: «No tiene ningún sentido que seamos más productivos y trabajemos las mismas horas». Compensación económica o reducción de jornada sin recorte salarial. O las dos cosas. «Lo que no puede ser es que todo este margen se lo quede la empresa.»

«Transición justa», lo llaman — explicita Riu poniendo énfasis en el concepto—. La categoría viene de la lucha climática, y no por casualidad: en ambos casos, el riesgo no es el cambio, es quién paga los costes. La Cámara de Comercio coincide en el diagnóstico —recualificación, empresas que formen a los trabajadores en lugar de limitarse a fichar talento externo—, y la coincidencia se acaba aquí. Sobre a quién va a parar la productividad que la IA multiplica, las propuestas empresariales hablan de formar al trabajador; las sindicales, de su nómina, de su jornada y de quién se queda el margen.

La IA no ha esperado a que nos pusiéramos de acuerdo sobre qué hacer. Mientras los informes se acumulan, en las oficinas, en los despachos y en los centros de atención telefónica ya hay alguien haciendo la mitad del trabajo que hacía hace dos años con una herramienta que no ha elegido y que quizás, dentro de poco, hará la otra mitad. La ganancia de productividad ya se está produciendo. Dónde acabe —en beneficios, en salarios o en tiempo— no lo decidirá ningún algoritmo.

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Guillem Pujol

Licenciado en Ciencias Políticas (UPF), MSc en European Politics and Policies en al University of London, Birkbeck College y Doctor en Filosofía con mención Cum Laude (UAB). Coautor del libro «Cartha on Making Heimat» (Ed. Park Books).

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